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Los crédulos y los incrédulos

Daniel Riaño Rufilanchas
Daniel Riaño Rufilanchas es un investigador científico que nació en Madrid. Su especialidad es la lingüística cognitiva y computacional. En la actualidad enseña Filología Clásica y redacción académica en la Universidad Autónoma de Madrid, pero también ha trabajado en prensa musical de varios medios. Ha grabado reportajes sobre temas artísticos, culturales y de conservación de la naturaleza. Cuando no está dedicado a asuntos de lingüística, programación o literatura griega probablemente esté discutiendo sobre la manera en que los avances tecnológicos están transformando nuestra sociedad o tratando de volar un dron.
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Cataluña es un país en lucha con sus demonios, y, a día de hoy, éstos llevan ventaja. Como en la narración de Sant Jordi, estos demonios viven en el mito, pero su fuerza es real para quien cree en ellos. El conflicto con el Estado que se venía barruntando desde hace décadas finalmente ha llegado a la calle y el argumentario tradicional de los nacionalistas catalanes se ha ampliado para justificar, más allá de su legítimo deseo de independencia, la urgente necesidad de medidas radicales para lograrlo. El resultado es un andamiaje de narraciones que justifican el conflicto pero que sólo se sostienen mediante dosis tan gigantescas de credulidad y voluntarismo que dejan pasmado a cualquiera que intente examinarlas con sentido crítico.

La madrugada del 8 de septiembre de 2017 el pueblo catalán recibió la noticia de que su parlamento había derribado ilegalmente su andamiaje constitucional, aprobando por mayoría simple una ley que derogaba leyes de mayor rango (empezando por el Estatut, y continuando con la Constitución Española) que exigirían para su reforma bien mayorías cualificadas, bien otro organismo que las aprobara.

Es normal que los políticos implicados en el putsch del 8 de septiembre salieran a la calle el día siguiente a inflamar la opinión pública exponiendo unos argumentos que, aunque lógica y jurídicamente son insostenibles, están confeccionados para limitar las posibles repercusiones legales de su conducta usando la presión social como colchón de sus responsabilidades políticas y penales. Es también esperable que sus seguidores repitan tales argumentos en los medios para sostener la apariencia de legalidad durante los días previos a un referéndum al que, violando la Constitución, le han otorgado la capacidad de decidir una nueva forma de Estado para Cataluña. Lo que no era esperable, y en realidad es muy lastimoso, es que un porcentaje notable de la población criada en Cataluña se crea, y repita como creyentes, esta colección de dislates.

Si el pueblo catalán, que está formado democráticamente como el resto de los españoles, acató sin grandes disturbios este golpe de estado de una simple mayoría parlamentaria, es porque ha vivido durante decenios alimentando y alimentándose de una mitología sobre su propia esencia y necesidades; una mitología particular de Cataluña. Respecto a esta mitología, la estupefaciente construcción ideológica del independentismo catalán separó ya hace tiempo la sociedad catalana en dos grandes grupos: los crédulos y los incrédulos.

No ha habido un golpe de estado, repiten los crédulos: el golpe de estado lo dio en realidad el Tribunal Constitucional cuando declaró anticonstitucional varios artículos del Estatut (así lo afirma el periodista Vicent Partal aquí); “la soberanía de Cataluña reside en el pueblo Catalán”, y por tanto su Parlamento puede aprobar por mayoría simple lo que quiera, incluso si antes aprobó que ciertos cambios exigían otro tipo de mayoría, o si son competencias que exceden a tal parlamento. “El Tribunal Constitucional no tiene jurisdicción sobre lo que apruebe el Parlament.” “El derecho a la autodeterminación es un derecho inalienable de todo pueblo,” y por tanto del pueblo catalán, aunque la jurisprudencia internacional masivamente se haya pronunciado por señalar que se creó para solventar la situación de las colonias y los países anexionados mediante violencia. El lenguaje del derecho internacional no tiene la arrebatadora fuerza pasional de las narraciones populares nacionalistas y además (repite el crédulo) Cataluña fue anexionada a la fuerza por España en 1714. “España es un país corrupto” (no como Cataluña bajo CiU y luego PddeCat y la CUP), que “nos roba” (por el hecho de ser más trabajadores y producir más no deberíamos pagar más impuestos) que “atenta contra nuestra lengua” (que es el catalán, como su nombre indica) y “es una nación completamente distinta a la nuestra” (como se ve en la práctica ausencia de tradiciones y costumbres comunes). “El 1 de octubre,” afirma el crédulo con una sonrisa, “no va de independencia, sino de democracia,” aunque el Parlamento haya otorgado al referéndum la mágica facultad de pronunciar el fiat de la independencia; y aunque el referéndum carezca de cobertura legal y de garantías jurídicas. “Podemos votar lo que queramos”, exclama el crédulo, pensando que votar es lo mismo que democracia, y cuanto más de ambas, mejor.

Que haya una proporción no insignificante de la población de Cataluña que se crea, viva y jure por la veracidad de esta narración es algo realmente pasmoso. No es por ello de extrañar que frente al mismo relato surgiera otro grupo: el de los incrédulos. Los incrédulos han visto durante décadas cómo se formaba a su alrededor esta narración que guarda respecto a los hechos históricos la misma relación que la serie Juego de Tronos. Los incrédulos pensaban que como en la Cataluña moderna no podía surgir tal separación entre la historia fáctica y la de la conciencia colectiva, la polarización no podía estar ocurriendo. O si estaba ocurriendo, sería una moda. En todo caso jamás podría suceder que un pueblo tan democrático y sensato como el catalán tolerara sin más un golpe de estado como el que se llevó a cabo con la proclamación (con el trámite de un referéndum) de la «Ley de la Jefatura del Estado Alemán» el 19 de agosto de 1934.

Naturalmente, no todos los catalanes están en uno u otro grupo. Por ejemplo, los miembros de la CUP son perfectamente conscientes de que el referéndum es ilegal, de que la “Ley de Desconexión” es anticonstitucional y de que todo el “Procés” es una insurrección contra la legalidad vigente, y lo aprueban sin pestañear. Y muchos otros, independentistas o no, han sentido con horror lo que Joan Coscubiela denunció como un abismal “nivel de degradación” de las instituciones catalanas y claman, desde un lado u otro del problema social y político de fondo, por el respeto a la democracia y las instituciones de Cataluña. Desgraciadamente, estos últimos están silenciados, como suelen estarlo los moderados cuando llega el momento de los exaltados.

Los hay, desde luego, que no son crédulos ni incrédulos, pero están siendo arrinconados. No es el momento de los argumentos serenos, parece: el 20 de septiembre, en una entrevista concedida a Antena3, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, reiteró su condición de “no independentista” para, segundos después, decir que no sabía qué votaría el 1 de octubre en un referéndum que pregunta a los votantes: “¿Quiere que Cataluña sea un Estado independiente en forma de república?” Si alguien como Colau, que debería haber dedicado cierta reflexión al asunto, manifiesta dudas sobre el sentido de su voto en estas condiciones, sólo puede tratarse bien de otra extraordinaria exhibición de hipocresía por parte de un responsable político, bien de la prueba de que en Cataluña las palabras han dejado de tener sentido en el discurso político y sólo poseen el valor que el receptor les quiera otorgar, en un discurso más poblado de fábula que de hechos.

Esta situación es una desgracia para todos, porque la credulidad cultivada para una causa es el caldo de cultivo del fanatismo; una enfermedad del espíritu contra la que los catalanes se creían vacunados y que hoy vemos crecer rampante.

 

 

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1 Comentario

  1. Una vez más se demuestra que con la degeneración de los medios de comunicación convirtiéndolos en propaganda, no es necesario nada más. La verdad auténtica ha dejado paso a la «verdad publicada». Ante la sociedad actual, que no tiene tiempo para pensar o prefiere ver una serie o un reality a leer un buen libro o, simplemente, a debatir ideas con respeto al otro, ¿de qué nos extrañamos?.
    Ya lo escribió Ortega hace mucho: la rebelión de las masas.

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