Una imagen del Dolby Theater preparado para los premios.

Parece que en Hollywood empiezan a cambiar las cosas realmente. En la ceremonia de entrega de sus grandes premios por fin se anuncian más nombres femeninos, hay mucha más presencia afroamericana y la minoría latina cobra fuerza igualmente. Esta gala, la 91, será recordada como la de ‘la diversidad’, o de las cifras positivas: 15 nominados negros de un total de 212, y 52 mujeres en categorías que no fueran de actriz; datos históricos. Y a nadie parece importarle demasiado por otro lado la calidad de las películas ni de los trabajos realizados en ella. Lo importante era premiar a todos los sectores para no dar pie a la más mínima queja. Y se han esmerado en ello.

No en vano esta madrugada –hora española- se han batido varios records además de los citados, como el de mujeres premiadas, 15 en total, cifra que no alcanza no obstante el 30 por ciento del total. También han sido históricos los seis galardones que han ido a parar a manos afroamericanas, entre ellos los de mejor diseño de producción, mejor vestuario y mejor película de animación. También el de mejor guión, para el legendario Spike Lee, quien pudo presumir y lo hizo de que lo que estaba ocurriendo era gracias en buena medida a las protestas de hace varios años cuando se exigió a la Academia ciertos cambios en sus estatutos que permitieran la entrada en de varias minorías. En este último grupo, el sector mexicano no puede estar más contento, ya que es el quinto Oscar con acento latino a la mejor dirección en seis años.

Eso sí, el premio a la mejor película fue para Green Book, que a pesar de contar también con un coprotagonista afroamericano hace gala de una historia y un tono genuinamente hollywoodiense. Y es que en algo había que contentar también a los académicos WASP. Además, que Roma iba a quedarse sin el gran premio se veía venir desde el momento en que fue nominada también a mejor película extranjera, estatuilla que recogió junto a la de mejor fotografía y mejor director para Alfonso Cuarón. Así que, vistos con cierta perspectiva, los premios de esta edición han sido un acercamiento sutil pero con precaución a la plataforma de vídeo por internet que está volcando la mesa del juego cinematográfico del último siglo. Con los premios recogidos por Roma, sin duda la gran favorita de la noche, Netflix suma así un largometraje al corto y la cinta documental que ya habían triunfado en ediciones anteriores. Eso sí, sigue siendo una invitada en Hollywood, y el gran premio a una cinta correcta pero mucho más discreta como es Green Book ha sido la forma de dejarlo claro.

“Se han batido varios records, como el de mujeres premiadas, 15 en total, cifra que no alcanza no obstante el 30 por ciento del total”

Los premios técnicos, por otro lado, han ido a parar a Black Panther y Bohemian Rhapsody. La primera es la película de superhéroes más taquillera de la historia y del pasado año, con cerca de 1.200 millones de euros recaudados, y en la meca del cine les gusta recompensar aunque sea con premios menores esos esfuerzos a la causa. Por otro lado, la biografía de Freddie Mercury venía a cubrir la cuota de apoyo al movimiento gay, menos patente en los galardones estelares, y saldada de sobra con el premio a Rami Malek por su interpretación del líder de Queen.

En cuanto al sector latino, no solo estuvo presente, sino que se hizo oír: tanto Javier Bardem como Diego Luna hablaron en español ante el micrófono. El primero hizo una sutil referencia al muro de Trump –“No hay fronteras, no hay muros, que frenen el ingenio y el talento”-, mientras que el segundo se encargó de subrayar que no se trataba de ninguna moda: “Ya nos abrieron la puerta y de aquí no nos sacan”.

Los discursos fueron rápidos y por lo general descafeinados. La cadena ABC se había encargado de recordarle a la Academia que el tiempo era primordial para no dormir a los telespectadores, y a los miembros se les subrayó este extremo hasta la saciedad. Al final, la gala solo sobrepasó en diez minutos el tiempo previsto. Y todo muy bien, muy políticamente correcto, tanto que hasta los chistes políticos y las referencias a Trump quedaron en meros guiños sin veneno. Y eso, en el seno de la gran industria del entretenimiento de un país en el que el Presidente ha llegado a cerrar el Gobierno hace tan solo unos meses hasta que le concedieran lo que quería, puede llegar a resultar preocupante.

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