Pensaba esta mañana que si por algo se caracteriza el mundo actual es por constatar cuán complejo es lo aparentemente simple y cuánta simplicidad encierra lo complejo. Le doy vueltas a esta idea mientras trato de establecer paralelismos entre la pandemia que sufrimos como consecuencia del coronavirus 2 y el momento político que también padece en sus carnes el mundo occidental. La aparición en prensa de la disparatada propuesta de Donald Trump de inyectar desinfectante y luz a los enfermos por Covid-19 no hace sino estimular mi reflexión, mi preocupación ante lo que está sucediendo. Leer lo que se dice me hace temer que el presidente de Estados Unidos pueda llegar a causar, esta vez en su propio pueblo, una mortalidad sin precedentes en el mundo desde la Segunda Guerra Mundial.

Resulta paradójico constatar lo que nos cuentan los expertos al respecto de letalidad del virus. Es nuestro propio sistema inmunológico el que reacciona contra nosotros, provocando la llamada «tormenta de citoquinas» que tanta muerte provoca. Que nuestro propio cuerpo sea nuestro peor enemigo es algo que me desconcierta. Décadas antes, el VIH introducía la novedad de ser capaz de anular las defensas de los infectados, pero el coronavirus, lejos de inutilizarlas, las potencia, hasta producir una brutal respuesta inflamatoria que acaba con nuestra existencia.

Meditaba acerca de estas cuestiones y sus indudables semejanzas con los fascismos que nos acosan y nos dificultan salir de la situación, epidemiológica y social, en la que estamos. Para empezar, no lo vimos venir. Ni a uno ni a otro. Si respecto a la enfermedad vírica nuestros epidemiólogos banalizaban acerca de su peligrosidad, también los políticos de algún modo despreciaron la resurrección del fascismo entre nosotros. Si la enfermedad era algo que sucedía en el Lejano Oriente, la aparición de líderes totalitarios únicamente sucedía en democracias no consolidadas, como las de Europa del Este o las latinoamericanas. Como si nosotros, tras años de negacionismo en lo que respecta a la vigencia del legado franquista, tras décadas de no haber resuelto el endémico problema educativo de este país, no hubiéramos mantenido, mimado, diría yo, un caldo de cultivo idóneo para inocular entre los más vulnerables estas ideologías infantiloides, responsables del fascismo que ahora nos enferma como sociedad. Un virus no es un ser vivo hasta que infecta nuestras células y se introduce en nuestra información genética, al igual que el creímos que los totalitarismos estaban muertos. Hasta que fueron capaces de introducirse entre gente capaz de luchar contra sus propios intereses y, sobre todo, que es lo más grave, contra sus propios derechos como personas. Un virus aporofascista que los acabará matando como sociedad y terminará condenándolos a la indigencia social.

Es triste, es cierto. No los vimos venir. La democracia se puso una venda en los ojos, imitando al símbolo de la justicia, pero no se dio cuenta, ciega como estaba, que la balanza, que también la representa, no solo carecía de equilibrio, sino que cada día estaba más y más descompensada. Ciegos también han estado todos y cada uno de esos intelectuales que, como plañideras, se quejan ahora de la situación a la que hemos llegado,  que desde sus pódiums autofabricados se lamentan de lo que sucede y añoran aquello que denominábamos estado del bienestar, un estado del que no formaba parte un porcentaje importante de seres humanos que vivían, y todavía viven, en la marginalidad. Un medio de cultivo idóneo para el aporofascismo, auxilio impagable, germen idóneo para el disparate ideológico, la tormenta de citoquinas que sustenta el «Viva la muerte» de tan mal recuerdo para quienes conservamos algo de memoria y que soporta la necesaria muerte social que precisan sus líderes para imponer su oscuro proyecto para el que no contamos la inmensa mayoría de la sociedad que, con mayor o menor número de migajas en su plato, no ha sido invitada al banquete. Y es que esto nos une a pobres y a la clase media, a los que gozamos de sistemas inmunológicos menos o más potentes. El virus nos ataca a todos, llevemos mascarilla de tela o las deseadas ffp2.

La Covid-19 es una enfermedad que primero ataca a poblaciones de riesgo. A aquellos con enfermedades crónicas cardiovasculares o respiratorias y a personas mayores, en especial al grupo poblacional que vivía en entornos cerrados como las residencias de ancianos. Y como la enfermedad, el fascismo infecta a grupos vulnerables y a los que viven asilados en la periferia de nuestras ciudades o que sufren las consecuencias de una política europea insensible a la corrección de las desigualdades, descreída del papel equilibrador de las políticas públicas, del papel del estado como defensor de los derechos ciudadanos. Pero, lejos de detenerse en esa fase llamada de respuesta vírica, ataca al resto de población. Después, en su fase pulmonar, a quienes dan aire a la sociedad, a trabajadores, autónomos y pequeños empresarios que van a sufrir las consecuencias sociales y económicas de la pandemia. Y más tarde, el sálvese quien pueda de la tormenta que pueda llevarse por delante a quien todavía piensa que va a salir indemne.

El resultado ya lo conocemos. Quienes tratan de combatir la situación se encuentran desamparados. Sin equipos con los que defenderse de la infección, sin armas para combatirla porque en estos años de aparente paz decidimos desarmarnos como sociedad. Puede ser que llegue el día en el que parezca que hemos vencido al virus, pero las consecuencias sociales de esta debacle permanecerán mucho tiempo. Y el caldo de cultivo para reinfectarnos seguirá bien abonado. Definitivamente necesitamos una vacuna. La médica puede que llegue en unos meses; la social… Tuvimos cuarenta años para fabricarla y no la vimos necesaria.

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Manuel Machuca, farmacéutico y escritor, es doctor en Farmacia por la Universidad de Sevilla y profesor en el Master de Atención Farmacéutica y Farmacoterapia de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Ha sido presidente y fundador de la Sociedad Española de Optimización de la Farmacoterapia (SEDOF), de 2012 a 2016 y de la Organización de Farmacéuticos Ibero- Latinoamericanos (OFIL, de 2010 a 2012. Ha impartido conferencias y cursos sobre optimización de la Farmacoterapia en Polonia, Suiza, Portugal, España y en 16 países de América Latina. Es académico correspondiente de la Academia peruana de Farmacia y profesor honorario de la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado decenas de artículos científicos en polaco, portugués, inglés y español. Como escritor ha publicado cuatro novelas, una de las cuales fue finalista del Premio Ateneo de Sevilla de novela en 2015, y participado en varias antologías de relatos. Aquel viernes de julio (Editorial Anantes, 2015) El guacamayo rojo (Editorial Anantes, 2014) Tres mil viajes al sur (Editorial Anantes, 2016) Tres muertos (Ediciones La isla de Siltolá, 2019)

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