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Los recortes en investigación merman la capacidad de España para encontrar una vacuna contra el Covid-19

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Científicos y laboratorios de todo el mundo trabajan contrarreloj en busca de una vacuna y de medicamentos eficaces contra el coronavirus humano, que se está mostrando como un germen mucho más agresivo y letal de lo que cabía esperar. Se ha abierto una frenética carrera en los cinco continentes por conseguir el deseado antídoto, no solo en China, foco emisor de la pandemia, sino en Estados Unidos, en Japón, en Canadá, en Alemania, en Francia y en otros muchos lugares. Todos saben que si completan la tarea con éxito no solo les espera la gloria y la satisfacción de haber hecho un bien a la humanidad terminando con una peste que amenaza con matar e infectar a cientos de miles, sino también un Premio Nobel. En España tenemos a algunos de los mejores investigadores en medicina, bioquímica, genética, oncología y farmacia. Pero los años de duros recortes de los gobiernos conservadores de Mariano Rajoy han pasado factura y han dejado maltrecha la investigación en nuestro país, una actividad fundamental en el desarrollo de cualquier sociedad avanzada y que ahora, cuando más se necesita, echamos en falta.

Según estudios del Observatorio para la Investigación e Innovación de la Comisión Europea de 2016, entre 2010 y 2015 nuestro país había dejado escapar al extranjero a más de 12.000 investigadores. En 2018, cuando la crisis quedaba atrás, la cifra resultaba ya escandalosa: 30.000 investigadores españoles habían emigrado a otros países a causa de los bajos salarios, la precariedad y el abandono de los proyectos científicos que estaban en marcha. Otros sencillamente terminaron en la cola del paro o trabajando como cajeros en centros comerciales, bares y hamburgueserías. En total, al inicio de la crisis económica había en España más de 140.000 investigadores. En 2018 quedaban 110.000. Fue la conocida como “fuga de cerebros”, la cruel diáspora de nuestros mejores talentos científicos que tras años de formación universitaria y gasto millonario en inversión educativa terminaron trabajando para empresas de Estados Unidos o para aquellos países de la Unión Europea que les ofrecían un futuro mejor.

Pero no solo resultan demoledoras las cifras sobre el desperdicio de materia gris que ahora echamos en falta. También son terribles los datos sobre inversión pública en investigación. En los últimos años, España ha figurado a la cabeza entre los países que menos invierten en ciencia. En 2016, el gasto en I+D+i había descendido hasta el 1,19% del Producto Interior Bruto, más de un punto por debajo que la media comunitaria, situada en el 2,3.

En medio de una crisis de emergencia nacional como la que vivimos, en la que todos debemos estar unidos y trabajar solidariamente, no es el momento de reabrir viejas heridas, pero conviene no perder de vista los errores cometidos en el pasado para no volver a repetirlos en el futuro. Una crisis económica como la que vivimos en 2008 y como la que a buen seguro vamos a vivir con el coronavirus exige recortes, pero estos no deberían afectar bajo ningún concepto a los santuarios del Estado de Bienestar, es decir, ni a la Sanidad, ni a la Educación ni por supuesto a la investigación científica.

Hoy, cuando nuestros investigadores buscan con ahínco y desesperación una vacuna que frene el Apocalipsis que se cierne sobre toda la humanidad, nos lamentamos de no tener entre nosotros a aquellos brillantes médicos, biólogos, bioquímicos, genetistas, programadores informáticos de primer nivel, farmacéuticos, en fin, nuestras mentes más preclaras y privilegiadas que nos hubiesen sido de una utilidad trascendental. Pero no es momento de lamentaciones. Ayer mismo se supo que un equipo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha demostrado, in vitro, que el fármaco Aplidin, descubierto por la farmacéutica española PharmaMar y usado para tratar el mieloma múltiple, logra frenar la multiplicación de un tipo de coronavirus que pertenece a la misma familia del microbio letal que ha desatado la pandemia. Es uno de tantos avances que ya se están haciendo en nuestros laboratorios y hospitales, donde a esta hora se prueban más de 30 medicamentos antivirales para conocer su eficacia contra el maldito Covid-19.

El investigador español sabe sobreponerse a la precariedad de trabajar con medios escasos, en ocasiones gracias a una buena dosis de imaginación y genialidad. Es la herencia de nuestros mejores cerebros, los Ramón y Cajal, Severo Ochoa o Gregorio Marañón que desde el pasado inspiran a los contemporáneos Mariano Barbacid, Joan Massagué, Valentín Fuster o Rafael Yuste. Que no quepa la menor duda de que en estos momentos, en algún laboratorio español de paredes algo desconchadas y escasez de probetas, hay un hombre o una mujer de apellido anónimo, un genio provisto de una aguja y una jeringuilla (quizá también de una pobre rata metida en una jaula), que ya está viendo antes que nadie, a la luz del microscopio, el final del endiablado Covid y de su festín mundial de plaga, enfermedad y muerte.

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