Hay artículos de periódico que uno va olvidando a medida que los va leyendo, o al menos eso creemos, sin embargo no caen del todo en el olvido. Van a parar a algún rincón de nuestra mollera y en algún momento, tarde o temprano, son recuperados por esa papelera de reciclaje que es la memoria. Otros escritos, después de leerlos nos siguen allá donde vamos como molestas moscas de la vendimia, esos bichos temibles que envalentonados por el calor y la borrachera de mosto se vuelven pesados como ellos solos y no nos dejan ni a sol ni a sombra.

Hace poco leí en Babelia un artículo de Antonio Muñoz Molina que reseñaba un libro de Christopher Leonard titulado “Dark Money”, dedicado a los hermanos Koch, dos empresarios multimillonarios, norteamericanos para más señas, que junto a otros multimillonarios paisanos suyos “llevaban financiando desde los primeros setenta el vuelco teórico y politico que llevó al desmantelamiento de las conquistas sociales, a las bajadas de impuestos masivas a favor de los ricos y a la eliminación de las regulaciones que desde la época del New Deal, limitaban la capacidad de especulación y manipulación de los grandes bancos y las agencias financieras de Wall Street”.

Una vez le preguntaron a Warren Buffet, uno de los tres o cuatro hombres más ricos del mundo, si creía en la guerra de clases y contestó “Claro que sí, y la hemos ganado nosotros”. A lo largo del pasado siglo los movimientos revolucionarios de clase, es decir la izquierda, ahora tan atacada y menospreciada desde muchos frentes, a fuerza de lucha sindical y activismo político, fueron construyendo lo que ahora conocemos como Estado del bienestar, esa mezcla de economía de mercado, sanidad y educación universales, pensiones decentes, condiciones salariales y laborales aceptables, igualdad ante la ley, gobernanza democrática y democracia participativa a todos los niveles.. etc. era una conquista inamovible, sólida y firme como una roca.

Pero no sabíamos y ahora sabemos o deberíamos saber que desde hace medio siglo, hay multimillonarios, entre ellos estos hermanos Koch con una fortuna de más de cien mil millones de dólares, que llevan financiando con centenares de millones de dólares cátedras universitarias, centros de estudios, campañas políticas y toda una formidable maquinaria dedicada a un único objetivo que es el descrédito y la anulación de la capacidad reguladora y redistributiva del Estado y de cualquier límite fiscal, social y medioambiental a la explotación de los recursos naturales. Los Koch, que tienen gigantescas refinerías, oleoductos y fábricas de todo tipo, han ganado la batalla sin mucha resistencia, de hecho ha sido un paseo triunfal conseguir su propósito de hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres.

Estos angelitos han gastado sumas enormes en financiar campañas a los candidatos que piden bajar los impuestos a los ricos, limitar los derechos sindicales y por supuesto, escapar a cualquier tipo de control de emisiones de gases de efecto invernadero y cualquier otro control para preservar el medio ambiente. Su lucha se ha centrado en socavar, minar el poder del Estado, “adelgazar el Estado” lo que decía y lleva diciendo desde hace muchos años la gran Esperanza Aguirre.

Adelgazar el Estado, debilitarlo, dejarlo como algo testimonial, un vestigio de otros tiempos, hacerlo torpe e inoperante para que los más fuertes, a los que no hace falta Estado alguno, hagan sus negocios con total libertad. “Libertad” una palabra que repiten como una letanía y a la que han cogido mucho cariño hasta el punto que uno de sus más activos órganos de propaganda se llama precisamente “Libertad digital”, fundado por otro grande: Federico Jiménez Losantos. Por eso urge más que nunca un Estado fuerte, con políticos que defiendan con todas sus fuerzas ese Estado del bienestar que está siendo desmantelado delante de nuestras narices, un Estado que cada vez controla menos a los poderosos que se hacen cada vez más y más ricos mientras la inmensa mayoría sufre la precariedad impuesta por estos nuevos señores del universo que se aprovechan de unos sindicatos venidos a menos, flacos a los que todo se vuelve pulgas, de trabajadores con el rabo permanentemente entre las piernas, que aceptan resignadamente, como si de una plaga bíblica se tratara, sus sueldos miserables y sus penosas condiciones laborales. Unos trabajadores atados de pies y manos que no pueden arriesgarse a una huelga, a una mínima protesta y se agarran a sus salarios de mierda repitiendo ese terrible mantra de “es lo que hay” o “es lo que toca”. El “ajo y agua” de toda la vida que ahora ha llegado para acompañarnos por mucho tiempo a menos que despertemos de nuestro letargo superando nuestro miedo a perder lo poco que nos queda y digamos eso de: hasta aquí hemos llegado.

El sueño de los temibles hermanos Koch, por suerte solo queda uno, y de sus acólitos, monaguillos y sacristanes de este capitalismo feroz, se ha convertido en nuestra pesadilla, una pesadilla cada vez más real, y que consiste, como ya hemos dicho, en acabar de una vez por todas con el Estado del bienestar, conseguir esa “libertad” de la que habla Aguirre y muchos otros de su cuerda, para hacer exactamente su santa voluntad por encima de leyes, normas, códigos éticos y demás mandangas. En los años ochenta, según “Dark Money”, los hermanos Koch estafaron a las tribus indias de cuyas reservas explotaban yacimientos de petróleo, declarando cantidades inferiores a las que extraían, arrojaban residuos tóxicos y aguas contaminadas a los bosques y ríos cercanos a su mayor refinería de petróleo, es decir, ganaban cantidades enormes de dinero sobre todo porque no gastaban nada en conservar el medio ambiente, un asunto del que ya se ocuparía, o no, el Estado, cuestión ésta que les traía totalmente sin cuidado. Según el catecismo de este nuevo liberalismo salvaje que nos asuela, la contaminación y el cambio climático son cosas que no les preocupan lo más mínimo.

Son, en todo caso, temas para estatalizar y socializar mientras los beneficios, los sagrados beneficios, son privatizados, acumulados y monopolizados por cada vez menos manos, las de estos nuevos conquistadores que han venido a llevarse todo y no se conforman con menos. Una vez más, no puedo resistirme a decirlo, convendría darles la misma medicina, quizás un remedio algo fuerte, que les daban los indios sudamericanos a algunos conquistadores españoles sedientos de oro y que consistía en darles a beber oro fundido para que así calmar su terrible y codiciosa sed de riquezas.

A esta cruda y seca ofensiva del capitalismo más salvaje y del individualismo a toda costa debería oponerse la izquierda como ha hecho siempre para equilibrar la balanza ahora totalmente inclinada en manos neoliberales. Pero por desgracia la izquierda anda más desunida que nunca, más tres por cuatro calles que nunca, más pendiente de cuestiones personales que del bien común, de ese Estado del bienestar, lo único que tenemos, lo único que dejar como herencia a las generaciones venideras y que nunca había estado tan en peligro como ahora. Pero no habrá reacción común de la izquierda que anda dividida, distanciada, atolondrada, cada uno de allá para acá sin rumbo, describiendo erráticas evoluciones como las moscas de la vendimia. Desunidos como suelen porque, como decía el abuelo de Jordi Evóle: “la izquierda solo está unida en la cárcel”.

Pido perdón a los hermanos Malasombra, aquellos entrañables pistoleros de nuestra infancia que salían en Los Chiripitifláuticos, por usar su buen nombre para designar a estos hermanos Koch, los verdaderos Malasombra, a los que nos enfrentamos en una crucial, decisiva y transcendental batalla por nuestro futuro, una batalla que, definitivamente, no podemos perder otra vez.

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