Cuando un medio de comunicación se subordina a una causa ideológica, lo importante deja de ser la información de algo concreto y contrastable, sino que se trata de establecer una “narración”. En el caso del triunvirato capitalino (ABC, La Razón, El Mundo), la causa ideológica es el nacionalismo español, tal como éste se entiende desde un modo influenciado por el franquismo (que procede de otros contextos históricos, no nace de la nada). Es un nacionalismo muy ligado al uso del Estado como modo extractivo de unas élites económicas, y, por ello, este modo no solo es propio de la derecha, también existe en muchos sectores del PSOE.

Supongo que estos años han leído u oído hablar bastante que las partes, referente al conflicto con Cataluña, intentan imponer su relato. Pues bien, uno piensa que el concepto de “narración” es enemigo de la información. La narración mantiene un hilo al cual las informaciones que son afectivas se adhieren, y, las que no, caen, se volatilizan o pasan desapercibidas. Un ejemplo:

El caso de la Junta Electoral Central, hace ya unos meses, desposeyendo a Clara Ponsatí de su posibilidad de ser eurodiputada y declarando su plaza vacante. Así lo hacen y, uno o dos días después, el Parlamento Europeo la confirma como diputada, pues la decisión anterior del Tribunal Europeo (la llamada doctrina Junqueras) fue muy clara. Es evidente que la Junta Electoral desobedece a una instancia superior, a sabiendas y debidamente informada de que su decisión no se atiene a derecho. Es decir, pura prevaricación si se entiende como dictar sentencias a sabiendas que son una resolución injusta, no adscrita a la ley (que, al respecto, la europea es superior). Tal noticia no puede sostenerse, de una manera afectiva, adherida al hilo narrativo de los medios nacionalistas españoles, y cae y desaparece. El hecho informativo deja de ser tal, porque, en el fondo, no hay una intención informativa: no se pretende informar al ciudadano de los hechos (y que este se forje su opinión) sino de mantener a toda costa la coherencia del hilo narrativo. Lo que cuenta es sostener la afectividad hacia la ideología propia. Es una senda sin retorno: todo acaba siendo encauzado en la propia senda o deja de existir (aunque solamente para los afines, y esto hay que resaltarlo, pero no para el “otro” que se informa por otros medios, acentuando el distanciamiento social). La consecuencia, a medio plazo, es algo próximo a la “literatura” fascista: solamente hay una realidad, una verdad, y es la que encaja en la propia senda. Así, este hilo narrativo acaba sucumbiendo a la exclusión de lo otro, del otro, que solamente aparece para ser vilipendiado o denigrado (y si es posible mediante cierta burla, mejor).

Durante el juicio del “procés”, la postura de la fiscalía de nombrar repetidamente a Puigdemont como “el prófugo”, es exactamente lo mismo: mantenerse en la senda del hilo narrativo. La fiscalía sabía bien que Puigdemont, técnicamente, no es un prófugo, pues fijó su residencia en Bélgica antes de ser requerido por la justicia, y se ha puesto siempre a disposición del juez que le toca. Pero este hilo narrativo, marcado por políticos y medios nacionalistas españoles, no puede saltarse. A día de hoy, se le continúa llamando prófugo o golpista, incluso unas semanas antes de la pandemia, en el Congreso, se lo denominó así, pues la cuestión es mantener en las mentes de la audiencia una narración de tal manera que los hechos que puedan contradecirla no tengan cabida. Esto permite que, si Puigdemont viniera a España, se le detuviera infringiendo la inmunidad parlamentaria europea: la narración acaba estando por encima de la ley.

Todos estos mensajes, tan contundentes pero cargados de segundas lecturas, de la prensa nacionalista española sobre los independentistas catalanes, tienen cierta intención vírica. No sé si muchos de estos mensajes pueden calificarse de incitación al odio, pero sí conllevan mucho desprecio. Y el desprecio, está intrínsecamente ligado al odio. Al decir “intención vírica” no me refiero exactamente a que intenten infectar a su lector con este desprecio, pues el lector, individualmente, no es el destinatario del mensaje. Al ser el destinatario la narración misma y el afecto hacia la ideología, la intención es crear un clima, un caldo de cultivo, donde ese desprecio pueda desenvolverse con facilidad. La intención de la narración es crear un espacio donde el odio o el rechazo no necesiten justificarse, pensarse. Y el sujeto afín ya se adherirá por voluntad propia.

Richard Dawkins concibió el concepto de los “memes”. Un “meme” es una idea, moda, consigna, etcétera, que se comporta como un gen en el acervo cultural. Es decir, replicándose para sobrevivir en una batalla evolucionista. Siguiendo este planteamiento, el hilo narrativo, narración o marco ideológico al que hacía referencia en el anterior artículo, lo que trata es de imponer un acervo cultural donde los “memes” afines tengan todas las facilidades para replicarse e imponerse. Siendo el sistema democrático (o, más bien, los procedimientos democráticos) aquél que ha ido sustituyendo el sistema monárquico / religioso y totalitario, se pretende que esta narración o acervo ideológico se consolide sobreponiéndose o integrándose en cualquier diversidad cultural. En los países donde la imposición ideológica es poco posible (aunque en España, la fiscalía ha llegado a hablar de “reeducar” a los presos políticos), las clases dominantes se sirven de las emociones más básicas para ir consolidando este acervo ideológico. La emoción más básica y perdurable, la que tiene más anclajes psicológicos, es, naturalmente, el miedo. Así, las posibilidades de los nuevos totalitarismos no necesitan tanto del uso de la fuerza (al menos, en sus países democráticos, otra cosa es allende las fronteras) como del control de los medios y redes sociales. Las características culturales de cada medio ya se encargarán de que esos “memes” se adapten y se repliquen de la manera más efectiva. Lo importante no es el mensaje en sí, y por ello es indiferente que sea verdadero o falso, incluso que el destinatario sepa que es falso; de aquí el auge de las “Fake News” (tratado en un artículo anterior). Lo relevante, es la creación y consolidación del acervo ideológico. Insistencia, manipulación y tiempo, e ir esperando que, en el caldo de cultivo generado, germine su ideología. Las posibilidades de esta metodología son amplias, y difíciles de detectar pues son lentas en una sociedad rápida.

Para realizar lo anterior, los medios nacionalistas crean una rutina emocional para, así, asentarla como una emoción de fondo: la gota malaya de “Puigdemont prófugo cobarde” o de Pablo Iglesias como “el coletas chavista bolivariano”. Asentada la emoción de fondo, se establece una especie de redil emocional que criba todo tipo de informaciones prescindiendo de su veracidad.

No se puede hacer todo ello sin unos medios subsidiarios a la ideología de base. Son necesarios para mantener la afectividad a su visión mediante la negatividad, es decir, la desafección del otro, aquél que tiene una visión discordante e inaceptable. Por ello se debe encontrar normal la posición de la fiscalía, contraria, en su momento, al permiso penitenciario de Jordi Cuixart (y de los otros presos políticos), y la rápida adhesión de PP, VOX y Ciudadanos: porque Cuixart se mantiene sin negar su ideología política, y por ello fue condenado y contra esta ideología están luchando.

En España la sociedad vive, en cierto modo, de espaldas a la sociedad catalana (al menos, a la que no se siente española). El interés tan solo aparece cuando afecta, de una manera u otra, a la sociedad española (como el “procés”). En el fondo, este interés no es “hacia” lo catalán, sino a cómo lo catalán afecta “hacia” lo español. Y suelen tratarse de afectaciones valoradas negativamente. Tal desinterés no lo digo en un sentido crítico o peyorativo, sino que los medios reflejan dos sociedades distintas.

Hay un aspecto de estas dos sociedades distintas que se aprecia en los medios. En Cataluña, a diario, conviven personas que se sienten, a nivel de pertenencia colectiva o de identidad, diferentes. Esta diversidad cotidiana se prolonga a los hogares y su relación con los medios: uno puede mirar TV3, pero también cualquiera de tantos canales españoles; uno puede escuchar Rac1 o Catalunya Radio, pero también tantas emisoras españolas; y lo mismo para la prensa. Y no menos relevante es que en un bar o en el trabajo, las personas que lo circundan a uno (la sociedad) también son partícipes de esta diversidad. En España, la diversidad, que naturalmente existe, no lo es tanto referente al sentimiento de pertenencia, a las perspectivas continuas y diarias que se tienen sobre tal identidad. Yendo al extremo, podríamos decir que, en Cataluña, el “otros” es parte de un “nosotros” inmerso dentro de la misma sociedad catalana; en España, ese “otros” es el “ellos”, algo ajeno.

En el mundo cultural, sucede lo mismo: en Cataluña se leen autores catalanes (en lengua catalana o castellana) y españoles, se escuchan grupos de música catalanes (tanto en lengua catalana como castellana) como españoles. En España, raramente se presta atención o hay interés, salvo dentro del mismo mundo de la cultura, por todo aquello realizado en catalán. La relación, a nivel general, no es bidireccional. La sociedad española vive diariamente de espaldas a la realidad catalana y, cuando esta asoma reivindicándose, los medios nacionalistas rápidamente se encargan de que se perciba como una agresión.

Las encuestas demuestran que el interés y preocupación por lo que sucede en Cataluña, es muy relativo, y solamente es relevante cuando puede afectar a la sociedad española. No obstante, en los medios capitalinos, lo catalán se usa como un comodín. Entonces, ¿los medios capitalinos pretenden aumentar la preocupación por alguna razón? Si fuera así, deberíamos preguntarnos si la pretensión es ocultar otras inquietudes de las personas, si se pretende expulsar otras pretensiones del contexto y diálogo político. La información, para ser efectiva en la toma de decisiones del individuo, requiere el contraste de su veracidad en el tiempo. Cuando se convierte en simples datos que se superponen unos a otros sin contrastar su veracidad, cuando la espectacularidad del titular deviene algo suficiente, cuando todo parece que sean hechos aislados e independientes entre sí, la sociedad cae en este profundo autoengaño actual: no es que simplemente esté profundamente desinformada, sino que se cree todo lo contrario. Y no hay nada más manipulable que una sociedad que, creyéndose informada, no lo está.

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1 Comentario

  1. La democracia catalana no es válida para el conjunto de España, no se acepta. Sólo se acepta la de los partidos de ámbito estatal

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