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Los Miserables

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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Ha sido una tarde terrible. En plena ola de vacaciones estivales, en el atardecer del último domingo de julio conviven en la autopista los que ya han disfrutado en el mes de julio con los que tienen por delante casi todo el mes de agosto para disfrutar de su merecido descanso. En el restaurante del Área de Descanso de la A-12, autovía que conecta Pamplona con Logroño, a escasos kilómetros de Puente la Reina, villa con un conjunto histórico impresionante en pleno Camino de Santiago, Alaia atiende la barra del bar, mientras controla las hamburguesas que tiene puestas en la parrilla para los comensales que esperan pacientemente que les sirvan la comanda en el comedor del bar.

Está sirviendo una cerveza 0,0 a un paisano del pueblo, cuando entran en el recito dos guardias civiles. Alaia, que a esas horas está más liada que unas Soleae en la pierna de un romano, les dice mientras corre a la cocina que esperen un minuto que ahora mismo les atiende. Entra, da la vuelta a seis hamburguesas y un entrecot que hay en la parrilla y vuelve a salir disparada hacia la barra. Los guardias civiles piden dos cafés. Uno solo y otro con hielo. Alaia maniobra en la cafetera, y coloca dos tazas bajo el mismo cazo, una mediana y otra más pequeña. Sirve los cafés en la barra, junto a un vaso con hielos. Uno de los policías, le dice que la taza del para hielo, le parece minúscula y que quiere más café. Alaia le contesta que si quiere, le pone otro café pero que el café para hielo sale así de la máquina. El picoleto tuerce el morro. No le ha gustado la respuesta, ni tampoco que les haya hecho esperar para pedir los cafés. Y eso que sólo han sido veinte segundos. Cuando va a reclamar, Alaia ya está de nuevo dentro de la cocina, junto a la parrilla, sacando las hamburguesas y el entrecot poniéndolos en sus respectivos platos y colocando inmediatamente otras tantas hamburguesas y cuatro entrecots más encima del fuego. A esa hora, pasadas las diez y media de la noche, el bar ese día está a tope. Hay dos cuadrillas del pueblo cenando. Inmediatamente vuelve a la barra. El picoleto sigue con la murga de que el café es minúsculo. Ahora añade de malas maneras que además le está faltando el respeto como autoridad porque les ha dejado con la palabra en la boca para meterse dentro de la cocina. Quiere la hoja de reclamaciones. Alaia, acostumbrada a tratar con todo tipo de gente excéntrica, rebusca bajo el mostrador y le pone encima de la barra, un impreso en papel de la Comunidad Foral de Navarra destinado justamente a las reclamaciones de los clientes de ese tipo de establecimientos. El guardia civil le dice que esa hoja no es válida. Que quiere una de las de verdad (no lo dice pero piensa que las de verdad llevan las de la banderita de España y un membrete con el logo del Gobierno de España, Ministerio de Consumo). Alaia le pregunta en euskera a su marido si hay otro tipo de hojas de reclamaciones. El guardia civil, monta en cólera. Sólo le faltaba eso, que hablen en vasco para que él no sepa lo que dicen. Alaia, que ya ha visto que le están buscando escusa para montar el cisco, les dice claramente que su marido dice que no hay otro tipo de reclamación. Que esas son las que les ha dado la Comunidad. El de verde, notablemente alterado, le pide entonces la licencia de apertura del establecimiento. Y Alaia que está pensando en la carne que tiene encima de la parrilla, a la que ya debería haberle dado la vuelta, le dice en tono subido y con enfado que a ella no la amedrentan ni veinte como él. Le dice a una de las camareras que le dé vuelta a la parrilla, coge el móvil y llama a la policía Foral explicando lo que pasa y con la intención de que hagan entrar en razón al guindilla. Este se niega a coger el teléfono que le ofrece Alaia y le dice que él es Guardia Civil y que nadie va a decirle lo que tiene que hacer ni cómo es la ley. Pide identificación a Alaia, que le deja el carnet de conducir, que es lo que tiene a mano y el picoleto dice que le dé el DNI, que salga a la calle que van a detenerla por escándalo público y desobediencia a la autoridad. Alaia sale sin resistencia, la engrilletan y la meten en el coche.

Dos años después, y tras una sentencia condenatoria para el Guardia Civil, La Audiencia de Navarra, absuelve al policía.

*****

Los Miserables


La historia que precede a este artículo, está basado en un suceso real, pero novelado, acontecido en el Área de Descanso de la A-12 en Legarda, Navarra, un 28 de julio de 2019 sobre las 22:30 horas. Numerosos testigos hablan de “actuación desproporcionada” y de que “parecía que el Guardia Civil quería darle una lección a la camarera y ella estaba aterrada”. Incluso un mando de la Benemérita, pidió disculpas a la dueña del bar unos días después por la detención. Aún así, los jueces, nuevamente han dictaminado a favor del militar.

Antes de seguir, he de confesar que no voy a escribir sobre lo que de verdad me apetece porque tengo miedo. Miedo a poder decir algo que ofenda a esos señoros de un poder extracorpóreo que no está sometido a ningún control, que hace y deshace a su antojo y que interpreta la legislación conforme a unos intereses subjetivos e ideológicos y para los que sus actuaciones irregulares no acarrean ninguna consecuencia ni económica, ni sobre su puesto de trabajo a pesar de que tengas suficiente poder económico como para llegar al Tribunal de los Derechos Humanos de la Unión Europea y te acabe dando la razón.

Por eso hoy voy a ser más breve de lo habitual.

¿Qué tienen en común las condenas de Isa Serra, Alberto Rodríguez, los chavales de Altsasu, Valtonyc, Pablo Hassel, Arnaldo Otegui o Martxelo Otamendi? ¿Qué tienen en común el cierre de Euskaldunon Egunkaria, las innumerables causas abiertas contra Podemos (cerradas todas una vez se han difundido por la prensa), la persecución de activistas vascos o de los participantes en la impostura del proceso de independencia de Catalunya, la imputación de los agredidos por dos policías en Linares o un proceso iniciado contra Tezanos por su trabajo como presidente del CIS?

Bajo criterios estrictos de tribunales no ideologizados, Isa Serra o Alberto Rodríguez, no habrían sido condenados por agredir a un policía. Los Chavales de Altsasu, no habrían sido condenados por una pelea de bar contra guardias civiles. Los supuestos actos delictivos que les imputan, de los que no hay ninguna prueba como en el caso de Alberto Rodríguez, de los que hay pruebas en vídeo justamente de lo contrario, como en el caso Altsasu, o de los que la razón hace imposible que sean ciertos como en el caso de Isa Serra, porque es imposible que una mujer de su complexión y estatura pueda agredir con sus manos a un antidisturbios, sólo han sido el acelerante para que prenda el fuego. Todos ellos son los “avisos a navegantes” de que las aguas son turbulentas en un mar en el que manda un Poseidón tirano, fuera de control e intocable.

España no es un estado democrático. Ni siquiera es un estado ya. España es un barco asaltado por una lancha en la que viajan guerrilleros somalíes en medio del Índico, cuyos tripulantes, escasos pero pertrechados, se creen en posesión de ese territorio imponiendo la legalidad de sus intereses. España tiene un serio problema con la connivencia, primero de un pueblo dormido, aborregado e iluso que cree que todo le resbala y que sólo despierta cuando el suceso atraviesa su coraza. La connivencia de un partido en el gobierno, que se dice socialista y que es capaz de tapar los peores actos contra la humanidad como por ejemplo el asesinato de un cartero al que le estalló una bomba que la guerra sucia del estado, envió contra un supuesto terrorista de ETA. Un partido que es el principal sostenimiento de un régimen cuya democracia hace aguas por todos los lados y que intenta tapar por cualquier medio aunque sea ilegal. Desde las supuestas corruptelas del Demérito, hasta las cloacas del estado, pasando por las puertas giratorias, la desfachatez de los oligarcas y un Poder Judicial que se ha atrincherado en el puente de mando con acceso exclusivo a la despensa y al agua.

La ciudadanía, tenemos un serio problema con las fuerzas del orden, como hemos visto en Linares, Altsasu, Madrid, Santiago, Bilbao o este último sábado en Valencia dónde los fascistas son protegidos por la policía y los demócratas identificados y acorralados y a los que se les prohíbe el derecho de manifestación.

España tiene un problema aún más grave, si cabe, con una judicatura que ni imparte justicia, ni mucho menos es independiente.

Quizá querido lector, creas que esto son exageraciones de un trasnochado. Lo mismo pensaban alguno de mis compañeros, cuando yo militaba en Podemos, en el momento que alguien comentaba lo que sucedía en Euskadi o Catalunya y advertían de estos hechos. Hoy, dos de ellos han sido sentenciados sin pruebas y con parcialidad. Ahora, los coros y danzas claman contra una injusticia en toda regla.

Nos hace falta empatía y capacidad para ponernos en el lugar de los demás.

Salud, república, feminismo, ecología y más escuelas públicas y laicas.

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2 Comentarios

  1. «Los miserables» es, con mucho, el mejor libro de mi vida. Nada igual al texto que le iba surgiendo por libre albedrío porque la sociedad francesa del primer Novecento era cruel como la vida misma. No obstante, Victor Hugo no me gusta un pelo como persona; nada. Además era hijo del general Hugo del ejército imperial de Napoleón y enemigo número uno del «empecinado».
    Y qué quiero decir? Lo muismo que su hijo: Que las autoridades, lleven o no uniforme son siempre los miserables.

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