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“Los hijos del ‘babyboom’ no hemos sabido matar a nuestros padres, y eso se nota en nuestros comportamientos”

Daniel Ruiz hace gala de su “mala leche” literaria en ‘Amigos para siempre’ para presentar un fresco social sin concesiones de los hijos del ‘babyboom’ llegados a la cincuentena y carentes de brújula existencial

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Daniel Ruiz (Sevilla, 1976) tiene la habilidad innata y escasamente frecuente entre los colegas de entrar con cada una de sus novelas en una especie de jardín con flores y dejarlo todo patas arriba y sin un pétalo en su sitio. A eso se llama diseccionar con espíritu de cirujano el cuerpo a tratar, ya sea el mundo implacable de los altos ejecutivos empresariales (Todo está bien, 2015) o el cuestionable coaching en tiempos de crisis económica en La gran ola (2016). En Amigos para siempre (Tusquets) se tumban en la mesa del quirófano de este escritor visceral, un punto gamberro y torrencial en su estilo narrativo esa generación acomodada que nació con el babyboom de los sesenta y setenta que ahora llega a la cincuentena y tiene a toda costa que celebrarlo por todo alto, desbarrando con excesos porque si no no es una celebración. Daniel Ruiz nos pone ante el espejo, y lo que vemos nos saca primero una sonrisa cómplice, pero al instante se tuerce en un mohín de desagrado y reprobación. Porque nada es lo que parece ni de lejos, bajo el desconchado siempre hay humedades. 

¿Algo que celebrar a los 50?

Supongo que la llegada al ecuador de la vida. Asumir que hemos alcanzado la cima, por lo menos la biológica, y que ahora lo que toca es comenzar a descender. Por aquí por el sur lo llamamos “darle la vuelta al jamón”. También lo llaman la madurez, aunque no estoy muy convencido de ello. 

¿Por qué ese pertinaz empeño que nos pone ante el espejo de nuestras propias miserias?

Tu pregunta me lleva a otra pregunta: ¿Por qué escribir? En mi caso, a estas alturas, escribir se ha convertido en una forma de contestar al mundo, de despotricar, de rebelarme. No le veo ningún sentido a escribir para contar historias bonitas, con una prosa florida, para gustarte a ti mismo. Escribir implica un posicionamiento, es un acto político. Escribo para plantearme cosas. Y normalmente, claro, son cosas feas.

Más que una celebración loca en toda regla a modo de El guateque de Blake Edwards, su nueva novela parece un exhaustivo trabajo notarial que levanta acta de la decrepitud humana. ¿Tomó esa directriz su novela sin pretenderlo o tenía muy claro que no dejaría títere con cabeza desde que empezó a escribirla?

Tenía desde hace tiempo la intención de radiografiar a la gente de mi generación, los babyboomers, la generación X, los que nacimos en el rescoldo de la sociedad del bienestar heredada de nuestros padres y que nos hemos dejado embaucar por los cantos de sirena del neoliberalismo, entregando a los que vienen detrás de nosotros un mundo mucho más feo, frío e inhóspito. También tenía intención, como reto, desde hace tiempo, contar una historia polifónica pero con un único escenario, y muy comprimido en el tiempo, con una vocación clara de teatralidad. Aquí he intentado todo lo posible diluirme en la voz de mis personajes, que no se notara que había un narrador, un poco a la manera flaubertiana. Aunque mi mirada está muy presente. Mi mirada es la mala leche.

Escribir implica un posicionamiento, es un acto político”

Amigos para siempre va transcurriendo poco a poco con la percepción de que algo se va a torcer en el momento más inesperado, como ese perro que se cruza en el camino del coche de uno de los protagonistas. ¿He aquí la verdadera paradoja de esta edad traumática de los 50?

En un momento dado, la novela toma prestados elementos propios de la ficción del suspense y del thriller: Allan Poe, Highsmith, Dafne Du Maurier, Stephen King… En todo momento, intuimos que va a pasar algo, y que no va a ser bueno. Es un ardid para conseguir que el lector me acompañe ávidamente durante la trama, que no sea capaz de soltar el libro. En cuanto a si eso refleja en algún sentido la crisis de los 50, bueno, sólo puedo decir que a la edad madura uno tiende a pensar que ya lo ha visto todo, pero no es para nada verdad. De un minuto a otro, nos puede cambiar la vida. Eso es igual a los 20 y a los 80.

Su prosa es experta en destripar los intríngulis de las distintas clases sociales con sagacidad, denuedo y mucha mala leche. ¿Qué ha podido extraer a grandes rasgos de esta clase media y media alta acomodada que hoy llega a los 50?

Que somos (y yo me incluyo) una generación muy cobarde. Sobrealimentada por las estupendas condiciones socioeconómicas en las que crecimos, estrenando la educación pública, la sanidad pública y todas las bondades de la sociedad del bienestar que hemos dejado que nos roben sin ningún esfuerzo. Somos la generación que se amamantó del grunge, que era una versión descafeinada y pija del punk. Y que además observamos con miserable condescendencia a los que vienen detrás, esos milenials abúlicos y sin arraigo. ¿Cuánta de la culpa de que los jóvenes tengan que marcharse al extranjero a trabajar y desarrollar una vida es nuestra? Entretanto, hemos seguido aquí, mirándonos el ombligo, ocupando espacios de poder, perpetuando roles que heredamos de nuestros padres, sin darnos cuenta de que todo ha cambiado, y que somos la última generación satisfecha. No hemos sabido matar a nuestros padres, y eso se nota en nuestros comportamientos. Los que vienen detrás son mucho más valientes que nosotros. O al menos así prefiero pensarlo.

Qué duda cabe que su trayectoria narrativa viene marcada por un claro compromiso social. ¿Hasta qué punto debe ‘pringarse’ el escritor con la realidad circundante?

Siempre me produce resquemor la alusión a mi condición de escritor social. Y siempre la matizo del mismo modo: yo no tengo un programa político, no intento mover a nadie a pensar de otro modo. Mi planteamiento es puramente individualista y egoísta: escribo contra las cosas que me producen repugnancia por pura salud mental. Siempre es un exorcismo.

Llegados a esa etapa crítica en la vida que son los 50 años, esa amistad de toda la vida de la que aún se enorgullecen a pecho descubierto, aunque cada vez más hablando en pasado, parece que no es más que fuego fatuo sustentado en sustancias tan euforizantes como depresivas. ¿Qué queda realmente de todo aquello que fue la juventud?

Cuando un grupo de amigos -y es algo bastante común- sólo vive para recrear la nostalgia de tiempos pretéritos, es un poco como esas estrellas que aún dan luz pero llevan miles de años muertas. Son estancias en las que no entra el aire, y por tanto están viciadas. La amistad, como cualquier otro tipo de relación, necesita refundarse cada cierto tiempo, incorporar nuevas vivencias, más experiencias, elementos que la permitan evolucionar. De lo contrario, todo resulta resabiado y antipático.

“No le veo ningún sentido a escribir para contar historias bonitas, con una prosa florida, para gustarte a ti mismo”

¿Por qué nos empeñamos en mantener a toda costa el imposible sueño de la eterna juventud aunque nos juguemos la vida en ello?

Porque, especialmente en mi generación, creo que no hemos asumido realmente que ha pasado el tiempo. Mucha gente de mi edad sigue instalada en un adanismo bastante ridículo. Toda esa gente de cuarenta y de cincuenta que atiborra los gimnasios, o salen en grupo a hacer running, las mujeres maduras que están abonadas al bótox, los grupos de cincuentones que se visten con ropa de gente de veinte años y frecuenta los sitios de copas de esa edad… Todo eso denota un infantilismo que es propio de una generación como la nuestra, a la que nos han llevado siempre en volandas, proporcionándonoslo todo.

¿Es esta generación acomodada que retrata realmente estúpida y vacua o se engaña a sí misma aparentando que no lo es?

Es una generación que -eso también lo he visto en mucha gente de mi entorno- vive hacia fuera, como un escaparate, aparentando siempre, siendo patológicamente insincera. Una falta de autenticidad que resulta desoladora a poco que escarbes un poco y se sinceren. Y en muchos casos, a determinados niveles, una generación obsesionada con el poder y el dinero. Con amasar más y más.

Cumplí los 50 años hace unos meses en pleno semiconfinamiento y no lo celebré ni me lo celebraron ni quise que lo hicieran. ¿He hecho mal? ¿Me aconseja una noche loca?

Por supuesto que sí. Aunque piense bien a quién invita.

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