A la manifestación del pasado domingo en defensa de la unidad de España acudieron miles de ciudadanos que sin duda están preocupados de buena fe por el futuro incierto del país. Vaya por delante que este artículo no va contra ellos. Pero entre esa masa de angustiados que no pueden dormir por las noches porque España se rompe, o nos la rompen entre unos y otros, también estaban los listos, los emprendedores suizos, los que tienen el dinero a buen recaudo fuera de España: los patriotas del “paquí pallá”. ¿Y qué demonios es eso del “paquí pallá” que suena a cachondeíto fino?, se preguntará el sufrido lector. Pues es una empresa supuestamente creada ad hoc por el PP de Madrid para canalizar el dinero negro que fluía por Génova 13 como los manantiales del Nilo y que nutría fuertemente las campañas electorales del partido.

En efecto, hace solo unos días, un informe de la Guardia Civil remitido a la Audiencia Nacional apuntaba que el PP de Madrid que dirigía Esperanza Aguirre camufló, supuestamente con facturas falsas, al menos 1,7 millones de euros que se emplearon en costear la campaña electoral de 2011, “superando así el límite previsto por la legislación”. El magistrado de la Audiencia Nacional Manuel García Castellón, que instruye la macrocausa por la trama Púnica sobre presuntas corruptelas en la adjudicación de contratos públicos en la Comunidad de Madrid, ya tiene en su poder ese documento demoledor que alerta de que el PP madrileño “habría ocultado gastos electorales por importes muy notorios, utilizando para ello empresas afines y conniventes, las cuales habrían enmascarado esos gastos electorales a través de diversos procedimientos”. Entre esas empresas, según la Cadena Ser, estaría Paquí Pallá SL. Y ahí es donde queríamos llegar.

Que el PP haya bautizado con un nombre tan pintoresco a la empresa que proveía y hacía las veces de tapadera para su financiación es preocupante, pero lo realmente grave de esta operación policial es que, una vez más, queda en evidencia la catadura moral de aquellos a los que se les hincha el pecho cuando hablan de España mientras promueven redes, tramas, evasiones, falsedades, chanchullos fiscales, delitos en fin, que no hacen sino esquilmar el país y hundirlo en el despilfarro, el hambre y la miseria más absoluta. El patriota “paquí pallá” no es precisamente ese al que le salen callosidades y llagas en los dedos de las manos de tanto enarbolar banderas rojigualdas en Colón, sino el que las tiene agrietadas a fuerza de empuñar prófugos maletines de piel que van de un lado a otro por las fronteras de medio mundo. El patriota “paquí pallá” no es ese español de derechas de buena fe que se monta en un autocar en Murcia con toda su fe e inocencia y es capaz de meterse cuatrocientos kilómetros de carretera entre pecho y espalda solo para soltar cuatro gritos desgañitados en Madrid −“Sánchez felón, trabaja de peón”− o para pedir un 155 duro contra los indepes o para defender la permanente e indisoluble unidad de España. Qué va. El patriota ibérico “paquí pallá” es capaz de recorrer esa distancia, y el doble si hace falta (incluso a pinrel), solo para coronar las cumbres bancarias andorranas o helvéticas y guardar allí unos buenos millones que buena falta le harían al país para construir escuelas, hospitales y unos trenes que no se queden tirados en medio de los páramos extremeños. Ahí está el tristemente famoso Bárcenas, otro patriota que llevaba el dinero de España “paquí” y “pallá”, mayormente “pa Suiza”, y que seguramente acostumbraba a lucir una pulserita roja y amarilla en la muñeca o una banderita nacional pegada al Rolex de oro o una camiseta de interior ajustada con la silueta del toro de Osborne. Al españolazo de Dios, patria y orden le pone mucho una manifestación dominguera y exaltada en Colón para desahogarse con Sánchez, darle caña al sociata traidor y acusarlo de crímenes contra la humanidad, pero sin duda le pone mucho más ir “paquí pallá”, como en españoles por el mundo pero a lo grande, volando voy, volando vengo, y por el camino yo me entretengo, o sea, que entre aeropuerto y aeropuerto te puedes abrir una instrumental en Panamá, una opaca en Suiza o una offshore en Luxemburgo, que por paraísos fiscales y empresas fantasma no será.

Ser un español de derechas activista, concienciado y constantemente movilizado contra la amenaza roja bolivariano-separatista −en una extraña fobia conspiranoica secular que este país no termina de superar−, no es fácil y exige mucho sacrificio, mucha manifa dominguera y muchas horas de autocar y de bocatas de serrano rancio comprados por el PP en los bares grasientos de las carreteras nacionales. Ese español de derechas esforzado y abnegado es la tropa de abajo, la carne de cañón, el primo útil que come el rancho barato del partido y pringa en la barricada mientras el patriota “paquí pallá” le roba la cartera, se baña en el jacuzzi con champán y caviar y se lo sabe montar a tope en lejanos paraísos caribeños.

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