Peligrosos como colmillos o dientes: los muros de Bakú, capaces de morder a cualquiera. Me encantan. ¿Y a quien no?

Nadie, ninguno de los mejores pilotos del mundo, se salva del beso o el mordisco de los muros, de las bocas de las escapatorias.

Se vuelven locos los pilotos, borrachos de adrenalina, a causa del peligro indiscutible y la tensión continua.

Roces entre los monoplazas, pinchazos, alcantarillas escondidas bajo la maleza gris que es el asfalto de Bakú, y listas para destrozar los bajos y el chasis del William de George Russell o de a quien le toque.

Ricciardo clava los frenos.

Verstappen se siente un animal salvaje entre cazadores y rueda como un diablo.

Magnussen se choca contra todo el mundo, también contra Hamilton.

Vettel se va largo y Vettel se queda corto. Su némesis le supera en las dos mangas del primer día de clasificaciones: el malvado diablo Leclerc.

Pero también besa el muro, con la rueda delantera, y también con la trasera, el feliz ángel Charles Leclerc.

Carlos Sainz es una anguila que parece capaz de escurrirse ileso… ojalá.

Bottas, Kubika, Alvon, Giovinazzi, Kvyat, Gasly, Hulkenberg, Norris, Pérez, Stroll, Grosjean. Raikkonen… en un circuito como Bakú todos los pilotos son protagonistas, da igual que luego queden el primero o el último, porque SON PROTAGONISTAS, PORQUE SE LA ESTÁN JUGANDO DE VERDAD.

¿Y la pole position? Bah, también en Bakú da más o menos igual.

Si todos los circuitos fueran selvas urbanas como lo es Bakú, el mundial de F1 lo seguirían hasta los anacoretas fugados al Tibet, hasta el estilita de la mítica ciudad de Zipal. Porque China fue más bien aburridín, pero Bakú…

En Bakú, entre los muros salvajes, hasta los entrenamientos libres, las practices, son un espectáculo divertidísimo, fascinante y genial.

Tigre tigre.

 

La ausencia de Niki Lauda

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