Se suele decir que la vida tiene el sentido que uno le quiera dar, aunque esto es un poco dudoso. Por un lado, la voluntad propia es sospechosa de auto engañarse o sucumbir a las influencias externas; por otro lado, la vida, tal vez, no tenga un sentido como tal, sino que, simplemente, es: el sentido que uno le quiera dar se lo va dando al interior de la vida mientras esta transcurre, en el viviendo, para nada abstracto o absoluto. Es radical la diferencia entre contemplar la vida como algo absoluto y, por tanto, externo, necesitada de un sentido justificante y el observarla como, simplemente, la particularidad que une los seres vivientes. Es la diferencia entre la magnificencia y una simple característica definitoria de lo vivo. Lo grande y lo pequeño. En la primera visión (platónica, teísta, buscadora de ese absoluto) cada vida de un ser es algo anecdótico, prescindible en sí misma, evitable en un proyecto mayor que deviene el justificante de sentido. En la segunda visión, cada vida que vive, puesto que está viviendo, es una particular totalidad, un fin en sí mismo imprescindible y necesario: cada una de las vidas es un proyecto con la oportunidad de darse un sentido.

El ser humano se ha regido, y se rige, principalmente, según la primera concepción de la vida, aunque se comporte de maneras dispares. Incluso, a esta primera visión, le podríamos añadir cierto cientificismo que espera de la ciencia la gran respuesta que lo explique todo. Esta visión absolutista y, por tanto, autoritaria, es la que se impone a la segunda, pequeña y pluralista. A lo largo de la historia, esta visión absolutista, desde el poder (religioso, político), les ha dicho a los individuos que había un único código moral (fuera el que fuera en cada momento y cultura). El hecho que este código moral se cumpla o justifique más allá de la vida terrenal (“heredaréis los cielos”), es irrelevante… para la visión absolutista, pero no para el viviendo de los individuos ni el espacio que habitan (ecosistema).

Si lo entiendo bien, el terremoto de Maquiavelo es explicitar que no hay un código moral único. Que el poder (el Estado) tiene una moralidad propia que no tiene porqué ser compatible con la moralidad del individuo y de la sociedad. Que, negar lo anterior, es simple hipocresía o engaño. Hay una doble moral, y el Estado debe usar la suya propia.

Por ejemplo: los independentistas catalanes no tuvieron en cuenta lo anterior al tensar al límite su reivindicación. El Estado que tienen en frente es profundamente maquiavélico (como todos), y no en el sentido de justificar medidas extremas en momentos excepcionales (como a veces se interpreta) sino la separación total de la moral del Estado de la vida pública de los ciudadanos. Una separación de raíz y continuada <<sin que deba haber ninguna consideración de si se es justo o injusto, compasivo o cruel, (…) sino que, dejando a un lado los escrúpulos, salve al Estado>> (3er libro de Discursos, Maquiavelo). Podría haber elegido el caso GAL o tantos otros ejemplos. O poner un ejemplo de Francia, Reino Unido, Estados Unidos o Irán.

¿Alguien piensa que las decisiones del mundo financiero, de las cumbres de Estados, se rigen según la moralidad de los individuos, digamos las personas comunes de la calle? Los círculos de poder, las oligarquías y las élites, sabedoras de la transparencia incómoda que mostró Maquiavelo, le proponen absolutos a los pueblos para que puedan mantener esa visión: si cae la religión, se acentúa el nacionalismo; si el nacionalismo cuesta de justificar (porque es más conveniente el acuerdo comercial que la guerra continua) se propone el consumismo (que también es un absoluto, un fin en sí mismo: se consume por consumir para mantener el statu quo de las élites).

En un mundo regido por el mercado, las élites (cuatro de cada cinco euros generados como riqueza a nivel mundial terminan en manos del 1% más rico de la población global. Dato de Oxfam https://cdn2.hubspot.net/hubfs/426027/Oxfam-Website/OxfamWeb-Que- Hacemos/OxfamWeb-Derechos-Mujeres/Informe-tematico-2017-18-DESIGUALDAD- cerrando- brechas.pdf?__hstc=262172883.47925a690837ef0913c672da1fa06095.1575733395890.157 5733395890.1575733395890.1&__hssc=262172883.1.1575733395891&__hsfp=260264414 5&hsCtaTracking=5eefcebf-61d6-4616-bda5-a77d0468a7af%7Cfe35bdd9-4b6e-484c-af9f- 723f2554861c ) descubrieron que son más élites mediante la “concentración”: grandes empresas (Microsoft, Google, Inditex, Exxon, etcétera) que concentran el mercado en unos pocos. Y el mismo concepto de fusión se lleva a la política con el objetivo de favorecer ese mercado: la UE no es una unión política de ciudadanos, es una unión de poder mercantil y financiero. Creer que ese otro mundo de poder no tiene moral, es un error: sí que la tiene, y tanto, y es incompatible con los valores morales de la visión pluralista, basada en la dignidad de cada individuo en su viviendo.

Si lo anterior es cierto, las élites no lo pueden reconocer abiertamente. Deben ocultarlo de alguna manera. Allí donde la visión absolutista todavía se apoya, en gran parte, en la religión (países islámicos, USA) es más sencillo. En Europa, donde la visión religiosa es más débil (no digo inexistente), el punto de apoyo va basculando entre el nacionalismo y el consumismo. Resurgen estos nacionalismos por una razón: el consumismo, por ser insostenible de manera continua, sufre vaivenes, altibajos. Es en estos puntos bajos cuando debe tirarse del nacionalismo (emocional y absoluto) para contrarrestar la falta de crédito del consumismo o religión. En parte, y sólo en parte, eso es lo que llevó a la antigua CiU de los recortes sociales hacia el independentismo. También, en parte, es por ello que los partidos del establishment (PP, PSOE, C’s) cazaron al vuelo la reivindicación catalana para exacerbar el nacionalismo español.

El comunismo no me parece una solución por una razón: negando o contradiciendo su propia base ideológica, se aplica sobre Estados, los cierra y fortalece y se acaba cayendo en la misma visión absolutista, solo que con “otros procedimientos”.

¿Cuál sería la solución? ¿Parar el mundo, la historia, y reflexionar sobre ello? Pero precisamente la vida es un viviendo, algo que no se detiene. Bien, un servidor tiene su opinión al respecto, aun a sabiendas que es muy frágil y muy discutible. Por un lado, uno cree en los Estados pequeños y débiles ante los poderes municipales, o federales (dependiendo de cada Estado) y las asociaciones de ciudadanos. Uno, al contrario de lo que pueda parecer, cree que es más fácil manipular la población de un Estado grande que la de uno pequeño. Sé que parece un contrasentido, pero es más fácil que la pluralidad tenga más fuerza en los países pequeños. Pero esto es solamente válido si estos países se apoyan sobre dos pilares: la cultura y el plurilingüismo. La cultura, entendida no como la tradición, sino el arte, la literatura, que nos obliga a adentrarnos en las diferentes perspectivas de los otros individuos y nos pluraliza el pensamiento, nos arranca de esa necesidad de absolutos, y tal vez por ello los Estados maquiavélicos arrinconan la cultura. El plurilingüismo (¿saben, en el fondo, lo fácilmente que los niños pueden aprender tres lenguas o más?) entendido como la capacidad de pensar desde otras lenguas y culturas (ahora sí: tradiciones) pone, al menos, en duda los nacionalismos.

No obstante, nuestro sistema se rige por la economía. España está entre los países más desiguales de Europa, pero lo interesante es mirar qué países tienen menos desigualdad en el reparto de la riqueza: Austria, Bélgica, Eslovenia, Eslovaquia, Finlandia, Chequia y Dinamarca suelen ser los países más igualitarios (datos consultados en el Eurostat https://ec.europa.eu/eurostat/statistics- explained/images/d/db/Inequality_of_income_distribution%2C_2016_%28income_quintile _share_ratio%29_YB18.png y en la OCDE https://data.oecd.org/inequality/income- inequality.htm ), países que oscilan entre menos de 5 y 10 millones de habitantes (la media de todos ellos es de 7 millones). Un servidor desconoce si hay una relación, si el tamaño del país es un factor determinante en la distribución de riqueza (las repúblicas bálticas no lo cumplen).

Puede parecer que un Estado pequeño sea más proclive al parroquialismo, provincialismo o cierta cerrazón. No sé si creerlo, si antaño estaba justificado, pero opino que hoy en día, no. Una vuelta por el mundo nos permite apreciar que esa cerrazón mental no es inexistente en los estados grandes: valga recorrer un poco los USA, o Francia, o España misma. Y hoy en día tampoco es una relación respecto a la dicotomía rural / urbano, pues, al menos en Europa, la vida rural en la última década ha cambiado profundamente (o, al menos, tiene la oportunidad de cambiar profundamente). La globalización del mercado básicamente se ha limitado a unificar el consumo: si antes, cuando uno viajaba, los bienes de consumo diferían enormemente de un país o cultura a otro, hoy todo tiende a unificarse: por ejemplo, uno encuentra las mismas marcas de ropa repetidas una y otra vez por todas las ciudades. Esto, más que evitar el parroquialismo, lo que hace es evitar la diversidad instaurando un nuevo parroquialismo, más amplio y general, más vacuo y consumible, que también se extiende a muchas ideas políticas y “modos de vivir”: podríamos referirnos al exceso de grandes centros comerciales (sedes de esas grandes marcas globalizadas) y cómo afectan al

comportamiento social y al tejido económico de los pequeños comercios; también podríamos considerar la extensión del ocio audiovisual (series a montones, videojuegos…) o a la híper abundancia de canales o medios supuestamente informativos pero basados en un efímero espectáculo sin un atisbo de reflexión y, ya, con dudas sobre su veracidad (las “fake news”). Todo ello, como una manta que va cubriendo las particularidades de cada cultura, y no con capas de otras culturas, enriqueciéndose mutuamente, sino con simple consumismo. Esta globalización, que en un principio pareció una “apertura” (y que seguramente fue así para muchos) ha quedado en manos del mercado, que es quien rige nuestras vidas según el modelo que hemos adoptado. Y el mercado prefiere lo unificado, lo fácil, lo grande… porque es mucho más controlable.

A partir de cierto tamaño, los Estados pasan a ser Estados Imperio, adoptando un comportamiento que los aleja de los individuos y, finalmente, de la realidad, en aras de salvaguardar ese ideal imperial… que esconde básicamente intereses comerciales (podríamos hablar del conflicto de Cataluña con España, pero también de la invasión de Irak o de las intervenciones en países latinoamericanos). Lo “macro”, deshumaniza. ¿Preferiría usted vivir en una ciudad de 12 millones de habitantes o en una de un millón y medio? ¿Cuál cree que es más “humana” (entendiendo los derechos de los individuos)? Que la idea de democracia surja de las polis griegas y el humanismo renazca con los pequeños Estados renacentistas, ¿es casualidad? O que la mayoría de las grandes atrocidades humanas sean debidas a grandes imperios, ¿es también casualidad?

La extensión del Estado también aumenta la distancia entre los derechos de los individuos (vivientes) yéndose hacia los derechos de lo abstracto (el mercado, las empresas, las financieras) donde el individuo deviene una cifra insignificante. Regidos por un Sistema basado en cifras, lo característico del ser humano, aquello que nos hace humanos, pierde su relevancia. Y también, así, nuestra relación con la naturaleza y, por ende, ésta misma pasa a estar subordinada a las cifras: ¿qué Estados son los que hacen menos políticas para evitar el desastre climático? Los grandes. Y llevémoslo al extremo: ¿les agradaría un solo Estado que abarcase todo el planeta? ¿Creen que sería “más humano” y menos agresivo con la naturaleza, o todo lo contrario? El Estado, por definición, dispone de la capacidad de imponer su poder por la fuerza, la capacidad de recortar derechos individuales… en teoría en aras de la convivencia y mejora social. Pero esto no es así. Es como si los derechos de los individuos se fueran volando con los Papeles de Panamá (el uso de microestados para la elusión fiscal de grandes fortunas que se enriquecen con los grandes mercados, es una curiosa paradoja): la doble moral tributaria afecta de lleno lo que (no) pagan las grandes empresas ante el peso impositivo que sufren los ciudadanos que no son la élite.

No solamente la distancia física (entre lo pequeño y lo grande) deshumaniza, sino también la distancia temporal, que empequeñece los derechos de los individuos, que viven en el presente (un tiempo muy pequeño). Las monarquías, por ejemplo, son una aberración democrática que se sostiene gracias a esa distancia temporal, u otro ejemplo, esto causa

que un servidor sea profundamente anti-constitucionalista: ese vanagloriar un documento cerrado que “nos hemos dado entre todos”… ¿entre todos? Los vivos que la votaron son ya una minoría, y en unos años no será ninguno. ¿Regidos por una Constitución votada por cadáveres? Continúa siendo un planteamiento casi tan totalitario como una monarquía. Una Constitución constituye un Estado, pero no los individuos que forman su sociedad, la cual es cambiante. La base deberían ser los Derechos Humanos y legislar a partir de éstos a medida que conseguimos aumentarlos.

Este aumento de la distancia que produce lo grande, lo enorme, deshumaniza no solamente los Estados, sino también la sociedad y a nosotros como individuos. ¿Es más probable que una empresa familiar tenga un comportamiento ético o una multinacional? “Sabíamos” que los balones y zapatillas de Nike las cosían niños de Pakistán o Bangladesh, pero las comprábamos igualmente. Como mínimo, “sospechamos” que las condiciones laborales de los trabajadores en el tercer mundo de las multinacionales de ropa no cumplen los mínimos requisitos, pero les compramos mayoritariamente la ropa a estas marcas. Reciclamos en nuestras casas o apartamentos, pero compramos productos de empresas que se cargan el planeta. Cuidamos y mimamos nuestros animales de compañía o nos enternecemos con la película de un cerdito, pero compramos carnes y embutidos de empresas que los maltratan y torturan. Lo hacemos sin insufribles problemas de conciencia por una razón: la distancia, la distancia que crea la enormidad, nos separa de todo ello. (¿Sabe decirme el número de migrantes muertos este último mes en el Mediterráneo?).

Supongamos una persona con unos valores morales y una ética, ciñámonos a los Derechos Humanos y de los Animales más básicos: ¿cómo vivir en este Sistema sin tener un colapso moral y ético? En el fondo, adoptando el principio maquiavélico de las “razones de Estado” y esa doble moral trasladándolo al Sistema y a nuestras vidas… y, si algo chirría, dejarse llevar por el entretenimiento y el espectáculo de la distracción, para no ver más allá de nuestro pequeño mundo, nuestra tribu familiar, amistades, animales de compañía. Aceptamos para lo macro lo que nos parecería injustificable para nuestro micro… solo que también lo aceptamos con una doble moral para poder permitirnos nuestra vida diaria como consumidores. En el fondo, Maquiavelo se quedó corto.

Así como el arte nace de la incomodidad del artista ante el mundo establecido, y de ahí la creación o re-creación de éste, tal vez en política deberíamos buscar la incomodidad de la pluralidad de ideas. Ante los Estados nación, preferir la incomodidad de los plurinacionales. En la sociedad culturalmente única, decantarnos hacia la pluralidad de la diversidad. Parecería que abrazo cierto concepto naif de la globalización, pero no: la globalización (así como la UE) ha resultado una simple alfombra roja para las élites que concentran el poder económico y financiero mundial. La inmensa mayoría de ciudadanos continúan hablando y pensando en una sola lengua (a lo sumo, dos), informándose mediante medios que ofrecen muy pocas perspectivas, eligiendo votar entre partidos que ofrecen muy pocas alternativas reales (a lo sumo, diferencias de procedimiento legislativo). Solamente aceptando que la

vida, la vida de cada uno y de todos, mejora con la incomodidad, podremos desenmascarar esa doble y falsa moral de los Estados que dicen pensar y querer el bien de los individuos, pero que se rigen por otra moral, una moral que Maquiavelo puso al descubierto y que nosotros mismos hemos aceptado en desprecio de nuestro propio humanismo y libertad.

La inocencia de esta opinión o propuesta, salta a la vista. Por una sencilla razón: el ser humano, por encima de todo, es cómodo, el rey de la inercia. Y la religión, el nacionalismo y/o el consumismo, le ofrecen, básicamente, comodidad. Y esa comodidad es el sostén de los nuevos totalitarismos que, poco a poco, vamos viendo que no se contentan con controlar el sistema económico: su avaricia es tal, la necesidad de que no se cuestione el Sistema es tan inevitable, que nada mejor que usar el neoliberalismo y cierto neofascismo para tenernos entretenidos en conservar algunos avances sociales o algunos derechos ganados que corren peligro… olvidando, en esta distracción, cuestionar el sistema establecido y plantearnos alternativas.

No obstante, todo lo anterior flaquea: lo abstracto no existe por sí solo. El mercado, los flujos financieros, incluso los nacionalismos y religiones, suelen tener un grupo de individuos que cosecha los dividendos. Camufladas tras el velo del “sentido de Estado”, el mercado a gran escala o las religiones y nacionalismos, hay personas que viven muy, pero que muy bien (en un sentido material de bienes, y de servicios sanitarios y oportunidades educativas o laborales). Y tras las pantallas que esconden el dinero abstracto del mercado financiero, también. Tras lo abstracto hay lo concreto de unas personas que no sé si se ríen del mundo, pero sí que desprecian alrededor del 90% de la población mundial. No es que sean unos privilegiados (usted y yo seguro que somos unos privilegiados a ojos de un somalí cualquiera) sino que viven sabiendo, y siéndolo, intocables. Me pregunto si las “razones de Estado” o del mercado son un simple engaño para alzar una doble moral concreta: la de las élites. Si, en el fondo, incluso Maquiavelo pecaba de ingenuo, frente a los que solamente desean vivir muy bien a base de avaricia y desprecio egoísta… y poco más. Una visión mucho más prosaica y terrenal y egocéntrica que la del maquiavelismo que, en el fondo, cree en una cierta utilidad social.

¿Qué tiene que ver todo lo anterior con el cambio climático? Un servidor opina que mucho. En el caso que la perorata precedente fuera cierta, hay un aspecto de suma importancia: la reversibilidad. Es cierto que la siguiente mirada que les ofrezco es muy fría, alejada de los Derechos Humanos y, por tanto, inmoral: por mucho que se menoscabe la vida y futura vida de los individuos, todo ello es susceptible de ser revertido en el futuro. Es decir, por injusto que sea este Sistema, nada dictamina que de aquí 150 años deba ser el mismo. El Sistema es injusto para aquellos que viven en él, pero no lo es para aquellos que nacerán dentro de aquí 150 años, porque, tal vez, habrá otro sistema más justo (o no, pero la posibilidad existe). Sin embargo, esto era así hasta ahora, pero ha cambiado. Ahora la aplicación de la doble moral ya no es exclusiva del Estado, sino del binomio Estado-Mercado (es decir, las élites). Ahora, gran parte de la sociedad consumista, acepta y adopta esta doble moral para

sí misma y así poder seguir siendo consumista. Todo ello comporta, al ser este un Sistema insostenible, una degradación del planeta que rompe el equilibrio de la naturaleza que mantiene las condiciones de vida. La inminente, o ya presente, irreversibilidad del daño producido al equilibrio ecológico y no sólo climático, también afectará al que nazca de aquí a 150 años. O, probablemente, le afectará más. Nunca, en la historia de la humanidad, ni siquiera en la mucho más larga historia del planeta, hubo una serie de especímenes vivos con tanta responsabilidad de cara a todos los futuros posibles. Nunca hubo nadie con la capacidad de destruir tantas posibilidades de vida futura y, además, condicionando las posibilidades de esa vida futura para intentar revertirlo. Jamás hubo un ser tan egoísta y despreciable de cara al futuro, tan cínico e irresponsable de las consecuencias de sus actos como nosotros, nosotros ahora. Y nuestros descendientes (hijos, nietos, bisnietos…) escupirán sobre nuestra tumba no porque no hicimos nada, sino porque lo sabíamos y no hicimos nada. Este es el enojo y rabia de Greta Thunberg, el enojo y la rabia de los niños (y adultos) del futuro. Greta nos trae al presente el cómo nos verán las generaciones futuras. Nuestro cinismo no merece, ni siquiera, compasión. Y todo, ¿a cambio de qué? De huir hacia adelante consumiendo, consumiendo y consumiendo.

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Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."

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