Los seres humanos siempre se preocupan (y el que diga que no, lo dice irresponsablemente o miente), muchas veces sin poderlo evitar (preocupaciones naturales por salvarse de peligros-enfermedades o por tener las necesidades vitales: comer, sociabilización, etc) y otras muchas veces por ser esclavos de algo innecesario o de problemas idiotamente creados; porque, en claro, sirven a sinrazones, a caprichos, a negaciones de la realidad, a caminos hacia  alguna destrucción.

Además, una preocupación es el efecto obligado de cualquier pensar o pensamiento; ¡sí!, aunque sea un pensamiento de tener paz, ¡pues ya se tiene esa consecuente preocupación en tenerla!  Lo que pasa es que, si es un pensamiento estúpido (que los hay a millones) o si es un pensamiento irresponsable que sirve a algo tóxico socialmente (que los hay a millones), ahí se van creando correspondientes preocupaciones estúpidas o serviles a alguna irresponsabilidad, según cuál sea el caso.

La preocupación, entonces, puede ser el resultado de cada uno de los pensamientos estúpidos, recurrentes o aborregados, involucionistas o prejuzgadores, idólatras o fanáticos, ilusos o populistas, imprecisos o confundidores, bobos o inmaduros, que hay. Será el resultado que conlleva su fondo.

Por eso hay y habrán muchísimos que se preocupan solo por su dinero, por una fijación-idolatración que mantienen a un dictador (porque no decaiga), por el número de coches que quieren comprar a lo loco, por el número de novias que quieren conseguir (para ser más machitos que los demás), por el número de fundaciones (a sus mismísimos nombres) que quieren acaparar solo porque se les ha metido eso en sus inútiles cabezuelas, además de serrín y varias increíbles vanidades.

En el fondo, una preocupación únicamente se pone en funcionamiento (en una acción efectual de realidad) cuando ya se crea una importancia en la mente de cualquier ser humano. Así es, cuando un ser humano crea en su mente, en su pensamiento, una importancia (sea la que sea, y por los criterios que sean: correctos o erróneos), pues ya se pone en funcionamiento su correspondiente preocupación, ¡antes no!  Y de tal modo que, si  ésa importancia creada es una sinrazón o una inservible respuesta al medio individual o social, pues (de todas formas) se desarrollará una preocupación coherente a ella.

Si la importancia creada es la adoración a un nacionalismo, pues el afectado va a preocuparse a todas horas y en desvelo porque triunfe tal adoración; si es la adoración a un influencer, pues el afectado  va a preocuparse hasta la locura en que tal adoración siga, erre que erre, siempre por encima de todo lo esencial o de lo equilibrado.

El caso es que, cualquier importancia creada con manías, con obsesiones, con miedos o gustos a algo, con desequilibrios (sin moderación o sin supervisión racional), va de inmediato a determinar la equivalente preocupación en alguien porque ya no duerma o porque sin parar siga “dando la lata” a la sociedad con tal toxicidad o desequilibrio. Además de que se provocará, sin duda, un trastorno mental o una distorsión mental. ¡Eso es lo que hay!

También ocurre que, un político, solo cree ser político porque habla en nombre del pueblo (en vanidad y en autoengaño); y ocurre que, un científico, solo cree ser científico porque habla en nombre de la ciencia; etc. Cuando, lo único equilibrado (lo válido en razón)  es hablar en nombre solo tuyo o siempre a través de la razón (antes que de la ciencia, de lo mediático, de la política, de la religión o de cualquier convicción). Así es.

La preocupación en los seres humanos (en tal contexto), la mayoría de las veces, es causada por algo inútil, antinatural, inservible, extremista, obsesivo, caprichoso, imprudente o temerario. Y, ¡ya se sabe!, las consecuencias serán, ¡obvio!,  una complicación de sus propias vidas y de las que tienen al lado.

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