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Los jóvenes desesperados van entrando en la morgue

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El acento social lo ponía Luis Garicano con su artículo No es país para jóvenes este viernes pasado en el diario El País. Se hacía eco del reciente informe del Banco de España realmente demoledor: “(…) El informe dice que el porcentaje de menores de 30 años sin ingresos ha pasado del 30% antes de la covid al 35% en diciembre de 2020. Esto coincide con la encuesta 40dB publicada en El País que señalaba que dos de cada tres jóvenes de entre 24 y 39 años afirman haber visto reducidos sus ingresos durante la pandemia; es la franja de edad con mayor impacto. La caída es inversamente proporcional a la mortalidad a causa de la pandemia; dicho de otra manera, los que están pagando la factura del distanciamiento social son quienes menos la necesitan”.

       Garicano, jefe de la delegación de Ciudadanos en el Parlamento Europeo y vicepresidente de Renew Europe, no hablaba desde Bruselas: “España es el país de la Unión Europea con mayor desempleo juvenil, un 40%; casi la mitad de los menores de 25 años que quieren trabajar no encuentran empleo. El porcentaje ha crecido durante la pandemia y, previsiblemente, seguirá aumentando, porque nuestro mercado laboral hace que los jóvenes accedan con contratos temporales y precarios. Por tanto, cuando viene una crisis son los primeros en ser despedidos. Por otro lado, los que han acabado de estudiar este año o los que estaban con un contrato de prácticas han visto cómo se les cerraba cualquier oportunidad de encontrar un trabajo”. Cojonudo.

       El estacazo social viene aquí: “La media de edad por coronavirus en España supera los 80 años. Por tanto, el necesario esfuerzo que estamos haciendo para detener el avance de la pandemia beneficia particularmente al grupo más vulnerable, los mayores”. Abajo una ilustración de Peridis donde dos ángeles charlan desde una nuble: “A: Ahora ni somos menas ni somos ninis… somos futurinis sin fronteras. B: Un carajal”. Reivindica Garicano un pacto intergeneracional, y más desde cuando el mismo fondo de recuperación que pone en marcha Europa lleva por título Next Generation UE. Pura ironía del destino: “Estos jóvenes tendrán que pagar la deuda que hoy estamos generando. Lo lógico es que invirtamos en su futuro”. ¿La víctima es quien paga?

       Mucho antes, hace un año, Anne Case (catedrática emérita de Economía y Asuntos Públicos de la Universidad de Princeton) y Angus Deaton (Premio Nobel de Economía 2015) publicaban en español: Muertes por desesperación y el futuro del capitalismo (Deusto). El ensayo, finísimo, partía de un asombro: los reputados autores descubrían que, tras décadas de mejora, en los últimos años las tasas de mortalidad de los blancos estadounidenses de mediana edad había dejado de caer y, de hecho, estaban aumentando por un gran aumento de las sobredosis de droga, los suicidios y las enfermedades vinculadas al alcohol. Case y Deaton acuñaron el marbete (“muertes por desesperación”) para designar tales desenlaces cuyas causas son socioeconómicas y que revelan cómo el capitalismo ha dejado de funcionar para una parte importante de la clase trabajadora estadounidense. Por vez primera, desde la Primera Guerra Mundial, la esperanza de vida en Estados Unidos disminuía durante tres años seguidos.

       La desesperación juvenil culebrea, muerde y mata. Los opioides para mantener a raya el dolor empiezan en los más jóvenes y al llegar a una clase trabajadora mediana dan la puntilla final con el deceso. El globo del sueño americano eterno: desinfla o pincha. Ciertas élites universitarias (profesionales) prosperan y alcanzan cotas de riqueza sin precedentes pero la mayor parte de la población es testigo de cómo el capitalismo los echa de su amparo y así su vida termina antes. Demoledor. Terrible.

       Escribe el Nobel Angus Deaton: “La gente se suicida cuando parece que ya no vale la pena vivir, cuando parece mejor morir que seguir viviendo. La sensación de desesperación puede haber estado presente mucho tiempo, como en el caso de alguien que sufre una enfermedad terminal o una depresión persistente, o puede haber surgido de repente, como resultado de una repentina sensación de depresión cuando “el equilibrio de la mente se ve perturbado”, por utilizar la expresión forense británica. La mayoría de los suicidios implican depresión u otras enfermedades mentales. En 2017, en Estados Unidos cuarenta y seis mil personas murieron por suicidio”. Los economistas, sí, proponen una teoría racional del suicidio que también Deaton explica: la gente se quita la vida para “maximizar la utilidad”. Morir hoy es algo malo pero menos malo que el sufrimiento y el dolor que restan por delante. Hoy: un día guay para palmar.

       Estamos de lleno, según psicólogos y psicoterapeutas, en la Generación Zigzag. Antes el avance fue rectilíneo: uno estudiaba, se casaba, tenía hijos e iba ascendiendo en su curro. Los jóvenes hoy dan un par de pasos hacia delante, y cinco atrás, sin línea recta, donde el zigzag es otra máquina de triturar carne fresca, como el capitalismo que todo lo destroza. La morgue no es tanto la muerte como el abandono de uno mismo: la máquina empieza a funcionar a base de depresivos, antipsicóticos, pastillitas para el sueño y demás salvavidas. Deaton lo repitió mucho en aquel librito playero: “El desempleo, y tal vez el miedo a perder el trabajo, es un predictor del suicidio. El abandono de la fuerza laboral también supone un riesgo”. Además, el sistema de salud americano (el más caro del mundo) no solo permite el descenso de la esperanza de vida sino que contribuye a su empuje. Las muertes por heroína siguen aumentando, pero pronto por aquellos lares fueron sustituidas por las de fentanilo: el segundo es más efectivo en cantidades más pequeñas y puede aunarse con cocaína (“speedballs”), metafentamina (“goofballs”) y heroína. Fentanilo y heroína, por supuesto, ilegales.

       Los gurús de la Renta Básica, sí, dijeron a nuestros  jóvenes: “Esto es muy fácil, no hay ni habrá trabajo para todos, aquí no tiene por qué morir nadie, y así repartiremos una paguita para ser todos felices”. Los más listos les contestaron en román paladino: “Igual empieza a haber hueco si la Generación Tapón (octogenarios laborales) se larga a su casita de una vez o a Benidorm con las suecas”. España precisa un pacto intergeneracional, en la secuencia misma de Garicano, para ser fuertes en Europa y aquí. De no haberlo, ya sabemos lo que sucederá: éxodo, desbandada, huida, fuga sin fin (lo llaman: “votar con los pies”). Jóvenes a los que formamos y trabajan para otros. Ningún borrador sobre tal pacto será trabajo perdido. La peor morgue es quedarse quieto. La única diferencia entre la Gran Recesión y la Gran Depresión fueron sus suicidas.

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