domingo, 1agosto, 2021
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Los amos del calabozo y sus tiros a puerta

Sonia Vivas Rivera
Nació en Barcelona en el año 1978. Hija de una familia de emigrantes extremeños. Pedagoga y educadora, policía vocacional. Cursó master en ciencias forenses y se especializó en derechos contra las libertades fundamentales liderando el servicio de delitos de odio pionero en Baleares. Residente en Palma de Mallorca, entiende la seguridad pública como un servicio al ciudadano en comunión con los derechos humanos. Mujer, feminista, lesbiana y de izquierdas. Concejala de Justicia Social, Feminismo y LGTBi del Ayuntamiento del Palma de Mallorca
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El patriarcado, como organización política de guerra y propaganda contra las mujeres, se revuelve en su avispero cada vez que uno de sus ídolos de masas agrede a una de las nuestras, o sea, a una hermana. Es, por tanto, un arma cargada de destrucción y ruina, que opera violentamente en nuestra contra, seamos conscientes de ello o no.

El patriarcado es, en definitiva y sin lugar a dudas, el enemigo a batir, siendo todos y cada uno de sus soldados, el frente hostil agresor y ultra que hay que defenestrar para poder lograr la ansiada libertad e igualdad que queremos y necesitamos como individuas.

Esta defensa acérrima de sus estrellas del pop queda clara y patente cuando vemos de qué manera se articula contra nosotras, elaborando un discurso negacionista del maltrato machista para justificar las acciones de contienda, especialmente cuando se trata de un policía o un guardia civil, es decir, de uno de los guardianes del sistema tal y como lo conocemos.

Pero también se aprecia descaradamente cuando el que agrede, viola o maltrata a una mujer es un futbolista de esos que molan, de los que escupen, se rascan mucho los genitales, insultan a los otros e incluso intentan agredir a compañeros y, por supuesto, de esos que meten muchos goles.

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Desde que la Manada asaltó los cielos con una violación que a muchas y a muchos nos dejó el corazón encogido, para sádicamente despertar en otros tal morbo y excitación que acabaron convirtiendo el video en el más buscado en internet de todo el año, nada ha vuelto a ser igual.

Se ha generado un cambio exponencial a nivel sociológico, mérito achacable sin duda a la valentía y resistencia de la víctima, y también al movimiento feminista que salió a combatir el odio y el dolor con hordas de compañeras enfurecidas clamando justicia y el fin de las hostilidades sociales, políticas, sociológicas e institucionales.

Que parte del grupo de asaltadores de mujeres estuviera compuesto por un guardia civil y un militar, hijos sanos del patriarcado, disparó la noticia y puso sobre la mesa la vergüenza de una sociedad en la que un número gigantesco de varones no sabían que había una cosa que se llamaba “consentimiento”.

Estos agresores fueron defendidos a muerte por tertulianos, twitteros, abogados e incluso jueces, llegando un togado con puñetas, a manifestar por escrito, que la escena de la violación era festiva y claramente satisfactoria para la chica, quien no hay que olvidar que no era su hija.

Pero lo más preocupante aparte del papel de su señoría, fue lo escandaloso de tener que acontecer al modo en que muchos policías defendieron a sus compañeros violadores, usando para ello bombas de misoginia contra la mujer y las asociaciones y movimientos que la defendían en las calles.

Policías que a cara descubierta salieron en redes a apoyar la versión de las denuncias falsas inexistentes. Policías que pusieron a funcionar la maquinaria de apisonadora contra aquellas violadas que consideran que denuncian porque realmente lo que buscan es fastidiarle la vida a un tipo sólo por puro placer de hacerlo, porque somos malas.

Servidores públicos que no entienden el precio personal, emocional y físico de someterse a un procedimiento judicial injusto donde las mujeres somos leídas institucionalmente como culpables hasta que demostremos lo contrario y del que se sale siempre con más heridas de las que tenías cuando decidiste dar el paso y seguir adelante.

Son muchos los policías denunciados por maltrato hacia sus mujeres y novias, cosa que pone de relieve una problemática estructural, pero lamentablemente no se quiere mirar al problema en sí y por ese motivo no se realizan estadísticas que arrojen datos. Decir esto conlleva ataques y sanciones.

En estos días sucedió algo similar en esencia. Más escandaloso si cabe. Un guardia civil decidió, tras una discusión de pareja, tirotear a su mujer con la que tenía dos hijos de seis y cuatro años, para después suicidarse. Y pese a que el acto en sí es un delito de maltrato y de violencia machista clara, numerosos compañeros de policía le han dado un último adiós con todos los honores, como si de un caído en acto de servicio se tratase.

Siendo el link del tuit el que sigue:

https://insurgente.org/el-guardia-civil-que-se-suicido-tras-disparar-contra-su-mujer-recibe-el-homenaje-de-los-suyos/

Y es que cuando se trata de policías, de futbolistas o de estrellas de la canción, la violencia machista se reinventa y sin pudor clama alto y claro para defenderse de los ataques que la señalan, como sucedió hace unos años en el estadio Benito Villamarín donde a Rubén Castro, imputado por maltrato, fue agasajado por la afición que le cantó a coro y entonando: ¡Rubén Castro alé, Rubén Castro alé, no fue tu culpa era una puta lo hiciste bien!

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