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Lo que puede hacer la arquitectura

Jaume Prat Ortells
Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.
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Imaginad un llano inmenso, más grande que el horizonte, tan grande y tan llano que puedes llegar a tener espejismos circulando por sus carreteras. Imaginad este llano como un tapiz de muchos tonos de verde y marrón, batido por el viento, pura intemperie permanentemente en silencio porque el sonido no puede rebotar contra nada para retornar a tus oídos, suavemente ondulado, con carreteras rectas que de vez en cuando se tuercen en una curva absurda en medio de la nada, una curva por donde tuerces y sigues circulando y al cabo de un rato llegas a una altura donde puedes apreciar el tamaño gigantesco de las turbinas de viento, molinos contemporáneos que te hacen darte cuenta que Cervantes no hubiese podido escribir El Quijote en el siglo XXI, y que si los molinos son una metáfora del tiempo tenemos un problema. De repente un accidente geográfico, la vega de un río, un cruce de caminos, una loma y, asociada a ella, un pueblo.

La España Vacía puede estar vacía, pero en sus pueblos siempre se ha vivido apiñado. La España Vacía está salpicada de pequeños llenos que llegan sin transición, un paisaje que, a escala humana, es puro contraste entre esta exposición máxima y esta especie de apiñamiento de edificios compacto que llamamos pueblo. El vacío y el lleno, el paisaje entero, es arquitectura. Son arquitectura los campos de cultivo de miles de hectáreas y sus vibraciones y sus texturas y sus matices de color. Es arquitectura la acumulación de aparatos que permite aprovechar toda esta bolsa gigantesca de recursos naturales limpios en un panorama en que todos hablan de quilómetro cero sin tener en cuenta que la base de nuestra alimentación son vegetales trasplantados desde, como mínimo, un océano y un ecosistema de distancia, un panorama que abandona esta tierra privándola de la posibilidad de se trabajada de un modo rentable, dejando como único modo de rentabilizarla el poblarla de estos aparatos, placas solares y turbinas, que transforman y transformarán todavía más profundamente la manera de entender y explotar este paisaje. Es arquitectura el límite de velocidad fijado para circular por estas carreteras y todo lo que comporta: márgenes cerrados, a menudo en trinchera, amplios, bordeados de señales lo suficientemente grandes como para que puedan leerse bien a cien por hora. La posibilidad, incluso, de la iluminación artificial. La España Vacía puede estar vacía, pero todo en ella nos habla de la mano humana. De su industriosidad, de la necesida del vacío.

El límite de la arquitectura es el lenguaje. No el lenguaje que nos hablan los paisajes y las ciudades y los pueblos y los edificios, sino lo que decimos de ella. No, la arquitectura escolar no acabará con el acoso escolar. Puede dificultarlo minimizando rincones y puntos ciegos, pero jamás lo evitará. No, una casa no va a curar la esclerosis múltiple. Puede minimizar obstáculos. Puede facilitar la vida diaria. Su belleza puede aliviar el dolor, brindar un marco agradable donde pasar los malos momentos que vendrán. Pero jamás podrá curar por sí sola. No, un gran edificio de oficinas no va a descarbonizar una ciudad, ni va a ser relevante contra el cambio climático. Las palabras más grandes que las obras, el ruido, la magnificación de iniciativas loables hasta dejarlas fuera de escala sólo puede conseguir dar mal nombre a los arquitectos. La política, y también entiendo por política la posibilidad de sistematizar, la facilidad de repetir, de acumular estas pequeñas iniciativas bienintencionadas hasta que alcancen una masa crítica, sí nos salvará.

Fotos piscinas: Jaume Prat.

Soy optimista, sin embargo. La arquitectura, casi cualquier arquitectura a cualquier escala, puede hacer cuatro cosas clave. Uno, puede acumular funciones. Puede servir para más cosas que para aquello que ha originado el encargo. Puede ser flexible. Puede no obsesionarse con unas condiciones iniciales que con toda seguridad no llegarán intactas ni al final de la obra. Dos, puede ser neutra. Puede parecer inacabada. Un edificio puede ser, ha de ser, aquello que establezca unas condiciones iniciales que permitirán que se pueda habitar con dignidad y eficacia. Un edificio nuevo no es el final de nada. Es el inicio de una historia. Tres, puede ser sensible al lugar. Puede no parecer proyectada desde una metrópolis random, desde trazas sacadas con más buena voluntad que eficacia directamente de Google Maps. Puede tener un discurso propio y no genérico. Puede ser una línea de diálogo de una conversación que ha empezado siglos antes y que terminará, si termina, cuando hayamos muerto. Cuatro, puede ser bella. No chillar. No ser explosiva. Ser bella, intencionada, serena, con aquella belleza de andar por casa que acoge, que abriga. Que acompaña. Que alegra la vida.

El 3 de julio pasado tuve ocasión de visitar las piscinas de Castromonte, obra del estudio de Óscar Miguel Ares, un edificio que se relaciona con el pueblo a través de estas cuatro cosas que puede hacer la buena arquitectura. Sí, el edificio es todo esto, y lo es en el contexto complicado de un pueblo de doscientos habitantes de la España Vacía. Quiero empezar a hablar de ellas por lo más epidérmico, directo e inmediato.

Fotos piscinas: Jaume Prat.

El edificio me emocionó profundamente

Veréis, la crítica no es objetiva. No puede serlo. Recordarlo es importante. Esbozaré cuatro cosas sobre estas piscinas, sobre este edificio, apenas una glosa de los puntos anteriores. Cuatro cosas que, juntas, permitirán justificar y entender emoción.

     Primero, no las supe encontrar. Llegamos en coche, rezagados del grupo principal, pasamos de largo, funcionó nuestra intuición, volvimos y a disfrutar. Las piscinas se sitúan en el lugar preciso: justo en el borde del casco antiguo de Castromonte, donde todavía hay tejido urbano. Las piscinas se construyen con las piedras del lugar. Las que había en el solar y en sus inmediaciones, recogidas, apiladas, vueltas a colocar por mano de obra local, alcalde incluido. No es que sean quilómetro cero. Es que ya estaban allí. Esta colocación tan precisa queda reafirmada por el dignísimo edificio vecino: las escuelas del pueblo, que un arquitecto, casi un siglo atrás, decidió colocar allí porque era donde tenían que estar.

     Segundo, el edificio es bello. Uno de los rasgos principales para reconocer la buena arquitectura es cómo llega a resultados muy complejos con medios muy sencillos. En este caso: unas paredes de mampostería local sobrevoladas por unas piezas de hormigón prefabricado apoyadas sobre unos pórticos de hormigón. Los dos mundos, el vertical de las paredes y el horizontal del tejado, no se tocan. No pueden tocarse. Las piezas que sobrevuelan las piscinas tampoco se tocan entre ellas, creando una pauta de luces y sombras que tanto recuerda una carpa, creando un microcosmos, una atmosfera. Un lugar agradable. Y que las piscinas sean un lugar agradable es la parte más importante del programa. Lo que me lleva al punto siguiente.

     Tercero, no sé qué es este edificio. Sí, hay agua, y puedes nadar, y hay baños y vestuarios, y todo está dispuesto en una configuración útil. Per hay mucho más. El edificio tiene dos porches enormes, uno adyacente a la piscina, otro todavía más grande y más cuadradote y más interior, aunque esté en contacto franco con el césped, dos porches con esta pauta de luces y sombras, dos porches abrazados por muros de piedra. Recogidos. Agradables. En el lugar se está bien. Eso implica que es donde la gente se reúne, se queda y habla. Eso implica que el pueblo vuelve a tener bar, porque el lugar congrega público suficiente, de este pueblo y del de al lado, para que sea rentable.

     Cuarto, por los detalles. La piedras del lugar no son sólo piedras. Las de la base del muro son más grandes, y disminuyen progresivamente de tamaño, haciendo vibrar los muros, abriéndolos a la luz, explicando historias. Los pórticos que los sobrevuelan son de hormigón lavado, con una fabulosa textura áspera que armoniza perfectamente con las piedras, y con un color rojizo que es el del lugar porque está conseguido con los áridos que se obtienen cuando haces un agujero en el suelo en el mismo solar. Las piezas de hormigón prefabricado son satinadas, blancas, aéreas. Lo viejo y lo nuevo están claramente diferenciados, sin imposturas ni disfraces. El saber hacer de los arquitectos, el control de obra, ha sido intenso. La belleza neutra de la que el pueblo se ha apropiado es intencionada, personal, y nos habla de la sensibilidad y el amor al lugar de Óscar.

Es importante saber qué quiere decir construir en la España Vacía, una España Vacía que, lentamente, va perdiendo población. En un lugar donde los edificios se apiñan las funciones también tienen que apiñarse. Las piscinas no son un edificio para los turistas. Es un edificio construido para que la gente se quede. Como ya he mencionado, la arquitectura sola no es nada. La arquitectura combinada con, reflejo de políticas eficaces, sí lo es. Este edificio representa las ganas de reunirse. De quedarse. Su éxito nos habla de esta voluntad.

Foto del paisaje: Adrià Goula.
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2 Comentarios

  1. En Torozos quedan valles escondidos
    Y barrancas de caliza amarillenta con derrubios,
    caballones y rupturas de pendiente pronunciadas
    con dolinas terciarias colmatadas.
    En las cuestas matorrales,
    en el monte los cotorros,
    en el valle los reñejos renacidos,
    tras las vargas onduladas
    la planicie descuajada,
    la desierta paramera,
    la maciza fortaleza de quejigos.
    En Torozos quedan valles escondidos
    Hay corrales, corralones, colgadizos,
    Traspalacio hay palomares
    y el Bajoz que baja lento en arroyuelo
    por un valle ya perdido en pegujales.
    Y se adentra en el sendero de los frailes,
    y se esconde en el rincón de Doña Sancha,
    y aún conserva entre sus aguas
    el saber de Fray Gerundio
    del querido Padre Isla.
    En Torozos quedan valles escondidos
    Por el teso las Perdices
    se ve el campo de Toro,
    y al norte del camino Real,
    junto a las galgas de cantil calizo,
    hacen nido las currucas, abubillas, tarabillas
    en las zarzas de la endrina.
    Por el lago el andarríos se entretiene,
    reidoras junto al Claro de la Luna corretean.
    Agallucas encendidas de los robles en el fuego,
    mientras se hace el buen picón,
    chisporrotean.
    Desde el alto de la encina
    te vigila la calzada, el azor y el gavilán,
    por el cielo no se cansa de volar el alcotán.
    En Torozos quedan valles escondidos.

  2. EL BAJOZ NACE EN TOROZOS
    Se abre el valle en Panaderas
    y la fuente a borbotones crea el río,
    entre ranas, entre mirlos, junto al trigo.
    El Bajoz nace en Torozos,
    y convierte en alegrías los mimbrales,
    a calizas blanquecinas serpentea
    envolviendo a palomares.
    Manantiales con renombre dan sus aguas,
    Fuente Toro, Fuentecilla, El Fresquito,
    del Marqués… Es la fuente La Sayud,
    manantial del que no escribo,
    que me duele hasta en los huesos
    su abandono su dejadez, el olvido…
    ¡Ojalá que el agua sabia encuentre de nuevo al río!
    Atraviesa los molinos, el batán y la aceña,
    y se llega por los prados al remanso del pantano.
    ¡AL HUMEDAL DE TOROZOS!
    Junto a fochas y azulones, junto a patos y algún cisne corretea. De sus aguas se
    alimentan los cangrejos y los barbos, el jabalí y algún gamo también beben, sacia su
    sed el zorro y en noches de luna llena, la silueta del lobo, aún se refleja.
    En las tapias del cercado se abandona al monasterio.
    ¡Cuánta Historia!
    Que el mismísimo Felipe abrevó con su caballo abrazando a Jeromín. Y cuánto lloró la
    Ulloa, cuando se acabó la incógnita.
    Con los fresnos y encinares, con los sauces y robledos, se adormece. Huertecillos,
    pegujales, plantaciones de Torozos ya olvidadas, le contemplan. Las cuevas dentro la
    marga, los restos de la muralla, costanilla, los molinos, la solana del postigo
    derrumbada, no le esperan.
    Rompe el valle hacia poniente y busca la vega el río y aparecen los viñedos, las
    bodegas y antes de llegar al Duero, se nos funde con el vino.
    ¡Y QUÉ VINO!
    EL BAJOZ.

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