Los gatos

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La libertad era soltar la cartera, coger la bici y salir a tirar piedras. Trepar la reja de la casa abandonada, tocar Day Tripper con una raqueta de tenis, fumar cigarrillos robados a mi padre y ver revistas guarras.

La casa aún sigue en pie, todavía abandonada, poblada de los tataranietos –tal vez– de aquellos mismos gatos que entonces la habitaban.

En aquella casa, el verano del ochenta y siete, me besé por primera vez con Cecilia. Ella no sabía mucho de todo aquel misterio de los besos con lengua –yo tampoco–, por lo que prefería quedarse inmóvil, con los ojos bien abiertos y los labios apretados.

–No te hagas la muerta –le dije.

–Pues date por satisfecho, Federico, que te estoy dejando… y todavía te puedes llevar una buena ostia.

Luego la vida te echa las cartas, y ya es otra cosa. 
Me casé con Cecilia a los diecinueve. Fuimos felices, razonablemente. Acumulamos algunos recuerdos y demasiadas deudas. No tuvimos hijos –era culpa mía según los doctores– y nos conformamos con uno de aquellos gatos, que se murió de viejo a las pocas semanas. Tras el sepelio, cada cual tiró por su lado. Parece ser que Cecilia me dejó porque no me soportaba.

–No te soporto, Federico –fue lo último que dijo.

De todo aquello apenas me queda esta fotografía como álbum de familia. El álbum de familia de un hombre solo; un hombre que ya no puede soltar la cartera, ni coger la bici, ni salir a tirar piedras, pero que algunas noches, todavía, se imagina que aún acaricia el pelaje bastardo de aquellos gatos sin nombre.

El nuestro se llamaba Onofre. Dios lo tenga en su gloria.

 

 

 

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