Mientras que el consumo mundial de carbón ha aumentado un 60% en los últimos 20 años, España celebraba en 2018 haber cerrado todas sus minas de este material. Miles de solicitudes mineras para la explotación y extracción de recursos minerales por toda la geografía española se encuentran paralizadas y, simultáneamente, el paro sube mes a mes superando en febrero los 4 millones. Aparecen noticias de depósitos de tierras raras que atraen las miradas de medio mundo en zonas como Pontevedra, Salamanca, Cáceres o Ciudad Real a la par que se continúa sin plan para dar una solución a la despoblación rural española, especialmente grave en provincias como las mencionadas.

Parece evidente que algo no estamos organizando bien en nuestro país.

En política, las decisiones deben tomarse desde una perspectiva holística, teniendo en cuenta todas las variables. Pero un ecologismo idealizado ha impregnado la política y, especialmente, a la izquierda institucional. Miembros de famosas ONGs dan el salto al escaño para seguir haciendo activismo en lugar de hacer política. Y los partidos políticos hacen suyos sus discursos parciales y tendenciosos.

Weber contraponía la ética de la intención o de la convicción, que se mueve solo por principios incondicionados, por dogmas, con independencia de las consecuencias derivadas de las decisiones, a la ética de la responsabilidad, que apela a los políticos con principios: el político debe prever las consecuencias de sus acciones, tanto las evidentes como las colaterales.

El caso del carbón es muy representativo. Con la excusa de cumplir un justificado y razonable objetivo de descarbonizar el mix energético español y europeo, se ha destruido sin miramientos esta industria que daba de comer a muchísimas familias. Pero ¿para qué? Se mantienen centrales térmicas de carbón en activo y miles de calderas domésticas. Ahora compramos energía a Marruecos -procedente de térmicas de carbón- y carbón a China.

Pero ¿y por qué se destruye la industria extractora del carbón porque no queramos consumirlo? ¿No podemos acabar con el consumo de carbón en España y a la vez exportarlo para obtener beneficios tanto económicos como sociales? La pregunta se contesta sola, pero no es ésta una problemática exclusiva del carbón: España tiene reservas de materias primas de mucha más calidad y muchísimo más apetecibles, como litio y uranio. ¿Por qué no explotarlas?

Nos machacaban de nuevo desde Podemos con su ética de la intención materializada en vídeos para lelos: “¡no hemos cerrado las minas de carbón para que nos abran otras de litio! ¡Las multinacionales y los países del norte de Europa quieren expoliarnos! ¡Quieren que seamos sus vertederos!”. Señoras y señores eurodiputados con poltrona de a más de 100.000€/año: su trabajo no es poner problemas sino darnos soluciones.

Las minas crean puestos de trabajo, decenas de miles de ellos, tanto directos como indirectos. Obreros, camioneros, técnicos, ingenieros, etc… Generan además riqueza y actividad económica y pueblan zonas despobladas. Son una solución a varios de los problemas más preocupantes y graves de nuestro país. ¿Qué tienen una parte mala? Nos ha jodido, cúrrenselo un poco. Ahora son políticos, no activistas de medio pelo.

“Es que degradan el ecosistema, deforestan”: oblíguese a su compensación, por triplicado si es necesario, convirtamos un problema en una ventaja. “Las multinacionales nos expolian”: que se gestione la industria –y sus beneficios- a través empresas públicas, de esas que tanto gusta privatizar al PSOE, su socio de Gobierno.

Pero mi excusa favorita es la de la continuidad. Este año pasado, Carlos Bravo, de WWF, decía “¿Qué sentido tiene una mina de uranio cuando en 2050 tendríamos que tener una energía 100% renovable? Es una incoherencia absoluta”. Mismo argumentario para el litio, por cierto: “es que hay que buscar alternativas”.

No nos tomen por tontos, por favor. Quedan 30 años para 2050, caballero. 30 años de industria y rentabilidad asegurada en la extracción de dos de los materiales más codiciados del mundo. Por no hablar de que extraer recursos en España no necesariamente implica tener que consumirlos aquí; aunque sería muy deseable, por cierto. Cuando se dejara de consumir en España se puede exportar, amigo.

Pero es que teniendo las materias primas podemos transformarlas en España, generando un valor adicional y dando continuidad y ampliando los beneficios de su extracción. Investigación, desarrollo, innovación: fábricas de baterías de litio “made in Spain”, enriquecimiento del uranio, extracción de elementos minerales de la monacita, etc…

Y también, por supuesto, fabricar bienes de consumo (de los de verdad, no de los de Ábalos): coches eléctricos, smartphones españoles, centrales nucleares que descarbonicen en serio, paneles solares, aviones, etc..

El problema es que con estas soluciones los políticos tendrían que pensar, planificar y gestionar, deberían cambiar el chip a la ética de la responsabilidad y asumir sus decisiones, ser competentes. Deberían abandonar el activismo de sofá, de videos, tweets y prohibiciones, y buscar la eficiencia y optimizar nuestros recursos. Deberían ponerse a construir proyectos de una vez.

La izquierda, a través del Estado como herramienta transformadora, puede y debe crear puestos de trabajo, desarrollo tecnológico, prosperidad y riqueza. Y, si se hace bien, de forma medioambientalmente sostenible. Pero claro, hay que ponerse a ello.

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