El autobús transfóbico de Hazte Oír.

No solo miles de votantes del PP están emigrando a Vox; al sector más conservador de la Iglesia y sus congregaciones más reaccionarias también les seduce el discurso ideológico duro del partido de Santiago Abascal. Las propuestas del partido verde encajan como un guante en el pensamiento de la alta jerarquía católica: no al aborto y a la eutanasia, defensa de la familia tradicional (con el consiguiente apoyo estatal a las familias numerosas y los incentivos a la natalidad) y lucha sin cuartel contra la ideología de género, el feminismo y las sexualidades no heterosexuales.

Así, el obispo de Córdoba, Demetrio Fernández, aseguró en una reciente carta pastoral que el “vuelco electoral en Andalucía producido el pasado 2 de diciembre en las elecciones autonómicas ha sido espectacular”. Y añade: “No se puede trocear España sin que eso tenga un precio político. No se puede pretender eliminar el derecho de los padres a elegir la educación que quieren para sus hijos, introduciendo leyes de ingeniería social que descomponen la persona y destrozan las conciencias. No se puede eliminar la vida inocente al inicio o al final de la vida, y esperar que encima los voten. Los andaluces son sensibles a todo esto, y han querido decir en las urnas cuál es el futuro que quieren para ellos y para sus hijos”. Es decir, no se podría condensar mejor en un solo párrafo el programa político del partido de Abascal. Las posiciones reaccionarias de monseñor Fernández no son un caso aislado en el seno de la Iglesia. Otros obispos como el de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig Plà; el de San Sebastián, José Ignacio Munilla; el arzobispo de Oviedo,  Jesús Sanz; o el arzobispo de Burgos, Fidel Herráez, también comparten estas ideas próximas al partido ultraderechista.

Pero el mayor trasvase de simpatizantes de procedencia religiosa a la formación de Abascal podría darse no ya en la Iglesia oficial (que a través de la Conferencia Episcopal ha alertado ante el auge de Vox) sino en los grupos ultraortodoxos como el Opus Dei, el movimiento Camino Neocatecomunal (los conocidos en España como “kikos”) y otras organizaciones más recientes como Hazte Oír, la asociación española de extrema derecha de corte ultracatólico fundada por Ignacio Arsuaga en febrero de 2001. Esta última llegó a fletar un autobús homofóbico en febrero de 2017 bajo el lema: “Lo dice la biología: los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. No al adoctrinamiento de género”. Además, la relación entre Arsuaga y Santiago Abascal es muy estrecha, de ahí que la colaboración entre ambos también lo sea. Ni que decir tiene que grandes empresarios y magnates de las finanzas españolas son adeptos a corrientes ultraortodoxas como el Opus Dei, de manera que no sería descabellado pensar que entre esos “donantes desinteresados” que dice tener Vox haya más de un hombre o mujer de dinero que decida “apostar” por el nuevo partido de la ultraderecha española.

En los próximos meses iremos conociendo nombres de candidatos de Vox a las próximas elecciones municipales que se celebrarán el 26 de mayo y que habrán salido sin duda de estas potentísimas canteras ultrarreligiosas. A nadie se le escapa que todo movimiento político, como es el fenómeno de Vox, necesita una base ideológica que lo inspire, y ese pilar fundamental se lo proporciona la religión, gran manantial del que brotan las ideas más involucionistas de la formación de Abascal. De hecho, algunos analistas especializados llegan a considerar que el movimiento social ultrarreligioso siempre es anterior al político y lo único que hace es prevalerse de un partido político como altavoz para propagar su ideario doctrinal. Baste un ejemplo: en Estados Unidos y países de Latinoamérica las sectas y escisiones de la religión católica han adquirido una influencia inmensa en los últimos tiempos, hasta tal punto que son capaces de llevar en volandas al poder a los candidatos que comulgan con sus ideas. En Brasil, la Iglesia Evangélica arrastra a millones de seguidores y se ha convertido en una de las claves principales de la victoria del ultraderechista Jair Bolsonaro en las pasadas elecciones generales.

Los Legionarios de Cristo, la congregación fundada en Ciudad de México en 1941 por el seminarista Marcial Maciel, es otro de los movimientos religiosos más pujantes y poderosos. Se implantó en España en los tiempos del franquismo, concretamente en Comillas, y en 1958 fundó su noviciado de Salamanca. Curiosamente, Macial falleció en Estados Unidos en medio un escándalo de drogas, acusaciones de abusos a menores y hasta una denuncia por paternidad de una joven española. Sin embargo, pese a todo ello, su legado ha perdurado y se ha extendido por las esferas del poder político-económico hasta límites insospechados. Los escándalos que persiguieron a Maciel no han servido para frenar el poder de la congregación en nuestro país, donde importantes personajes de la elite económica y empresarial profesan sus creencias, y tampoco en el resto del mundo, ya que en la actualidad dispone de más de mil sacerdotes y 700 seminaristas. Incluso se han permitido fundar la Universidad Francisco de Vitoria en Madrid y nueve colegios en toda España donde se separa a niños y niñas por sexos. Algunos de los dirigentes más conocidos del Partido Popular han simpatizado con esta corriente religiosa, según informan la Cadena Ser y José Martínez de Velasco, periodista madrileño autor del libro Los Legionarios de Cristo. El nuevo ejército del Papa. Indudablemente, los “legionarios” pueden ser una cantera de afiliados y donantes nada despreciable para Vox.

No solo las organizaciones religiosas de corte más reaccionario han comprado el discurso retrógrado del partido verde. Desde hace tiempo proliferan decenas de asociaciones laicas como Abogados Cristianos o Manos Limpias que prestan cobertura legal a este tipo de ideas, así como organizaciones que ensalzan el nacionalismo español (la Asociación para la Defensa de la Nación Española-Denaes) y la dictadura franquista (Fundación Francisco Franco), sin olvidar que poderosos medios de comunicación como la Cadena Cope o Intereconomía a diario hacen proselitismo de la nueva filosofía ultraconservadora imperante. Para rematar, investigadores como Álvaro Delgado apuntan a que El Yunque (la organización de origen mexicano ultracatólica, anticomunista, antisemita, antiliberal y con rasgos fascistas cuyo propósito es “defender la religión católica contra las fuerzas de Satanás”) podría estar inspirando una serie de movimientos similares en España.

Paradójicamente, en la era de internet y de la tecnología, el mundo está retrocediendo hasta planteamientos políticos anteriores a la Ilustración que se creían superados. La connivencia entre el poder político y el religioso en todo el planeta es cada vez más fuerte y recuerda mucho a aquellas monarquías absolutas y teocráticas de la Edad Media que se fundaban en el poder divino de un solo hombre apoyado por los clérigos como representantes de Dios en la Tierra. Vox ha sabido explotar esa veta de fascinación que cierta parte de la sociedad sigue sintiendo hacia el pasado imperial. Fundir el Estado con la religión, es decir, regresar al nacionalcatolicismo, puede parecer un planteamiento anacrónico, pero por lo visto esa corriente de pensamiento goza de cientos de miles de seguidores en toda España.

En nuestro país, la Iglesia siempre ha frenado todo intento de avance de la sociedad hacia logros progresistas. Lo hizo con la ley del divorcio, con la ley del aborto, con la eutanasia y con la ley de matrimonio homosexual. El lobby católico sigue ostentando un peso muy importante, no solo entre partidos conservadores como el PP ‒hasta hoy auténtica correa de transmisión de las pastorales de los obispos españoles‒, sino también en el PSOE, donde los líderes cristianos como José Bono han servido a menudo de emisarios vaticanistas. Hoy, con Vox en ascenso imparable, estas ideologías que retroceden más de cien años en la historia de la humanidad tienen vía libre para extender su influencia en todos los resortes del poder, abriendo una nueva era tan inquietante como oscura y extraña.

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