Ha pasado una semana desde que Andalucía desvelase el nuevo tablero de la política española, siete días desde que amaneciésemos con nuevos jugadores y un reparto actualizado de fuerzas e influencias. Pasada esa amarga resaca mediática en la que ha sido necesario hablar de los que menos lo merecían, hay un aspecto que sigue resultando preocupante; triste y preocupante. Está ahí, como cuestión de fondo, esa que se conoce pero hay cosas que se antojan más relevantes. Algo que se ha comentado así, de pasada, como la silueta que se atisba entre cabezas en una foto multitudinaria de familia, hasta que alguien cae en la cuenta de que se han dejado al abuelo, quizás al bisabuelo, allá donde apenas se le ve.

Y es que en las fotografías del 2 de diciembre y del lunes siguiente, cuando unos y otros hacían balance de los resultados electorales celebrados para decidir el futuro político de Andalucía, aunque casi nadie hablase en realidad sobre Andalucía durante la campaña; en esas fotos, decía, la que apenas aparecía por ningún lado era bandera de la Comunidad: ‘la verdiblanca’.

En los comicios de la pasada semana la cuestión no es ya que Vox se alzara con doce escaños, sino que irónicamente lo hizo en el marco de unas elecciones autonómicas, con un programa en mano que desdeña las autonomías. Y así, de pronto, el partido que lidera Santiago Abascal conseguía su primera gran victoria al lograr que miles de andaluces celebraran los resultados electorales alzando la bandera nacional en lugar de aquella que adoptó la Asamblea de Ronda el 30 de diciembre de 1918, con lo que en pocas semanas cumplirá un siglo de historia.

Explicaba Blas Infante que tomó la idea para esta enseña de la que vio ondear durante una manifestación en manos de un grupo de mujeres de la Comuna de Casares (Málaga). Qué bien les ha salido a las huestes de Vox que su primer desafío autonómico haya sido contra una bandera cuyos colores hacen referencia a tantas cosas que ellos repudian y que por el contrario simboliza Andalucía, desde la lucha obrera y la de la mujer a la multiculturalidad, pues no en vano ‘la verdiblanca’ hunde sus raíces también en referencias como la bandera del reinado de Al Mutasim, de la Taifa de Almería (siglo XI), o la que enarboló en 1521 el pueblo de Sevilla, amotinado ante la carestía de alimentos.

A pesar de ser la fiesta democrática de los andaluces, el 2 de diciembre pasado el papel de la Comunidad quedó relegado, como ya ha ocurrido otras veces, a servir de campo de pruebas para la experiencia nacional, un primer lance de tanteo a partir del cual preparar las grandes estrategias. Y mientras tanto, aquí quedan los cascotes. Ni los unos por programa, ni los otros por defensa y ataque, han abordado las elecciones de Andalucía por Andalucía. Por eso nadie se preocupó de lo que representaba su bandera. Y ese ha constituido, en este 40 aniversario de historia constitucional española, el tercer entierro de ‘la verdiblanca’.

El primero tuvo lugar también hace cuatro décadas, antes incluso de la propia autonomía. El 4 de diciembre de 1977 caía muerto García Caparrós en las calles de Málaga. Era un chaval de 18 años y un policía le pego un tiro durante una multitudinaria manifestación por la autonomía andaluza, después de que un compañero, Trinidad Berlanga, trepara a la fachada del edificio de la Diputación de Málaga para colocar una bandera de Andalucía, gesto prohibido explícitamente por el entonces presidente de la Diputación Provincial. Cuando se logró la ansiada autonomía, mucha gente, de esa que la había luchado en las calles, pidió que fuese aquel 4 de diciembre la fecha consagrada a celebrar el día de la Comunidad. Pero ya se sabe que la Transición fue un proceso modélico e incruento, aunque a día de hoy, a pesar de varios intentos, aún no exista un dictamen oficial sobre quién mató a Caparrós. Y claro está, tampoco era plan de recordar cada año su sacrificio, que fue el de muchos, así que mejor se escogió el día del referéndum, el 28 de febrero del 80, para evitar herir sensibilidades; y eso que entonces aún no había Twitter. Aquel fue, cuando apenas bostezaba, el primer entierro de ‘la verdiblanca’.

El segundo habría de llegar algunos años después. El cantautor Carlos Cano ya había dotado en 1975 a la bandera andaluza de ese nombre popular, ‘la verdiblanca’, a partir de una canción que el público le pedía y coreaba en cada recital. Implicado activamente en el despertar político de la región, el artista granadino decidió un día dejar de entonarla, algo que ocurrió, contaba, cuando empezó a ver la bandera en las solapas y en los coches oficiales “Yo no creo en la palabra patria, creo en la palabra pueblo. Y la bandera está ‘patrializada’, pero despopularizada”. Carlos Cano cantaba a la bandera de los pobres, de la reivindicación, de los sueños y dejó de cantarle cuando los políticos andaluces la pusieron al servicio de otros intereses y el pueblo lo permitió. Aquella perversión económica constituyó el segundo entierro de ‘la verdiblanca’.

Pero si de algo sabe el pueblo andaluz es de supervivencia y de adaptación a lo largo de su historia, conviviendo y creciendo unos con otros la mayoría de las veces o presentando batalla cuando no ha habido otro camino. Confiemos en que ahora consiga revolverse ante este tercer entierro al que quiere condenarlo la ultraderecha salvapatria, y baste con sacudir la tierra que están arrojando a su bandera para que pueda seguir ondeando sus sueños y sus valores. Atada a un palo de escoba si es necesario, donde luce incluso más orgullosa.

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