El escritor Andrés Barba. Foto: Eduardo Carrera.

Cada nuevo paso literario que da Andrés Barba (Madrid, 1975) en su carrera profesional es siempre hacia adelante y con pisada firme. En poco más de un centenar de páginas nos abre de par en par las puertas a la asombrosa y totalmente verídica historia (pongan ustedes el grado de verosimilitud que deseen admitir en este apasionante juego narrativo) del arquitecto valenciano Rafael Guastavino, que a finales del siglo XIX se plantó sin pensárselo dos veces en una bulliciosa y emergente ciudad de Nueva York con el objetivo de patentar en el Nuevo Mundo la técnica medieval de la bóveda tabicada y experimentar en carne propia eso que se ha dado en llamar el “sueño americano”.

Llegaba a la metrópoli que poco después sería de los rascacielos sin saber una palabra de inglés y con  40.000 dólares procedentes de una estafa de valores. Haciendo uso de manera admirable de las técnicas de la novela biográfica aprehendidas de maestros como Schwob, Borges, Zweig y otros, Barba nos sorprende con la absorbente y desconocida historia de un hombre que tuvo una participación destacada en edificios tan emblemáticos a nivel mundial como Grand Central Station, la catedral de Saint John the Divine o el puente de Queensboro.

“Todos somos impostores. Cuanto menos tardemos en reconocerlo, mejor nos irá”

¿Ha elegido las andanzas de Guastavino padre e hijo como podría haberlo hecho de cualquier ciudadano anónimo?

Sí y no. No es fácil responder a eso. Creo que cualquier persona sería susceptible de convertirse en el centro de un artefacto literario como el que yo he hecho con Guastavino, pero también es cierto que Guastavino (los dos Guastavino, porque aquí funcionan como un solo sujeto) tiene una cualidad bonita: su historia es interesante no tanto por lo que tiene de espectacular (que es evidente) como por lo que tiene de elusivo, por los blancos de información sobre todo en torno a las verdaderas intenciones de los protagonistas. En esta historia importan tanto los hechos ciertos y probados como nuestra especulación sobre lo que no sabemos. Tal vez sea eso lo único un poco novedoso de este libro, que por otra parte pertenece a una tradición literaria muy clara.

¿Una existencia biográfica novelable requiere ciertos condicionamientos para convertirse en materia narrativa?

Lo que hace la literatura es justo lo contrario de lo que hace la política: aproximarse a lo ordinario como si fuese extraordinario. Un buen escritor consigue relatarnos un desayuno como si fuese algo magnífico, iluminador y epifánico, un político astuto puede llegar a hacernos creer (aunque cada vez menos) que sabe controlar algo tan extraordinario como una pandemia. La política, por tanto, hace lo contrario: tratar lo extraordinario como si fuese ordinario. Dicho esto, lo cierto es que todo, absolutamente todo, es materia potencialmente novelable con la perspectiva adecuada, lo que tiene que ser extraordinario es la perspectiva, la aproximación, no la materia.

¿Por qué precisamente Rafael Guastavino?

Porque era un tema divertido, muy español, y porque pedí una beca de la New York Public Library para escribir el libro y me la dieron. Si no me la hubiesen dado, tal vez no lo habría escrito, o habría escrito sobre otra persona, o no habría escrito en absoluto, porque lo cierto es que estaba en una especie de crisis y no sabía por dónde tirar. Llegamos a los libros siempre de manera azarosa. También Guastavino eligió Nueva York de manera un tanto accidental. Porque le habían dado una mención honorífica en la Centennial Exhibition de Filadelfia.

“Absolutamente todo es materia potencialmente novelable con la perspectiva adecuada, lo que tiene que ser extraordinario es la perspectiva, la aproximación, no la materia”

Admite que su libro se cimenta en parte en una mentira con respecto a la vida real de Rafael Guastavino. ¿Es el novelista otro ‘impostor’ como su protagonista?

Todos somos impostores. Cuanto menos tardemos en reconocerlo, mejor nos irá. O si no impostores, inevitablemente parciales. Pero yo no digo que sea mentira esta historia de Guastavino. Digo sencillamente que es imposible relatar la vida de nadie, ni siquiera la nuestra propia (que también está plagada de las mentiras que nos hemos hecho creer a nosotros mismos) y que ya que no puedo decir que es verdad, digo que me gustaría que fuera verdad. Un guiño literario. Por otra parte no me invento nada, todo está documentado. Y lo que supongo o aventuro lo hago porque es plausible.

¿Cómo han logrado uno y otro que no se aprecie la careta de la impostura?

Ah, es la cuestión del millón. ¿Cual es el mejor truco para que no se note la impostura? Pues un órdago: creerse de verdad la impostura, convertirla en cierta. Si una persona finge que es coja toda la vida hasta el punto de que se olvida que puede caminar correctamente, ¿es coja esa persona o no? ¡Pues claro que es coja!

Schwob, Borges y otros como Zweig marcaron la senda de la libertad narrativa en el género biográfico. ¿De quién ha bebido Andrés Barba en esta incursión en una zona tan sensible de la narrativa, a medio camino de la ficción y la realidad?

De todos los que has dicho y de muchos más: De Quincey, Aubrey, Echenoz, Michon, Carrère, Edmund White… Franceses y anglosajones, como ves, los reyes del género.

“Llegamos a los libros siempre de manera azarosa”

Imagino que la fase de documentación biográfica del personaje ha sido esencial para abordar con posterioridad su novela. ¿Cuántos de estos datos supuestamente fehacientes se ha creído a pies juntillas y cuántos deshechados para poder volar libremente?

Te respondo con otra pregunta: ¿Cuántos datos aparentemente fehacientes nos creemos nosotros de nuestra propia vida para poder volar libremente? Cuando Guastavino decide ir a Nueva York lo hace porque le han dado una mención honorífica. Lo cierto es que le dieron esa mención a casi todos los arquitectos que participaron en esa exposición. Yo me enteré de eso por causalidad. Es bonito como fábula moral. Como pensar que has ligado porque una chica te guiña el ojo, no saber que lo hacía porque se le había metido una mota de polvo, y acabar igualmente casándote con la chica.

Después de la eclosión y caída de la autoficción, ¿se atisba en el horizonte un resurgir de la novela biográfica en sus múltiples variantes? ¿Realmente existen las modas entre los escritores o todo es más casual de lo que parece?

Yo creo poco en las eclosiones y caídas, creo que eso está más bien en los medios. Más bien mi sensación es que todo está pasando al mismo tiempo, que sencillamente se presta más atención a una cosa que a otra, y eso hace que parezca que el resto de las cosas no existen.

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