Da igual que hablemos del Señor Vileda, la Pasionarita, el primo de Rivera, el Leninín de la Complu, el Máster del universo o Bisagrito, que de Carles Puigdemont, Irene Montero, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Pablo Casado o Albert Rivera. El lenguaje no oculta la realidad sino que, en todo caso, la representa, la exagera, la caricaturiza; el lenguaje aclara, describe, hace chanza, busca la burla y, a veces, con sus tiliches y cachivaches dialécticos juega a esconder la realidad con eufemismos. Bien saben de ello nuestros queridos políticos, pésimos oradores pero expertos en la impostura del lenguaje.

Les hago una lista:

Desaceleración: ¿recuerdan cuando el gobierno de Zapatero se negaba a pronunciar la palabra crisis, pensando que con cerrar los ojos la realidad cambiaría? Eran muchos los sustitutos a esa palabra maldita.

Movilidad exterior: el desempleo de los menores de 25 años alcanzó un máximo del 55,13% (930.200 parados), según el INE, a finales de 2012. Más de 300.000 jóvenes se marcharon de España en busca de un horizonte laboral y muchos jamás regresaron. Para la otrora ministra de Trabajo, Fátima Báñez -ahora hábilmente fichada por Antonio Garamendi para la CEOE-, no fue nada grave. Simplemente, se trató de una oportunidad de “movilidad exterior”.

Novedad tributaria: el que fuera ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, prefirió llamar a las cosas por su nombre y si se trata de una novedad tributaria, ¿para qué calentarse la cabeza y llamarla impuesto?.

Hasta el Banco Central Europeo aprendió de nuestras mejores costumbres y al gobierno de España no le pidió que bajara los salarios, más bien una devaluación competitiva de los sueldos.

¿Y qué les parecería si empezara el debate sobre si tenemos presos políticos o políticos presos?

¿Y qué me dicen del proceso de regularización de las rentas no declaradas en nuestro país para anunciar una vergonzosa amnistía fiscal?

Parece que la máxima de nuestros mandamases es que si no se dice no existe. Y su triunfo llegó cuando consiguieron permear nuestro lenguaje y comenzamos a llamar ‘crisis a lo que fue un asalto a mano armada. Sí, un asalto encabezado por Lehman Brothers y Bernie Madoff con el beneplácito de los más deslenguados y blasfemos sinvergüenzas llenos de dogmas y verdades. Queda algo cierto en todo esto: hay un ‘ellos’ y un ‘nosotros’, una representación lingüística de lo que fue la lucha de clases, una realidad empírica de la que hoy no queda nada más que un debate entre curas y posmodernos sobre qué significa poner ‘Bella Ciao’ en La casa de papel. Pero no se confundan: mi pelea es con el lenguaje, con nuestro uso del lenguaje; con respecto a nosotros, más bien me asombra lo lejos que hemos llegado a pesar de nuestros políticos.

No es de extrañar que el PP ande más liado con el ‘relato que con ver si forma gobierno. ¿El PP? Sí… porque estaremos de acuerdo que al PSOE lo único que le queda es la pe de Partido porque ni es socialista, no digamos obrero, y según muchos ni tan siquiera español. ¿Y qué me dicen de Podemos? ¿Unidos, Unidas, Unides? Prepárense para el gobierno de Falconeti y el Coletas, o el Impostor y Naranjito. Sin embargo, la realidad es tozuda: España sigue quebrada, en bancarrota, nos cuenten el cuento que nos cuenten, con una deuda impagable y un desempleo monstruoso. Y según el CIS, el paro, la corrupción y los políticos son los principales problemas para los españoles. Que tomen nota. Ojalá algún día nuestros políticos llamen a las cosas por su nombre.

El poder de cambiar el lenguaje es cambiar el pensamiento porque, irremediablemente, pensamos con el lenguaje. Y así, la calidad de nuestros pensamientos e ideas solo pueden ser tan buenos como la calidad de nuestro lenguaje. Ya saben: lo que no se nombra no existe. Pero yo tengo esperanza, iluso de mí, porque hasta la muerte todo es vida.

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