“La democracia posee este principio confuso: aquellos que gobiernan lo hacen en razón de que, no hay ninguna otra razón, para que ciertas personas gobiernen a otras más que la ausencia misma de razón. Tal es el principio anárquico de la democracia, la junción disyuntiva entre poder y pueblo. La paradoja es que este principio anárquico de la democracia parece ser el único fundamento de la existencia misma de cierta cosa tal como la comunidad política y un poder político en general”. (Rancière, J. “La democracia está por venir”).

 

La política no está en el funcionariado, en la gestión, en la oficina del intendente o jefe comunal, en el aparataje clientelar, en el expediente que reposa en la oficina del gobernador o mandante, del despacho del ministro nacional o de la Presidente, la política está en las ideas, que pueden venir de la cabeza, del corazón o del militar, es decir de quién milita (pero una militancia, sin respuestas concretas, porque eso es asistencialismo u otra cosa) hablamos de ir, a un barrio residencial o de emergencia a un medio de comunicación, a no llevar nada, ningún plan, ni programa, ni nada, tan sólo la presencia con la palabra, el encontrarnos en ese diálogo para saber qué es lo que queremos entre todos, en presentarles ideas, proyectos, pero nada prefigurado, premoldeado, por esas prefiguraciones de escritorio que destrozan lo más sagrado de la política.

 

La política necesita encorsetarse en un sistema. La historicidad occidental, nos determina que lo democrático, sigue siendo, al menos en términos simbólicos o imaginarios, cómo la playa en donde todas las embarcaciones de políticos desean arribar.

El gobierno del pueblo, sin embargo, es decir la democracia como tal ámbito de lo prometido, huele cada vez más a un cadáver en descomposición. Lo expresan de un tiempo a esta parte, todos y cada uno de los sondeos de opinión que se llevan a cabo en tal sentido, como las protestas varias, que contienen, precisamente, esta demanda sino como primordial, entre las primeras.

La representación es el acto constitutivo de los sistemas democráticos. La validez del mismo, ha generado a lo largo de la historia democrática, el ir y venir en el transcurso y decurso de la misma, estableciendo la legitimidad de las definiciones de personas o de grupos de la mismas, como circunscriptas a la limitación de sus derechos como los esclavos o los vasallos, como los oprimidos, silenciados o marginados de un sistema que para legitimarse los necesita dentro, negándolos o teniéndoles entre paréntesis, en suspenso, en tiempo acotado, como sucede en la actualidad en nuestras democracias de raigambre representativa. El tiempo de validación de la representatividad, de la rúbrica institucionalizada es el momento electoral, instancia que ha sido sacralizada en las últimas décadas, producto de la irrupción “ipso facto” por parte de fuerzas del orden que impusieron a sangre y fuego un orden que ha sido más que estudiado, investigado y analizado en nuestra contemporaneidad. El teatro de operaciones en que se ha convertido un acto comicial, una jornada electoral, el día que informalmente la clase política y dirigente ha dado en llamar “la fiesta de la democracia”, pasa a ser el reducto en donde debemos trabajar a los efectos de contrarrestar la manifestación de procederes, acabadamente antidemocráticos como la prebenda, la dádiva o el usufructo de la necesidad de los representados para elegir sus representantes, interponiéndoles un condicionamiento en ese momento electivo, que no solo destierra cualquier consideración ética sino que a nuestro modo de ver, ha corroído las bases en lo que se sostuvo hasta no hace mucho el sistema representativo-democrático.

Lo consignable, es que desde el surgimiento mismo de la democracia, y de su acendramiento en la representatividad, como garantía del vínculo imposible entre lo general y lo particular, está misma, ha vivido en cuestión permanente, en análisis y reflexión, pues es ni más ni menos que la razón de ser del orden, de la armonía, de la certidumbre, en contraposición de las figuras del caos, del desequilibrio, de la incertidumbre, a los que el hombre le intenta escapar en su faz tanto individual, óntica, como en su ser social y político. Claro que la resolución de esta aporía, o su tensión permanente, es lo que nos hace debatirnos en la crítica permanente a un sistema político que valida su existencia, al estar a diario y en continúo, en cuestión.

En Paraguay, expresión acabada de lo más auténtico de lo latinoamericano, según cuenta la leyenda y atestigua la historia que no cede en el presente el “Ñandutí” no sólo es una peculiar técnica de tejido, sino que la misma, se imbrico, es un resultante de la complexión, del sincretismo de la cultura de dos mundos que no en tantas oportunidades, generaron o devinieron en estas maravillas a observar y que nos observan.

Aquí empieza la relación, íntima entre filosofía y ñandutí. No solo que ambas prácticas, o ejercicios, se producen como tales, producto del maridaje cultural citado, sino que toman características específicas, ni bien se consustancian con lo que, desde estas tierras podemos pensar, para luego tejer, con palabras eso que pensamos, es decir filosofando desde nuestro lugar en el mundo, tal como la tejedora lo hace en referencia a la araña que dejo estampado su paso entre árboles, sin preocuparse en ser vista o no por el fenómeno humano.

Este es el punto de partida que presentamos no sólo para indagar la posibilidad de una filosofía latinoamericana, como ya la vienen trabajando con símbolos tomados de nuestra madre tierra, como el colibrí tal como en Europa se tomó a la Lechuza para vincularla con la filosofía, y por intermedio de métodos como el analéctico profesados por enormes como Dussel o Cerutti, sino que, la urdimbre con la que se nos presenta la supervivencia del “Ñandutí” nos habla a las claras, que debe ser el blasón, el punto de partida de como sostener lo democrático, por intermedio de ese tejer, en este caso, palabra y logos.

Tal como saben, los del arte del tejido que se referencia en el producido de la araña, tras la guerra grande, que Paraguay padeció, rescató o logró que sobreviviera, una de las tantas que hasta entonces, conocía los misterios del Ñandutí.

La oclusión de la política, que es la guerra, la supresión del logos, por poco fulmina el tejer, no solo hilados, sino también palabras, es decir, lo político mismo como tal.

Debemos quiénes nos dedicamos a lo teórico, como lo práctico, tanto de la filosofía como de la política, tener o aumentar nuestros saberes en el hilar.

El Ñandutí es un punto de partida obligado para los que pretendemos pensar lo político y a partir de ello, crear o construir un tejido social que tal como el de la araña,  sea sólido como dinámico, y de un alto valor estético como cultural por su concepción justa y ecuánime.

Hilar palabras, dado que primero fue el verbo, es ni más ni menos, que fortalecer la democracia como eterna aspiración a lo mejor, generando para ello, la construcción de una logocracia, que proponga lo prioritario de un sistema que tiene al número, como su estandarte mentiroso y tramposo, que ocluye la posibilidad de contar con una política más humana o humanitaria.

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