Frente a la ética de la responsabilidad está la nueva moral del éxito basada en la economía  como antítesis  de la ética,  en la política como instrumento de poder, las dictaduras públicas y privadas para anular las conciencias, y la deslealtad para maltratar al pueblo.

Resulta paradójico constatar que los líderes mundiales, empeñados en atajar las consecuencias del colapso global, el crac financiero y sus efectos perniciosos, en lugar de analizar y combatir sus causas, se han puesto de acuerdo al reconocer la dimensión humana de la crisis, a la que se refirieron expresamente en el documento final redactado con motivo de aquella cumbre del G20, como si la economía en sí pudiera sustraerse de su humanización o no le fueran propios los principios éticos para el progreso social y el bienestar de los ciudadanos. Es como si intentásemos despojar a la religión de la divinidad. En este sorpresivo descubrimiento radica gran parte del fallo clamoroso de todos los controles que ha posibilitado el hundimiento del sistema, poniendo en solfa un modelo sustentado por la ideología neoliberal y el capitalismo, en el que al final, mire usted por dónde, estaba el hombre y, detrás del hombre, su conciencia y su dignidad. Se equivocan los que pretenden sustituir las finanzas de salón por la economía de rostro humano mientras el escenario siga siendo un casino y la única regla moral el no-va-más-la-banca-gana.

Ya lo apuntó el poeta Arturo Graf al señalar que la vida es un negocio en el que no se obtiene una ganancia que no vaya acompañada de una pérdida. La conciencia es al hombre y a su libertad lo que la ética a la economía, por más que  nos empeñemos en maquillar un proceso de destrucción cuyo talón de Aquiles es precisamente la idea del triunfo, el mito del éxito social construido no sobre los principios de igualdad, solidaridad y justicia, sino sobre la irresponsabilidad,  la codicia y la corrupción. Con todo, en palabras del economista y filósofo John Stuart Mill, el hombre no puede ejercitar su libertad para destruirla. Es verdad que cada mito tiene su antagonista y los ídolos que adoramos esconden los pies de barro. Por eso, frente al destino ineluctable del hombre, hay que oponer la conciencia que nos hace libres. Nunca queremos ver la ausencia de virtud en nosotros mismos en la falsa creencia de que el mal está en los otros.

Hemos encumbrado y enriquecido a todos los farsantes que han dado alas a la mediocridad y alzado el vuelo impulsados por las dictaduras públicas y privadas y lo hemos hecho de una forma aparentemente legal, al amparo de las normas que libre y democráticamente nos otorgamos, pero en este empeño quebramos el principio de legitimidad y nos hemos dejado arrastrar por la vileza. Hemos elevado a la categoría de necesario lo que sólo era accesorio y contingente, concediendo más importancia a los problemas que a sus posibles soluciones. Jamás una corriente de pensamiento pudo albergar tantas contradicciones. Sin renunciar a un mercado salvaje y asilvestrado, que profundiza en la desigualdad y la exclusión, pretendemos un Estado fuerte, que ejerza de regulador allí donde falló la ética arrastrando a la economía. Pura cosmética. Menuda paradoja: un socialismo de Estado exclusivo para los más poderosos, los más ricos; una revolución de las conciencias para reformular el pensamiento único. La brecha es cada vez mayor, como la agitación social y la movilización de las masas descontentas. Repito que frente a la ética de la responsabilidad está la nueva moral del éxito basada en la economía como antítesis de la ética, en la política como instrumento estratégico  del poder, en el autoritarismo  como medio para anular la conciencia.

Hay que volver a Séneca y admitir que en la adversidad conviene muchas veces tomar el camino atrevido.

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