jueves, 21octubre, 2021
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Los inviernos de Tontxu

Alberto Segundo Esteban
Licenciado en Ciencias de la Información. Diploma en Publicidad y Marketing. Su experiencia profesional inicia muy pronto en 1988 como locutor de 40 Principales Jerez de la Frontera y más tarde en Canal Sur Radio Cádiz. A estas emisoras se sumarán varias más durante su paso por la Universidad. Da sus primeros pasos en la televisión en 1997 como presentador de los informativos de Onda Jerez Tv, cuyo trabajo recibe el premio al Mejor Espacio informativo local del año en 1998. Más adelante ha formado parte como redactor, reportero, guionista, redactor jefe o coordinador de producción para programas de televisión de todo tipo de contenidos en España (Tve, Telecinco, Antena 3, laSexta, Eitb) e Italia (Rai Uno, Rai Due y La7). Actualmente produce espacios políticos para la televisión italiana La7 (Roma). Escribe habitualmente en su blog literario Elbestiariohumano.wordpress.com Habla español, italiano, inglés, y tiene buenas nociones de francés, euskera y catalán. La experiencia en Italia es fundamental en su carrera: A parte su experiencia en canales italianos ha sido profesor de Lengua Española en colegios públicos de Roma y alrededores. También ha sido el adaptador a la lengua española de las letras de los cantantes italianos Al Bano Carrisi y Biagio Antonacci. Es soltero y padre de un hijo de diez años que vive también en Roma.
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Nadie había sabido jamás que había sido de Tontxu. Un día desapareció sin más. Sin dejar mensajes, ni trazas, ni pistas ni cadáver. Sólo una casa vieja cerrada a cal y canto, llena de interrogantes entre las enredaderas. Hubo quien dijo que estaba en prisión porque era etarra.

Otros dijeron que se había marchado a África tras aquella chica saharaui de la que estuvo enamorado.

Otros dijeron que lo habían matado y que andaría comido a picotazos por gaviotas mutantes en alguna orilla del río Oria.

Otros no sabían qué decir y otros no querían decir nada, porque nada les importaba de Tontxu.

Así pasaron dos inviernos. Y el tiempo, bastardo y despiadado, fue sepultando su recuerdo hasta que lo redujo a unas pocas fotos clavadas en el corcho del bar de siempre. Pedazos impresos de noches de risas, barbas, birras, piercings y abrazos, que poco a poco se convirtieron simplemente en parte del mobiliario del garito.
Nadie supo qué fue de aquel greñudo de mirada dura y corazón tierno.

Y ella, que siempre le quiso, era la única que acudía a diario a la barra del bar y, entre trago y trago, miraba sus fotos. Miraba sus ojos vagantes, su barba dejada y su risa descolorida. Y por unos minutos, se sentía a su lado, y así alimentaba su ilusa esperanza de verle de nuevo.

Pero ella se había casado. Cuando dejó de llorar por Tontxu. Lágrimas sordas que empaparon sus madrugadas de aguaceros y porros en su balcón enmudecido.

Hasta que una de esas noches, de excesos terapéuticos de zuritos y barra, se envolvió en las sábanas de un guitarrista del pueblo. Sin saber por qué, o lo que es peor, siendo muy consciente, se encontró preparando una boda a modo de autoflagelación. Como si tuviera que purgar alguna culpa por la desaparición de Tontxu. Un atroz castigo que creía merecerse.  Y se casó.

Pero una mañana, sin saber por qué, se plantó en casa de Tontxu, en ese monte empapado de agua y recuerdos.
Era un viejo caserío con ojos de ventanas selladas y boca de puerta callada. Una casa abandonada y vacía. Como ella.

No sabía por qué estaba allí. Simplemente estaba. Y aunque sabía que era absurdo llamó a la puerta. Golpeó con fuerza la madera mojada. No esperaba respuesta. Y de hecho no la obtuvo. Su mano se empeñó en seguir aporreando la puerta.

Silencio.

Intentó girar el vetusto picaporte y éste se negó en rotundo. Dio una vuelta a la casona y encontró una ventana que regalaba una rendija donde entrever unos jirones de salón. Una butaca, un poco de mesa polvorienta y apenas un trozo de melancólica chimenea.

Pegó su rostro a los cristales y de repente la ventana cedió y se abrió con un quejido inesperado. El salón se desnudó entonces por completo y le mostró sus secretos y sus dos años de soledad.

Ella entró por la ventana. Se quedó de pie, temblorosa, con sus manos cubriendo su boca agitada. Escuadriñó con la mirada los rincones del templo de Tontxu. Sus libros apilados como patas de una araña gigante. Sus mudos vinilos otrora banda sonora de sus noches eternas.

Silencio.

Ella se sentó delicadamente en la butaca de Tontxu. Esa que había sido un apéndice de su cuerpo. Una prolongación de su espalda cansada de noches filosóficas y vino tinto.
Apoyó las manos en los posabrazos como si de esa manera pudiera volver a tocar las suyas. Y cerró los ojos.,.

– Así que te casaste…

Ella abrió los ojos aterrorizados y saltó en el sillón como un resorte. Delante suya, de pie, se encontraba un hombre con pelo largo, barba dejada y piercing.

– No te pega ese tío ni pa Dios – continuó el.           barbudo.

– Tontxu… – acertó a articular ella.

– Sé que no le quieres.

– ¿Eres tú? – preguntó ella temblando.

– Si no le quieres…¿pa qué hostias te casas?

Ella se tapó los ojos con sus manos histéricas. Volvió a mirar al barbudo.

– Mira que te dije mil veces que escaparas de este puto pueblo. Habrías tenido otra vida. Tú vales mucho para quedarte en este boquete.
– ¿Dónde has estado? Me has hecho sufrir mucho… Creía que habías muerto. No te costaba nada decir que estabas bien y…

– Hay veces en la vida – le interrumpió él- que hay que tomar una decisión radical. O todo o nada. Para no seguir viviendo una vida de zombi. Eso somos. Eso quieren que seamos. Unos putos zombis que paguen impuestos, que ganen cuatro duros y que se emborrachen en la tasca de siempre dando por bueno un domingo con unos tragos y un gol en el descuento. Pero tú valías más que para eso.

– Yo sólo quería estar contigo…
– Tenías que haberte marchado… Lejos, lo más lejos posible. Y no casarte con un gilipollas, mal guitarrista por cierto…

-¿Sabes cuánto he llorado por ti? inquirió ella entre lágrimas.

-Aún estás a tiempo… Huye de aquí… antes de sea demasiado tarde y tires tu vida tú también.

 

Ella cerró los ojos empapados en lágrimas amargas. Cuando los abrió, él había desaparecido de nuevo.

 

Horas más tarde la Ertzaintza invadió la casa de Tontxu. Encontraron su cuerpo marchito flotando en el sótano, en un baile macabro que había durado dos años.
Pocos días después, ella, con una mochila repleta de hastío y coraje, se subió sola a aquel tren. Nunca volvió a ver a aquel guitarrista.

Nunca más volvió a hablar de Tontxu.

Y nunca más volvió.

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