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Yo odio la ópera. Siempre digo esto para epatar al burgués, y añado que la mayor parte de la gente que afirma disfrutarla en realidad no aprecia la música ni conoce el repertorio ni le preocupa indagar en épocas, instrumentos, estéticas, teorías… Suelo poner la guinda defendiendo que Verdi es un hortera y que, aunque dotado compositor de melodías, su música está por debajo de los logros de otros compositores de su época dedicados a la cámara o la orquestación.

Cuando hablo así mis interlocutores me miran con cara de sorpresa o indignación y comienzan a defender sus sopranofilias, yo puedo, con un café o una cerveza en las manos, acabar defendiendo que el único cantante lírico que me interesa es Elvis Costello en sus colaboraciones con aquel Brodsky Quartet del andaluz Michael Thomas o con John Harle (sus cuatro canciones renacentistas inglesas revividas me parecen una de las obras maestras del siglo XX), y explico que no entiendo por qué hay que engolar la voz para cantar partituras hasta el extremo de no ser apenas reconocibles el timbre personal o la letra cantada, y me pregunto cuál es origen de esa vertiente técnica arriesgándome a que mi admiradísimo y queridísimo Alberto García Demestres me dé un sopapo de orondo a orondo y me tumbe, con razón.

Nunca he peleado con nadie por la ópera y mira que me da coraje el aficionado. He debatido, he opuesto músicas, ideas, me han lanzado al Berlioz de Los Troyanos y se han reído de mis ocurrencias o hasta hay quien las ha valorado… pero no me han agredido ni denostado por enunciar estas ofensivas teorías mías, ni siquiera por proponer (nótese: ¡humor negrísimo!) francotiradores contra los cornetas de las bandas pseudomilitares de Semana Santa… me han regalado con más humor, risas, discusiones o hasta indignación pero ¿ofensa?

En nuestros días, progresivamente la ofensa se ha convertido en la forma de respuesta más habitual y lo hemos consentido con la mejor intención: procurar la convivencia en armónica paz. Pero, como ocurre en toda sociedad ultraconservadora, hemos dado el salto de querer regular esa ofensa, craso error; hemos concluido autocensurándonos (la mierda de la corrección política tiene la culpa) que hay asuntos de los que es mejor no hablar, y al hilo de ello que hay cosas que no querremos escuchar.

Esto nos obliga a catalogar territorios que, al parecer, han de ser excluidos del debate público y levantamos muros contra la libertad de expresión como la intimidad: no me refiero a la vida personal sino a que hay cosas que no se nombran porque podrían dañar a intimidades que casualmente no conocemos, así por aquello del buen gusto no podríamos hablar de los placeres del ano o las riquezas de una mamada… Yo no suelo hablar de ello salvo que alguien me dé a entender que no debo, entonces ensalzo las virtudes del ojete o del freudianismo más para adentro del inconsciente.

Levantamos muros como el de la supuesta respetabilidad sacrosanta de las creencias personales; ¿me pregunto en qué ofende a un creyente la ridiculización de su fe o su culto? Y llego a este extremo, ridiculización, no hablo ya de Historia, Ciencia o análisis racional, porque fíjense: si yo expreso que me parece vergonzosa y peligrosamente estúpida la creencia de alguien, éste se cree con el derecho a recriminármelo porque considera que lo vergonzoso y peligroso es lo que digo yo… o sea, que (y reitero un argumento aducido en otros artículos): en nombre de la Libertad te prohíbo la Libertad; a mí me da igual lo que usted crea, mientras no me haga comulgar.

Yo no necesito más argumentos, no sé cómo lo ve usted; la Libertad de Expresión sólo puede estar limitada con el daño constatable por un Tribunal de Justicia tras una denuncia, y cuando digo constatable me refiero a probar que existe ese daño, no a subjetivamente defender que ha existido. No podemos predefinir qué se puede afirmar o no, en función de los ofendibles, porque entonces hemos caído en la perversión de la censura y los pre-jucios por parte de los eternos defensores de los valores eternos: la estulticia intelectual de quienes frente a la Cultura y la Razón proponen la tradición y la fe.

Los ofendibles se están haciendo con el territorio de la inteligencia. Te denuncian si paseas una vagina por Sevilla o si explicas la mandorla mística pitagórica y su relación con el culto mariano, al tiempo que desprestigian tus argumentos históricos o antropológicos para explicar los daños que la religiosidad popular haya podido generar a lo largo del tiempo con un simple desprecio… niegan su existencia, tiran tus esfuerzos por comprender con un derrote de fe y a tomar viento. Es tan fácil, tienen una tabla de verdades (que coincide más o menos con sus creencias más íntimas) que sustituyen a nuestra libertad de equivocarnos o de decir inoportunidades extemporáneas, nos “ayudan” a no errar, a diferencia de aquéllas amistades defensoras de la ópera que me debatían con sus ideas: prevén que no habrá debate porque mi “deber” es jamás decir lo que no quieren oír, niegan la existencia de argumentos y te acusan de persistir en ello. Así se sienten libres y suponen (no entienden salvo perfidia que pudiera ser de otra manera) que yo también, me avisan de cuando debo sentirme libre yo.

Cuando los ofendibles abundan, el fascismo es una realidad social; ya el veneno está infiltrado en los intersticios de la sociedad, la liberalidad sucumbe ante la moral de estos meapilas de bandera, de estas fanáticas de himnos y rituales anuales. Los ofendibles son un ataque frontal a la dignidad humana y, sin embargo, se presentan como víctimas: califican de “feminazis” ¿deslizando que ellos son “machojudíos”?, ellos, precisamente quienes agreden por doquier y se construyen tal víctimas reclamantes. Cómo se puede jugar con tanta desvergüenza intelectual y nosotras callar. Vencen porque estamos desarmados, la Razón está ausente, ¡intelectualeeeeeees!

Conste que yo defiendo que los ofendibles puedan pasear un autobús cómo les salga del alma, lo que quiero es recuperar mi libertad para decir lo que pienso de sus ideas más supuestamente profundas sin más prudencias que la Razón y la oportunidad, que no sea punible la palabra sino el daño constatable que pueda generar. Pero los ofendibles hoy ya están en todas partes, en todos los estamentos de la sociedad, controlan, te miran, te acusan, te juzgan desde el balcon de la “gente de bien” que parte de la Verdad, sólo desde la Verdad, nada más y nada menos, sin lugar para la tolerancia porque su discurso se impone por sí, sin argumentos, porque son lo “normal”, son de paz, de fraternidad catolizante, son el criterio para la denuncia, son las víctimas de nuestras ganas viciadas de remover, son las víctimas por haber ganado la Guerra de la Historia, sólo son asesinos cuantitativos y lo son por providencialidad salvífica, no porque les guste darnos en toda la boca. A callar, coño.

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Huelva, 1969. Licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y Doctor por la Universidad de Valladolid (tesis: Obra y edición en Juan Ramón Jiménez. El «poema vivo»; Premio Extraordinario de Doctorado). He sido gestor cultural, lógicamente frustrado, y soy profesor funcionario de Enseñanza Secundaria, de Filosofía, hasta donde lo permitan los gobiernos actuales. Otras experiencias profesionales: -Director del Festival Internacional de Música Clásica Ciudad de Ayamonte (2002 y 2003). -Director de la Oficina y Coordinador de los actos del Trienio Zenobia-JRJ 2006-2008 organizado por la Diputación Provincial de Huelva, las Consejerías de Cultura y Educación de la Junta de Andalucía, los Ministerios de Educación y Cultura del Gobierno de España y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales de España, entre 2005 y 2008. -Asesor musical para la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía (2003-2013). -Consejo Asesor Literario de la Diputación Provincial de Huelva (2002-2013). Conferenciante recurrente en programas educativos del Centro Andaluz de las Letras de la Junta de Andalucía y del Ministerio de Educación y de Cultura del Gobierno de España. Como escritor he colaborado con la prensa escrita, antes en Cuadernos de la Campiña, Huelva Información y los diarios provinciales del Grupo Joly, y ahora en la web semanalmente con Diario16.com y mensualmente en la revista en papel Diario16, publicando varios cientos de artículos. He contribuido con textos críticos y de creación esporádicamente con una multitud de revistas literarias. Junto al Catedrático Francisco Javier Blasco Pascual, he codirigido Obras de JRJ, en 48 volúmenes (49 tomos) para la editorial Visor; he publicado varios ensayos en torno a su concepto de «obra»: -Copérnico y Juan Ramón Jiménez. Crisis de un paradigma (2008) -El materialismo de Juan Ramón Jiménez. (JRJ excavado: alma y belleza, 1900-1949) (2010) -Juan Ramón Jiménez en el Archivo Histórico Nacional: Vol 2. MONUMENTO DE AMOR, ORNATO y ELLOS (2011) -Poesía no escrita. Índices de Obras de JRJ (junto al profesor Javier Blasco, 2013) -Obra y edición en JRJ. El Poema Vivo (2017) Además he preparado la edición, selección y prólogo de la antología del poeta granadino Premio Nacional de las Letras Antonio Carvajal: -Alzar la vida en vuelo (2014 y 2019) Lejos de tener vocación de cuentista, sí me encuentro cómodo en la prosa corta, lo que me hace deambular entre el relato, el microrrelato, la estampa o el poema en prosa. Veo poco más que comercio en la literatura actual; suelo experimentar con la forma. Mis libros: -Las apoteosis (2000) -Libro de las taxidermias (2002) -Libro de los humores (2005) -Libro del ensoñamiento (2007) -Álbum blanco (2011) -Tenebrario (2013) -De la luz y tres prosas granadinas (2014). -Libro de las causas segundas o Las criaturas (2014, Epub) -Mar de historias. Libro decreciente (2016). -La Gloria del Mundo (2017) -Libro de los silencios (2018) [XXV PREMIO DE LA CRÍTICA ANDALUZA 2019] -Pintar el aire (2018, en colaboración con el pintor Miguel Díaz) -Las criaturas (Reedición 2019) -El mar de octubre (2020) También he publicado cuentos en diversas revistas físicas y virtuales y he sido recogido en varias antologías, como Mundos mínimos. El microrrelato en la literatura española contemporánea (2007), editada por la profesora Teresa Gómez Trueba; Microrrelato en Andalucía (2007), edición del crítico Pedro M. Domene, Velas al viento. Los microrrelatos de La Nave de los Locos (2010) o Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español, ambas por Fernando Valls (2012), y en 70 menos uno. Antología emocional de poetas andaluces (2016), coordinada por Antonio Enrique, entre otras. El jurado del XXV PREMIO DE LA CRÍTICA ANDALUZA de 2019 me ha distinguido con su Premio para Libro de los silencios. En el blog literario de Fernando Valls se pueden encontrar textos míos. Mis artículos en las webs del Grupo Joly, de Diario16 y www.quenosenada.blogspot.com

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