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Vox vocea el pregón, azota el cencerro y algún despistado incauto sigue las huellas. Esto va de despistados, a la izquierda y a la derecha, así el populismo no pierde rumbo. La falsa moneda, de mano en mano, es que el españolito común no puede bajar la persiana, que bajar la persiana es un error, que vivir y convivir con la peste es lo que toca, por ahí todo seguido y a doble espacio hasta el final. Los muertos –hay que decirles al oído, con las manos haciendo bocina- no pueden levantar la persiana. Lo primero la salud, y luego paciencia y barajar, el camino por el que Cela llegó al Nobel.

      El drama actual será vivir sin empleo, para muchos, mientras salimos de la charca o ciénaga enferma. Una década atrás, cierto bancario más rojo que las amapolas, publicó el mejor libro sobre el asunto, agotado en un plís: Vivir sin empleo (Libros del Lince). El bancario era Julio Gisbert Quero que, como todo burlanga en tratos con el papel timbrado, vivió en sus carnes la única poética de Goethe respetable: “Es más difícil retenerse que dejarse llevar”. Los cajeros, los bancarios, los encorbatados de la sucursal siempre están ahí, entre retener lo que nos dan o frotar mucho los billetes, como los fruteros, por si se cuela alguno a la hora de soltar el lastre ajeno.   

      El libro de Gisbert Quero planteaba una organización de las economías paralela a la oficial. La moneda social, por ejemplo: creada por un territorio o distrito como unidad de intercambio para sus vecinos. Intercambio de habilidades entre semejantes, sí, junto al respectivo saldo a crédito para quienes carecen de fondos. ¿Una pijada? Cuidadito, lo hizo Argentina durante el corralito, billetes de trueque (el arbolito) y así rescataron de la miseria a dos millones de personas. Las redes de trueque se hacen bancos de tiempo: al recibir un producto o servicio no hay trámite real entre personas sino una Comunidad, en mayúsculas, quien vela y es destinataria de todas las acciones. Ejemplo para profanos: si te arreglo la bicicleta, me pagas en horas, que ingreso en mi banco de tiempo. El sistema fomenta la autoestima,  propicia algo crucial en el parado, que la gente se conozca y todo un aforismo vital: “Sirvo para algo”.

      Hay otra muerte en los brazos cruzados, sin levantar ninguna persiana, ajenos a movilidad y vida, la vida que comienza en la movilidad, sentirse vivo por estar ocupado, etc. Durante el 2010 existían en España 160 bancos de tiempo donde la divisa era la hora, y así existían cuentas familiares (los créditos generados por unos los podían gastar otros) sobre una herramienta general capaz de borrar todo pretendido individualismo (tan regado por capital y publicidad). Otro ejemplo: los colectivos centrales de compra se abastecían directamente de los agricultores. La divisa local no se movía de la región, donde tenía valor, con lo cual la economía inmediata (vecinos) entraba en flor, sin las muchachas de Proust. El Banco de Brasil permitió tales monedas siempre en paridad con la moneda oficial. Si Hacienda decide obtener beneficios, puede hacerlo. Alemania tuvo, por esa fecha del libro, 60 experiencias con moneda social. Suiza sigue estudiando tal moneda para “pymes”, modelo que piensa desde el final del crac del 29.

       Julio Gisbert Quero niega en sus letras toda etiqueta “antisistema”: “Se trata de poder subsistir en dignidad, vivir y trabajar en tiempos difíciles”. Días atrás vimos en Valencia reparto de alimentos en un campo de fútbol (Mestalla) donde mil carritos pasaban por la dádiva con calma, paso y tesón mortuorios. Las colas del hambre (banco de alimentos, cocinas económicas, comedores sociales, hermanas hospitalarios o de los pobres…) fracturan la geografía española en ritos que duran entre cuatro y seis horas (venden algunos hasta el turno). Un más millón de pobres más, según Cáritas Diocesana, titila en la calle, sin merma, quienes agotaron ahorros y hoy se enfrentan a la persiana cerrada, por el otro lado de la cerradura. Lo primero es estar vivo, estar sano, porque la libertad y la salud es lo mismo, como quiso Mauriac.  Lo segundo, retenerse, sin dejarse llevar.     

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