Bueno, pues, tal como muchos nos temíamos, en Cataluña ya hemos tenido nuestro bautizo de fuego con las lamentables consecuencias que todo el mundo que esté bien informado conoce: muchos heridos, algunos graves, sobre todo entre los manifestantes, aunque también entre los agentes de policía, y la situación, cada vez más lejos de encontrar una solución aceptable.

El punto al cual hemos llegado no era deseable pero era de esperar que se produjera, tal como advertí en el último artículo que publiqué en este medio: una sociedad que ha estado durante tanto tiempo hostigada y contenida y que ha mantenido una actitud ejemplar en la calle, ha llegado ahora al límite de su paciencia cuando, a través de la disparatada sentencia del Tribunal Supremo, ha constatado que el mínimo resquicio de esperanza que había de que fuera moderada y sirviera para restablecer puentes entre Cataluña y el Estado ha saltado por los aires con esas condenas desproporcionadas, vengativas e injustas por unos delitos que, según muchos expertos judiciales, no han sido suficientemente probados.

También es cierto, que no todo lo que ha pasado en las calles de Cataluña hasta hoy puede ser considerado violencia, ya que muchos de los hechos (las hogueras, las barricadas, los contenedores destrozados) no pasan de ser los graves disturbios y desórdenes callejeros con daños en el mobiliario urbano y en la propiedad privada que suelen producirse en todas partes en determinadas reivindicaciones de todo tipo. Y no por ello dejan de ser intolerables, naturalmente. Sin embargo, eso no es violencia, como tampoco lo es la acción de la policía cuando ésta hace uso legítimo de la fuerza para impedir esas acciones, siempre que lo haga de acuerdo con los protocolos reglamentarios.

Violencia propiamente dicha es lanzar a la policía objetos contundentes o pirotecnia, como también ha sucedido, o algunas de las acciones llevadas a cabo por determinados agentes, como golpear a manifestantes llevando la porra de arriba hacia abajo, hacerlo por encima de la cintura o golpear a un mismo manifestante más de dos o tres veces seguidas, que son acciones prohibidas. Y no digamos ya, vejar, insultar o cargar contra manifestantes sin que haya mediado una causa justificada para hacerlo. Pues bien, como queda recogido en múltiples videos, esa violencia también se ha ejercido por parte de los agentes de policía. Y también hay que hablar de ella.

Si, además, aparece el ministro de Interior y dice que no ha apreciado nada reprobable en ello y que la intervención policial ha sido siempre justa y proporcionada, al tiempo que exige del presidente de la Generalitat que condene por enésima vez una violencia que el mismo ministro acaba de aplaudir obscenamente, el conflicto está servido.

¿Razones de toda esa violencia? Pues más allá de las más simplistas con las que los ingenuos suelen conformarse, como, por ejemplo, la maldad intrínseca que se nos achaca normalmente a los independentistas, yo diría que, por parte de los manifestantes, se ha ido instalando entre ciertos elementos, sobre todo en los más jóvenes, un profundo convencimiento de que, ante un Estado que se niega a escuchar a una parte muy significativa de sus ciudadanos, concentrada en un determinado territorio, no hay nada que hacer con las formas elegantes y cívicas que han caracterizado el movimiento independentista desde que ha empezado a exigir respuesta a sus demandas. Y eso es siempre peligroso porque no ofrece más que esa salida. Por lo cual, por la cuenta que nos trae a todos, el Estado debería procurar que éste sea un sentimiento que no prospere si, en realidad desea encontrar una solución que contente a todos los ciudadanos. Y no olviden que los dos millones largos de soberanistas catalanes también somos ciudadanos. Y desde luego, a golpe de porra, más bien, va a conseguir todo lo contrario.

Por parte de la policía –nótese que no establezco diferencia alguna entre policía de Cataluña y cuerpos estatales–, que se sabe no querida por esa parte de la población y probablemente no muy bien tratada por sus superiores por haber sido, en muchos casos, desplazada o requerida con una frecuencia que debe de dejar poco tiempo para la vida personal de los agentes y para su conciliación familiar, creo que se ha instalado en algunos de ellos una notable mala leche por tener que poner coto a los que deben de considerar desmanes de unos impertinentes que se dedican a importunar con demandas, desde su punto de vista, absolutamente injustificables. Y luego, esa rabia, en muchos casos, se ha descargado sobre los manifestantes de manera muy poco profesional.

Del mismo modo que afirmo que la violencia que puedan haber ejercido los manifestantes en Cataluña ha sido llevada a cabo por una parte muy poco significativa del movimiento independentista –unos centenares– y que hay una inmensa mayoría –cientos de miles– que se manifiesta en las calles de una manera escrupulosamente cívica y pacífica, afirmo también que toda violencia me parece rechazable. Y, por ello, al tiempo que, como independentista, me enorgullecen esos cientos de miles que nos manifestamos pacíficamente, condeno sin paliativos la acción de esos centenares que quiebran lastimosamente uno de los activos con el que siempre ha contado el movimiento: su radicalidad democrática.

Porque es que, además, me parece innegable que los grupos que producen esos actos reprobables en las manifestaciones son muy heterogéneos. Seguro que contienen independentistas, naturalmente; pero no todos lo son. Se trata de grupos que acogen a ciudadanos muy jóvenes, normalmente descontentos por una diversidad de causas, entre las cuales, muy probablemente, también, la actitud autoritaria con la que el Estado español ha afrontado la demanda independentista, pero también otros, que pueden no ser independentistas, que protestan por un futuro incierto donde los jóvenes no vislumbran posibilidades, por una Tierra maltratada desde el punto de vista ecológico y por un sinfín de reivindicaciones que muy probablemente nada tienen que ver con la demanda soberanista. Y no podemos olvidar que seguro que se unen a ellos grupos de provocadores que, procedentes de diversos lugares del planeta sin ánimo reivindicativo alguno, simplemente se suman al barullo por puras ganas de bronca. Por supuesto, entre esos manifestantes, también debemos contar con algunos infiltrados que, al servicio de las ideologías contrarias al independentismo, se camuflan entre aquéllos y provocan disturbios con el fin de poder desacreditar a todo el movimiento. Hay imágenes que dan mucho que pensar en este sentido. ¿A que no se las han mostrado algunos medios estatales?

Sin embargo, me reafirmo en mi opinión de que el independentismo es fundamentalmente pacífico como demuestra la actitud de esos cientos de miles que día tras día nos hemos manifestado de manera cívica y mesurada. Esos cientos de miles que producen unas imágenes impresionantes como la que ilustra este artículo y que los principales medios estatales también sirven con cuentagotas para que los españoles de fuera de Cataluña no las vean.

Pero es que, además, el movimiento independentista no tiene porqué asumir la violencia que ejercen unos pocos elementos descontrolados, aunque también sean independentistas, de la misma manera que la tristemente famosa manada estaba integrada por cinco miembros, entre los cuales, un militar y un guardia civil y sería una barbaridad decir, por ello, que los militares y los guardias civiles se dedican a violar en grupo a muchachas en los sanfermines. ¿A que sí?

Todos los autores de desórdenes y más aún, si lo son de acciones violentas, sin embargo, sean independentistas o no, deben enfrentarse a los requerimientos de la justicia, de la que deberíamos poder esperar eso: justicia. Y, sobre todo, ejercida con una mayor proporcionalidad que la que ha demostrado tener el Tribunal Supremo con su desmesurada sentencia contra los políticos catalanes.

Pero debo decir también que, a los agentes, por muy molestos que puedan sentirse por su situación y por muy en desacuerdo con la reivindicación independentista que puedan estar, hay que exigirles profesionalidad. Una cualidad que todos aquellos que han llevado a cabo vejaciones, insultos, excesivo encono o cualquier otra acción prohibida sobre los manifestantes, violentos o no, han demostrado no tener y, por consiguiente, reclamo que se les exijan también las responsabilidades a que hubiere lugar y que la justicia actúe sobre ellos con esa misma proporcionalidad. Hay suficientes imágenes como para no poder ignorar esas actitudes vergonzosas de ciertos policías sobre los ciudadanos.

Naturalmente, cualquier manifestante o agitador que, desoyendo las constantes llamadas a la no violencia que han hecho los organizadores, haya llevado a cabo acciones ilegales es el responsable único de esos actos y debe responder por ellos. Pero, sin duda, el instigador principal de los desórdenes que se han producido en Cataluña ha sido el Estado, a causa de su obtusa cerrazón ante una demanda de más de dos millones de ciudadanos que pagamos nuestros impuestos y tenemos derecho a ser considerados españoles también para los derechos y no sólo para las obligaciones. Por lo menos hasta que consigamos dejar de serlo. Nótese, por cierto, que la violencia en las calles desaparece en el mismo momento en que la policía deja de intervenir. Que cada cual juzgue por qué debe de ser.

Naturalmente, también tienen una gran responsabilidad en esa constante provocación que sufrimos los catalanes soberanistas, los partidos autodenominados constitucionalistas y los medios de comunicación afines, que corean acríticamente sus declaraciones y las mentiras que repiten hasta la extenuación alimentando y avivando el enfrentamiento a base de titulares engañosos e imágenes seleccionadas de manera tendenciosa para crear, entre los españoles, un estado de opinión favorable a sus intereses.

Se dice con frecuencia que, en Cataluña, los ciudadanos estamos sometidos a cierto adoctrinamiento por parte de los medios afines al movimiento independentista y muy especialmente por parte de TV3. Sin embargo, desde el convencimiento de que, en España, no hay medios desideologizados, debo decir que, al lado de ese supuesto adoctrinamiento, los ciudadanos de Cataluña también sufrimos el adoctrinamiento en sentido contrario por parte de los medios estatales, a los que también tenemos fácil acceso desde Cataluña y eso nos proporciona una posibilidad inmejorable de comparar opiniones opuestas y formarnos la propia con más fundamento.

Los ciudadanos del resto de España, sin embargo, con más dificultad para acceder a los medios catalanes, no disponen de esa variedad de matices porque no pueden escuchar su voz sin que sea intervenida o manipulada según la ideología de un medio de alcance estatal. Por lo tanto, basta ya de hacernos creer que los ciudadanos catalanes tenemos la opinión secuestrada por el avieso independentismo y que eso nos impide ver las cosas con claridad, mientras que los medios españoles informan con veracidad y total ecuanimidad porque eso es falso.

Si es usted, apreciado lector, de los que piensa que los catalanes estamos abducidos por nuestros medios, le aconsejo que deje de mirarse el ombligo, que levante un poco la vista y que se dé cuenta de que también los medios españoles están profundamente ideologizados, que no les explican a ustedes de la misa la mitad y que la mitad que les explican, a menudo, ha recibido un sesgo que la hace poco fiable. Tan poco fiable como creen ustedes que es la información que ofrece, por ejemplo, TV3. Porque no tienen acceso fácil a esa cadena y, por consiguiente, su opinión sobre ella no puede ser de ninguna manera obtenida de primera mano, sino que, en la mayoría de casos, deben ustedes fiarse de la que les sirve alguno de los medios a su alcance, que previamente la habrá pasado por el sesgo de su ideología.

Por ejemplo, mientras estaba bajo secreto sumarial el caso de los nueve miembros de los CDR detenidos en septiembre en Barcelona, de quienes se afirmó que poseían precursores de explosivos, se llegó a decir de todo en grandes titulares: amonal, goma-2 y qué sé yo qué barbaridades más. Dos ejemplos, entre los muchos que hay: el programa Espejo Público, de Antena 3, tituló: “Detienen a nueve independentistas radicales que preparaban bombas para la sentencia del Procés”. El Mundo dijo: “Los independentistas arrestados con explosivos tenían el plano de un cuartel de la Guardia Civil”. Y, ahora que se ha levantado el secreto de sumario, se ha visto que no había nada de eso. Ni rastro de explosivos. Observen ustedes, a partir de ahora, si los medios estatales y los políticos que corearon esas mentiras rectifican la información falsa que sirvieron en su día como es su deber y si lo hacen con titulares tan vistosos como los que utilizaron para informar de lo contrario sin saber, además, de qué hablaban puesto que todavía había secreto sumarial.

Y, sí. Naturalmente. Probablemente, está usted pensando que éste es el artículo de opinión de un independentista que analiza la realidad según su propia concepción de las cosas. ¡Pues claro…! Como hace todo el mundo. ¿O es que cree usted, apreciado lector, que hay alguien que pueda sustraerse a esa inevitable pulsión? ¿Cree usted que los medios españoles son capaces de mantenerse vírgenes de ideología e informar de manera absolutamente objetiva? Y si es así, ¿por qué cree que los medios catalanes no lo son? ¿Es quizás por esa intrínseca maldad de todo lo catalán? ¿No será un prejuicio, eso…? ¿No podría estar usted siendo también víctima de un adoctrinamiento que le pasa desapercibido? Piénselo.

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Filólogo y maestro. Su formación es fundamentalmente lingüística. Domina siete idiomas y, profesionalmente, se ha dedicado a la enseñanza, a la sociolingüística y a la lingüística. Se inició en la docencia en un centro suizo y, posteriormente, ejerció en diferentes localidades de Cataluña. Hoy, ya jubilado de las aulas, se dedica a escribir, mayormente libros y artículos periodísticos, da conferencias y es el juez de paz de la localidad donde reside. Su obra escrita abarca los campos de la lingüística, la sociolingüística, la educación y el comentario político. También ha escrito varios libros de narrativa.

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