El discurso de anoche de Felipe de Borbón fue la confirmación de que la Monarquía no asume sus responsabilidades ni da la cara ante las preocupaciones de la ciudadanía. Mientras el Jefe del Estado hacía un discurso absolutamente plano, plagado de lugares comunes, con un intento de transmitir optimismo o de motivar a la población como si fuera el jefe de un equipo de ventas, la ciudadanía le espetó claramente su oposición a una Monarquía que, al fin y al cabo, le dio la espalda a su pueblo en dos ámbitos: en primer lugar, por el silencio del rey durante los primeros días de la crisis del coronavirus y, en segundo término, por los escandalosos negocios presuntamente corruptos de Juan Carlos de Borbón.

Una vez más, los Borbones han unido al pueblo, pero no en el sentido que afirmó Felipe VI en la noche de ayer, sino en su contra. El pueblo habló y dijo claramente, con la banda sonora de las cacerolas, que no quiere más reyes, que quiere decidir sobre su futuro, por más que hubiera algunos que respondieran al clamor del pueblo con el himno de España.

La historia, que es tan tozuda en muchos casos, nos muestra que no es la primera vez que la ciudadanía se une en contra de los Borbones. Un ejemplo claro lo vemos en cómo el levantamiento de Riego en Las Cabezas de San Juan, del que este año se cumple su bicentenario, provocó que el peor rey, y el más autoritario, que ha tenido España en toda su historia, tuvo que acatar la Constitución de Cádiz por el clamor del pueblo. Su hija, Isabel II, unió al pueblo en su contra durante la revolución de 1868 que dio paso a la I República. Alfonso XIII tuvo que abandonar España cuando vio que el pueblo no le quería en las elecciones de abril de 1931 y se proclamó la II República. Sin embargo, hay muchos más, el Motín de Esquilache contra Carlos III o el Motín de Aranjuez contra Carlos IV son otros ejemplos.

En la actualidad, en pleno siglo XXI, en el tiempo en que el pueblo se rebela de otra forma, nos encontramos con una institución que ocupa la Jefatura del Estado por la Ley de Sucesión de un dictador diabólico, no porque el pueblo lo haya decidido. Ante esta disfunción democrática, los poderes del Estado se conjuraron para dar una versión oficial incierta que no muestra lo que realmente ocurrió durante la Transición, una versión que busca dar legitimidad a algo que no la tiene porque todo está basado en la manipulación y la mentira, tal y como reconoció Adolfo Suárez, protagonista de aquella defensa a ultranza de la Monarquía.

Sin embargo, el pueblo mostró anoche que está harto. Son demasiados los escándalos que rodean a los Borbones. La ciudadanía puede llegar a perdonar, incluso, la inactividad de la Monarquía, el dar la espalda durante los años más duros de la crisis de 2008, el no asumir responsabilidades sobre temas que azotan a la ciudadanía como, por ejemplo, la violencia machista, una lacra a la que el rey ni siquiera da espacio en su discurso de Navidad. Sin embargo, lo que el pueblo no perdona es la corrupción o el hecho de que un Jefe del Estado haya cobrado presuntas comisiones mientras era el representante de España ante el mundo.

Los Borbones lo han vuelto a hacer. Tal vez sea algo genético, tal vez su sangre azul esté llena de genes que provocan comportamientos que generan el rechazo del pueblo. Tal vez sea el momento de que la unidad popular alce la voz para pedir a los poderes que ha llegado el momento de decidir democráticamente qué modelo de Estado necesita esta democracia.

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