En la reciente reunión anual del Foro de Davos (Foro Económico Mundial, WEF, por sus siglas en inglés) Klaus Schwab, uno de sus fundadores, ha llegado a declarar que “somos muchos los que hemos visto que esta forma de capitalismo ya no es sostenible”. Es decir, que este capitalismo “salvaje” está generando violentos antagonismos y peligrosos desórdenes, como son la inestabilidad laboral, la creciente desigualdad y el rápido deterioro medioambiental. ¿Piensan tan destacados señoras y caballeros que, ante las tempestades que han creado, pueden ofrecernos “otro” capitalismo para evitar así que se desarrollen alternativas políticas que pongan en peligro “su” capitalismo?

El mismísimo Fondo Monetario Internacional (FMI) -artífice y promotor de todos los saqueos, habidos y por haber, a lo largo y ancho del mundo- defiende ahora un “aumento del gasto social ante el repunte de las protestas”; y olvida milagrosamente su anterior sangrante imposición de la austeridad, e incluso propone la política fiscal como vía para “aumentar la inclusividad y la cohesión”. ¿Ha impactado un rayo divino sobre estos contumaces representantes de las tesis del capitalismo “salvaje” y del mal llamado “neoliberalismo”?

Es decir, los miembros más representativos de las oligarquías financieras más poderosas del planeta parece que reniegan de su capitalismo “salvaje” y nos ofrecen un capitalismo “suavizado”. ¿Esquizofrenia generalizada entre las clases dominantes de los países capitalistas más poderosos, pidiendo que los grandes capitales incrementen su contribución fiscal a las arcas públicas? ¿Los mega-ricos tirando piedras contra su propio tejado? No y no. Los asistentes al Foro de Davos no se han vuelto locos ni han perdido la fe en un sistema económico, político y social que les ha encumbrado -a una ínfima parte de la humanidad- como las personas más extremadamente ricas y poderosas del planeta.

Lo que ocurre es que “estamos en una situación similar a la de los años treinta, el sistema tiene que generar soluciones para salvarse a sí mismo”, nos explica Federico Steinberg, uno de los investigadores principales del Real Instituto Elcano -el centro de pensamiento más conocido de la oligarquía financiera española-, porque, claro está, “no buscamos otro sistema. Pese a todo, el capitalismo es el único sistema posible”. El reto, su reto, es entonces poder “suavizar” los efectos más destructivos del capitalismo.

En esta encumbrada operación de “reinvención” del capitalismo con el siniestro objetivo de fortalecerlo, podemos encontrar la colaboración de participantes y denominaciones para todos los gustos, desde el “capitalismo progresista”, pasando por el “socialismo participativo” y el “nuevo acuerdo verde”, hasta la “democracia económica”. Y todas ellas cantan a coro la “loable” partitura del doble beneficio, “las empresas deben ganar, pero el resto de la sociedad debe percibir parte de ese desarrollo”.

El proceso de saqueo de los últimos años ha acelerado la concentración de la riqueza y el poder por parte de esas oligarquías financieras a costa del empobrecimiento y la precariedad de amplias capas de la población, y esto se ha trasladado al plano político y social, generando grandes masas de población con un descontento profundo que buscan y encuentran en alguna medida su expresión política en cauces no siempre asimilables para los modelos políticos dominantes.

Estos “nuevos” intentos oligárquicos levantan las banderas de un “capitalismo justo, progresista, inclusivo y ecológicamente sostenible”, ¡ay! pero no son nuevos. Ya en la crisis capitalista de 1929, o mejor, después de ella, la socialdemocracia y el keynesianismo de turno fueron ofreciendo la misma receta como una alternativa, como un bálsamo, para calmar los antagonismos sociales causados por el violento dominio del capital monopolista sobre las clases populares. No es una cantinela novedosa. Como diría Lenin, es “vieja chatarra”. Porque la idea del “capitalismo  progresista” es más bien un ajado oxímoron.

Porque de la misma manera que en la famosa fábula, el escorpión clava su aguijón en la rana que le está salvando de ahogarse -“porque es su naturaleza”-, el capitalismo lleva en sus leyes, intrínsecas e inexorables, la acumulación de riqueza (y poder) cada vez más en menos manos. El capitalismo lleva en su ADN el intercambio desigual entre capital y trabajo asalariado, el abismo social, la cadena imperialista y las guerras de rapiña por el reparto del mundo y de los mercados.

El capitalismo lleva en su naturaleza la condena de la inmensa mayoría de la humanidad a la pobreza, al subconsumo, a la explotación y la opresión. Lleva en sus genes la inmolación de todo -de los hombres y de la naturaleza- al Moloch del máximo beneficio, al frío interés del dinero contante y sonante. No puede existir un “capitalismo justo”, de la misma manera que no pueden existir los carnívoros vegetarianos.

Las oligarquías financieras del planeta han reconocido a su manera -“no es nada personal, son negocios”- los brutales antagonismos que su dominio de clase están generando, y ha empezado a cundir entre ellos la terrorífica sospecha de que su capital solo puede revalorizarse, y por tanto solo se está revalorizando, sobre la base de multiplicar todos los días el número de sus sepultureros, es decir, engrosar los grupos sociales de la humanidad que objetivamente -y cada vez más, conscientemente- son enemigas juradas del capitalismo. Lo mejor de todo para nosotros -los otros- es que su sospecha es cierta. Y que, por mucho que los “nuevos” aprendices de brujo quieran, no podrán dominar una magia que tiene vida propia y que es más poderosa que ellos mismos.

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