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Los reyes no lloran

Guillem Tusell
Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."
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La única manera de conciliar un rey (o reina) con la democracia es que este (o esta) se abstenga de ser. Por ello el rey no vota (se “abstiene”), pues no es políticamente, no existe excepto en su máscara de rey. Votar es lo que da existencia política a una persona en democracia, y el rey (o reina) jamás debe ser una persona existente. La perdurabilidad de la monarquía, una vez consolidado un sistema democrático, reside en esa inexistencia personal, ese “desaparecer” como persona, algo que parece reconocerse en la reina británica, que incluso suele vestir guantes para esconder las manos, esa parte del cuerpo con que los humanos “hacemos” cosas (y para “hacer”, hay que “ser”); así, uno no puede tocar la mano de la persona Isabel, sino el guante de la realeza.

Ciñéndonos a los dos últimos monarcas españoles, padre e hijo, no han querido ser reyes, sino, simplemente, personas con el privilegio de ser rey. Que no es lo mismo. Ser rey en un Estado democrático no es un privilegio: es una carga, un peso, el de la nada. Puede parecer un privilegio poseer sueldo y propiedades de por vida, pero no posees ni sueldo ni propiedades: los posee la máscara (la corona), no la persona. Tal vez por ello es más fácil ver imágenes de la reina británica con corona que de los dos últimos reyes españoles: ponerse la corona es renunciar a sí, algo que no están dispuestos a hacer aquellos que aspiran a continuar siendo ellos, que piensan que el derecho es suyo (personal), cuando no lo es.

En un sistema democrático el rey no tiene voz. No tiene voz ni para defender esto ni lo otro. Ni siquiera una supuesta “unidad de España”, o lo que sea, les permite tener voz. La voz es de las personas del pueblo, aquellos que son, y un rey (o reina) es un símbolo, algo que no tiene voz, aunque tenga boca. Es el pueblo (en un sistema democrático) quien habla mediante su gobierno: la voz del rey la pone, pues, el pueblo por intermediación de este gobierno. El rey no tiene opinión, porque solamente las personas tienen opinión, y no es una persona, es nadie, “sólo” el rey. Por ello el rey no puede equivocarse ni debe pedir perdón (por matar algún elefante, por ejemplo). Hacerlo implica reconocer que no ha actuado como rey (“no ser”) en un sistema democrático, y que ha actuado como una persona (yéndose de cacería a África sin que sea una misión decidida por el gobierno, por ejemplo). El rey no

puede hacer nada como persona más allá de las puertas de palacio, cárcel de oro, monasterio de marfil. “Regularizar” la situación fiscal, como ha hecho Juan Carlos I, es reconocer que actuó como persona, y no como rey, defraudando al pueblo parte de su contribución en impuestos para que él, como persona, disfrutase del dinero. También defraudó al pueblo desvinculándose de su “no-ser” persona, necesario para ser rey.

Un rey que se niega a ese “no-ser” persona, renuncia a ser rey (excepto si se convierte en un monarca absoluto como antaño, cuando sí se podía ser persona y rey a la vez, pero no es el caso). La vida del rey no es que sea triste, es que no es vida, como una bandera, pero en lugar de siempre la misma tela, tiene diferentes trajes o uniformes sobre la piel, y es el gobierno quien debe decidir cuándo viste uno o el otro. Incluso, en momentos muy excepcionales, el rey puede tener una lágrima. Pero los reyes no lloran: lo hace el pueblo mediante ellos si así se considera, si es un dolor colectivo, como una bandera a media asta. En un sistema democrático, el rey es del pueblo, le pertenece como al pueblo le pertenece la bandera. Ambos son vasallos del pueblo, y no al revés. Cuando alguien se apropia una cosa u otra, de la bandera o del rey, es que algo falla en los cimientos de ese Estado. El rey ni siquiera es de sí mismo, y tal como se debe poder cambiar el diseño de la bandera (o quemarla) se puede cambiar de rey (o hacer una tortilla a la francesa).

Cuando el rey roba, deja de ser rey. Si roba al pueblo al que pertenece (por ejemplo, evadiendo impuestos), también roba a la institución de la corona: aparece la persona que roba, y mientras roba deja de ser rey, porque un rey no es persona. La inviolabilidad del rey se basa en que este no sea persona, a que no realiza actos como persona, y en este no-ser que es el ser-rey, es inviolable, porque quien hace algo es el pueblo, mediante el gobierno que “mueve” el rey. Al hacer algo como persona, es esta persona la que renuncia a ser rey, y no hay paso atrás. Por ello, Juan Carlos I tuvo que renunciar: ya no era “rey”, sino “persona- rey”, algo incompatible. Que se le llegue a juzgar o no es, en cierto modo, irrelevante: ya ha sido juzgado por haber sido persona y, claro, condenado. No es triste ni lo contrario, es así. Es descarnado, la única manera de ser no-siendo, de ser rey no-siendo persona. Juan Carlos quiso ser persona (por las razones que sean) e intentó ser rey a la vez. Eso es lo deshonesto (en el fondo, hay tantos corruptos y evasores que no viene de uno más). Lo honesto hubiera sido abdicar previamente, tal como lo hizo el rey británico Eduardo VIII, que quería “ser

persona” para contraer matrimonio con Wallis Simpson, tal como sabrán si son de los que no han visto una PlayStation 5.

El uso de las “tarjetas black” por miembros de la Casa Real (tarjetas que se nutren del dinero de la “persona” Juan Carlos, no del rey Juan Carlos I), demuestra que esa posición des- legítima y deshonesta se extiende por toda la familia: no ven el peso de la Casa Real, solamente ven los privilegios que su pertenencia les procura como personas. Es deshonestidad y desfachatez.

El rey Felipe VI mantuvo, al parecer al menos durante un año, el conocimiento de ser heredero de parte de la fortuna que su padre había acumulado como persona (no como rey). ¿Estuvo, durante un largo año, dirimiendo si quería ser persona o ser rey? Cuando dijo renunciar a esa herencia (un paripé: siempre podrá tener acceso a ella), ¿renunciaba a ser persona?

Su discurso del 3 de octubre de 2017, claramente contrario a, como mínimo, la mitad de la población catalana, fue una toma de partido. No analizaré tal discurso, que se encuentra íntegro en internet, ni su tono imperativo y amenazante, su soberbia. Solamente dos perlas. Se refiere al referéndum convocado por el gobierno de la Generalitat como <<deslealtad inadmisible hacia los poderes del Estado>>, olvidando que un gobierno debe lealtad a la voluntad del pueblo, y que si esta voluntad ha vulnerado los poderes del Estado (no niego que fuera “ilegal”) es porque éste Estado no ha querido ni siquiera escuchar la voluntad de ese pueblo. Felipe VI dijo el 3 de octubre que <<han quebrantado los principios democráticos de todo Estado de Derecho>> (se refiere a votar en referéndum, lo que pedía la mayoría absoluta del parlamento catalán), dejando <<una sociedad catalana (que) está fracturada y enfrentada>>, concepto propio de Ciudadanos y PP y que, tres años más tarde han podido comprobar todos ustedes que no era verdad. No sigo porque cada uno de los párrafos desprende ira o desprecio, hasta intentos xenófobos de poner los españoles contra los independentistas apelando al más bajo instinto pecuniario, pues <<con su conducta irresponsable incluso pueden poner en riesgo la estabilidad económica y social de Cataluña y de toda España>>; vamos, que los españoles tendrán menos dinero por culpa de esos irresponsables. Valga, como despedida, <<mi compromiso como Rey con la unidad y la

permanencia de España>>. Suponemos que ambas, “unidad” y “permanencia” las ve intrínsecamente ligadas a sus privilegios como monarca… o tal vez como persona-monarca.

La contradicción entre monarquía y democracia solamente puede salvarse mediante otra contradicción: el rey (o reina) solamente es útil en su inutilidad. Es una inutilidad pragmática lo que permite su utilidad simbólica. En el mismo momento que un partido (o una ideología, o un estamento, sea militar o judicial) pretende alcanzar o abrazar la persona que hay tras la corona y darle una “personalidad” que le sea útil para unos intereses, aparece esa contradicción antes señalada con toda su fuerza. Difícilmente hay paso atrás. Difícilmente se puede volver a mirar al rey (o reina) sin ver a la persona (tal como el británico Eduardo VIII sabía lo que significaba que su “ser-rey” a toda costa propiciaría unas elecciones y solamente sería rey de aquellos que las ganaban, pero no de los que las perdían, dejando de ser rey de todos para ser “persona-rey” de unos. Y abdicó antes. Fuera por principios o por simple inteligencia, es lo de menos).

Cuando se vislumbra que tras la corona hay una persona, como aquella persona-rey que decide por su cuenta llamar al presidente del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Lesmes, aparece la opinión sobre lo visto (que sea una opinión positiva o negativa, es indiferente). El “conocimiento” de la persona en sí, y, sobre todo, la imposibilidad de “des- conocerla”, implica que el símbolo ha dejado de serlo para, al menos, una parte de la sociedad. Y, para la otra parte, ya se trata de un símbolo “ocupado”, tanto por un interés como por parte de la “persona-rey”, que ahora agrada o conviene, pero que ha perdido la garantía (impersonal, simbólica) de estar al margen de agradar o no… que es lo que, al fin y al cabo, permite su perdurabilidad.

Si se nombra al soldado (o antaño al alumno), este dice “presente” dando un paso adelante (o el alumno se alzaba del pupitre). Ese paso adelante es un anteponerse a sí mismo, delante de sí: el soldado por delante de la persona (el alumno por delante del niño en esa educación tan despersonalizada). La persona que oculta el rey (o reina) debe estar “ausente”, un paso atrás, por detrás de sí. Puede haber la excepción de algunas pinceladas (la reina Isabel II junto a una taza de té), pero son unas pinceladas que han de mantener cierta frialdad, el equilibrio entre lo aséptico y distante con lo cotidiano (lo contrario es la foto de Juan Carlos

con gorra girada, pinzas en mano y bañador, haciendo una barbacoa: “Juan Carlos” por delante del ser rey; lo contrario que “Isabel”, por detrás del ser reina).

Una diferencia con los británicos (permítanme la osadía) es que en las islas son monárquicos incluso los republicanos, y en la península son republicanos hasta los monárquicos: ni la derecha “defensora” se cree la realeza, sino que la usa, bien por intereses políticos o económicos, bien para pretender el lucimiento personal de un pedigrí de “quiero y no puedo” provinciano y mesetario (el de esas “genuflexiones” tan acentuadas que casi impostadas y que vemos con asombro y vergüenza en la pose ridícula de algunos miembros de la corte capitalina, élite tosca con regusto de alcanfor).

A Felipe VI, no sin cierta ironía, se le suele llamar el “preparao”. Como si hubiese un yo-Felipe que hubiera tenido que prepararse (pilotar un caza, aprender física cuántica y teoría económica, macramé) para asumir el súper-yo-Felipe VI. Sin embargo, es todo lo contrario: debe ser el menos preparado de todos, rayando la inexistencia, para poder asumir (o cederse) a la ausencia del yo para ser solo “Real” (que es lo simbólico). Ya desde el primer momento, pues, se parte del error de querer tejer un héroe, un rey hollywoodiense, condenado a permanecer en el filo que separa la adoración de la burla (“el preparao” es una burla; la genuflexión teatral, una adoración). No se puede pretender “ser rey”, sino no-ser persona para que el rey “sea”. Es el precio que implica la democracia si nos creemos que significa, sin concesiones, que el verdadero poder lo tiene el pueblo. Este pueblo puede ceder la “representación” de tal poder (a un presidente, también a un rey o reina), pero no puede ceder la “responsabilidad” de tal poder. Ceder la responsabilidad significa que el pueblo, en el fondo, no es democrático, que se somete y acepta el vasallaje, carne de totalitarismo, que siempre está con el ojo avizor (jamás salen líderes que una parte del pueblo no reclame). Un o una monarca en democracia no tiene vasallos: la reina británica se puede pasear con un carruaje ostentoso y corona de joyas que nadie se ofende, pues nadie se considera vasalla (aquello que se pasea es un “símbolo de todos”). En España, en cambio, hay toda una élite que, fruto del sistema de privilegios y vasallaje que implicaba el poder autoritario del franquismo, quiere mantenerlo mediante la monarquía. Por ello aquí no hubo una Transición, sino una Continuación aderezada con el cambio de unos símbolos por otros. En lugar de tener una “monarquía simbólica”, lo que tenemos es una “democracia simbólica”

(y, sobre todo, una “justicia simbólica”). Por ello, Felipe VI, se refiere, en el reciente discurso de Navidad, a un golpe de Estado que propició una Guerra Civil y a 40 años de dictadura fascista y criminal, como <<un largo período de enfrentamientos y divisiones>>. No solamente es una vergüenza contraria a los Derechos Humanos y a la Historia, sino que es un juicio de parte, de la persona-rey. (Escriba quien escriba los discursos: la persona agazapada tras el ser rey se debería negar a decir lo anterior, pues un rey-de-todos no puede decirlo, solamente una persona-rey que se considera parte de algo, mejor no especificar de qué).

Siguiendo con el discurso de esta Navidad del rey, el no señalar la corrupción del anterior monarca, haciendo “como si nada”, “como si no fuera con él”, es un intento de regresar a esa despersonalización: nos dice que Felipe “no es” el hijo de Juan Carlos, que solamente se trata de Felipe VI. El problema, “su” problema (como rey y como persona) es que llega tarde, es que ya no se puede “despersonalizar”. Haga lo que haga, diga lo que diga, no puede regresar a la condición de no-ser persona. Cualquier intento será patético, por mucho que sea elogiado por los afines a la persona-rey, que lo debilitan todavía más con su celebración. Los únicos que parecen entenderlo son los dirigentes del PSOE, los únicos que intentan apuntalar ese “como si” para saltar sobre la contradicción entre democracia y monarquía. En España solamente hay un partido de la “monarquía democrática”, y es el PSOE (no se confundan, no es un elogio, sino una incoherencia). No obstante, el rey ya está tocado por la vara de la personalización, y no hay paso atrás. A lo sumo, habría un paso adelante: Leonor.

El pasado verano del 2020, se produjo una anécdota que da para reflexionar. Una niña le hizo una pregunta a Leonor (por entonces, ésta tenía 14 años). La pregunta, es una de las más normales que se pueden hacer a un niño o niña, ya sea por parte de otro niño o niña o por un adulto. Es la siguiente: <<¿Qué quieres ser de mayor?>>, e implica dos verbos: “querer” y “ser”. La niña-princesa no tuvo tiempo de responder, pues su madre-reina se anticipó con celeridad y, tajante, respondió por ella: <<Lo que quiere no, lo que tiene que ser>>, transformando uno de los verbos (querer) en otra forma verbal (tener que). Es decir, la asunción que, ya desde pequeña, esa niña no puede ser persona, sino empezar a no-ser.

Pueden consultar los “Derechos de los Niños y Niñas” o de la infancia en la Wikipedia, Unicef u otros lugares. Esta anécdota recién señalada, infringe unos cuantos:
– <<No a la discriminación: todos los niños tienen los mismos derechos>>. Esa niña no tiene el derecho a elegir ser.

– <<El interés superior del niño: cualquier decisión, ley, o política que pueda afectar a la infancia tiene que tener en cuenta qué es lo mejor para el niño>>. No se tiene en cuenta lo que es mejor para ella, ni siquiera por la ley, ni siquiera por su madre, sino para eso que “tiene que ser”.

– <<La participación: los menores de edad tienen derecho a ser consultados sobre las situaciones que les afecten y a que sus opiniones sean tomadas en cuenta>>. Esa niña, ya a los 14 años, no es tomada en cuenta, y no puede tener opinión.
– <<Derecho a la expresión: todos los niños se pueden expresar de diferente forma a su gusto, a dar su punto de vista>>. Ni siquiera se le permite responder, expresar su opinión: su madre-reina habla por ella.

Lo que parece una nimiedad, y que la sociedad acepta con el sumo agrado propio de un Marchena, es el pisoteo de sus derechos, los derechos de una niña. Y es que la monarquía ya sabemos que entra en contradicción con la democracia, pero es que aquello que exige para saltar esa contradicción, entra su vez en contradicción con los Derechos de la Infancia, lo que es todavía peor. Claro que, o bien es hija de una persona o bien pertenece a una institución que considera que un golpe de Estado, asesinatos en masa, torturas, dictadura fascista y otras lindezas, son apenas <<un largo período de enfrentamientos y divisiones>>. Solamente hay una manera de salvar esa niña de convertirse en una no-persona, y ya saben cuál es. De paso, a lo mejor hasta salvan la democracia, la judicatura y algunas cosas más que están en manos de quien quieran, pero no del pueblo. Un pueblo vasallo como pocos. Y no se ofendan, que es así porque lo permite ese mismo pueblo.

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1 Comentario

  1. Me ha gustado mucho el articulo.
    Ha sido interesante encontrar una linea diferente a la usual a la hora de analizar el tema.

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