Solo los paranoicos sobreviven, dice la rubia de piernas largas que está viendo la carrera conmigo en el bar Ring.

Una vez y otra vez y otra… Lewis Hamilton se ha quejado, lloriqueando, ha demostrado su fragilidad, a través de la radio con la que se comunica con su ingeniero.

Solo los paranoicos sobreviven, repite la rubia. Y debe tener razón porque al final Hamilton gana la carrera a pesar de que tenía detrás nada menos que a Max Verstappen, aunque el Max Verstappen actual no es el niñato fogoso y descontrolado que era hasta hace muy poco.

Pero no sólo son las comunicaciones por radio, su obsesión paranoica con que las ruedas no iban a aguantar hasta el final de la carrera. También el salto que realizó el sábado tras conseguir la pole position fue algo alucinante. Alucinante en todos los sentidos, el resultado fue brutal y el mundo entero se quedó ojiabierto, pero el salto tenía su peligro y se podría haber lesionado para el Gran Premio del día siguiente.

Y aún hubo más cuándo se tiró a la piscina, vestido como manda la tradición, y se encontró con que el agua de la piscina se utilizaba para apagar incendios y estaba llena de productos peligrosos.

Solo los paranoicos sobreviven.

Hamilton salió a toda velocidad del agua y se fue a duchar,  pasando de la prensa. Un regalo poder pasar de la prensa, esa es la verdad.

Y también fue extraño que abandonase el podium para ir a regar con champagne a Toto Wolff y sus compañeros en el equipo Mercedes.

Quizá sucedía que la ausencia de Niki Lauda le afectó más de lo que cualquiera pueda pensar. O quizá es que necesita volverse un poco loco para poder seguir manteniendo la tensión y esforzándose en ganar su sexto campeonato mundial. Quizá quizá.

Tigre tigre.

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