viernes, 18junio, 2021
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Lo «mini» ha vuelto y está de moda

Manuel I. Cabezas González
Doctor en Didactología de las Lenguas y de las Culturas Profesor Titular de Lingüística y de Lingüística Aplicada Departamento de Filología Francesa y Románica (UAB)
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En los años 60 del siglo XX, apareció, en EE.UU., una corriente artística denominada “minimalismo”, cuyo lema fue “menos siempre es más”. Este movimiento preconiza el empleo de elementos mínimos y básicos, como formas geométricas simples y colores puros; y la reducción de las formas a lo elemental, a la mínima expresión, a la sobriedad. Por extensión, el término minimalista se utiliza para referirse a cualquier cosa que ha sido reducida a lo esencial, despojada de elementos sobrantes y que utiliza lo mínimo. Por eso, se habla de minimalismo en pintura, en arquitectura, en interiorismo, en música, etc.

Enseguida, en los precitados años 60, la filosofía “minimalista” (“lo mini”) invadió otros campos o sectores más prosaicos, transformándolos. Primero, fue la British Motor Company (BMC) la que comercializó un automóvil pequeño (El Mini), que fue el más popular en el reino de Su Graciosa Majestad Británica, convirtiéndose en un icono de los años 60. En Italia, su hermano gemelo fue el Cinquecento; y en España, el Seiscientos, precedido por su hermano mayor, el Biscúter. También, en la misma época, causó furor (entre las chicas jóvenes) y envidia (entre las maduras), la lujuriosa “minifalda” (conocida, coloquialmente, por el apócope mini), que levantó más que pasiones entre los machos cabríos hispanos. Esta prenda estimulante vio también la luz en la Pérfida Albión; y fue una creación de la diseñadora británica Mary Quant, que se inspiró precisamente en el minimalismo del “mini” de la BMC.

Hoy, en los inicios del siglo XXI, “lo mini” vuelve con fuerza. De nuevo, se está poniendo de moda y parece que su dictadura se está imponiendo implacablemente en los más diversos campos y contextos. Pero, en estos momentos, ya no causa furor, ni envidias, ni cautiva, ni levanta pasiones ni deseos de ayuntamiento carnal, como la minifalda. Ahora, “lo mini” produce desencanto, frustración, preocupación, rabia, impotencia e incluso inapetencia libidinosa, etc. Si observamos de cerca las manifestaciones de este revival de “lo mini”, en este inicio del siglo XXI, podremos motivar y justificar los calificativos con los que acabamos de tildar a “lo mini” de nuestros días.

En 2005, la ministra socialista de Vivienda, Antonia Trujillo, ofreció a los jóvenes, con deseos de emanciparse y con recursos escasos, lo que ella denominó “soluciones habitacionales”. Este tipo de VPO eran mini-pisos de 30m²; pero, ¡cuidado!, con puerta, ventana, techo y paredes, donde todo quedaba al alcance de la mano e incluso del pie. Eran, como dijo la ministra Trujillo, las viviendas adecuadas al ciclo vital de los jóvenes y “jóvenas”, como verbalizó en su día Carmen Romero. ¿No hubiera sido más correcto que la ministra hubiera hablado de espacios para animales estabulados o de zulos o de ataúdes o de viviendas para Pulgarcito? ¿Qué tienen que ver estos “minipisos” con “una vivienda digna y adecuada” de la que habla el art. 47 de la Constitución?

Desde los años 80, en los que la tasa de paro juvenil superó el 30%, se les ha ofrecido a los jóvenes lo que se ha denominado popularmente “contratos basura”. Son contratos temporales, sin derechos y baja remuneración. Por eso, estos minicontratos” fueron tildados de basura. Y, para las remuneraciones, una joven catalana forjó el neologismo “sueldos mileuristas”: ingresos que no suelen superar los 1.000 euros al mes, que impiden que los jóvenes hagan proyectos de futuro y que, difícilmente,  permiten llegar a fin de mes.

Desde la crisis de 2007, tanto con Zapatero como con Rajoy, se empezó a hablar y a abonar el terreno (i.e. a entosicar a la ciudadanía), ofreciendo a los jóvenes españoles “minijobs”, a imitación de lo que se oferta ya en otros países europeos. Se trata de una nueva modalidad de “miniempleos”, que adoptan la forma de “minijornadas”  de algunas horas al día o de algunos días a la semana; y que son remunerados, no con “minisueldos”, sino con “microminisueldos” de 400€ o menos, que están a mil años luz de los malhadados sueldos de los “mileuristas”. Con estos mimbres, seamos razonables, los jóvenes españoles no podrán tejer el cesto de sus vidas.

Todos estos “mini” (a los que se podrían añadir muchos más) conforman una cadena, que encadena y esclaviza irremediablemente a los jóvenes españoles y que los condena, como ha titulado recientemente un medio de comunicación,  a llevar “minividas”. Éstas no son vida; son más bien un sinvivir, un sobrevivir, un vivir a medio gas (como un caballo embridado), un permanente malvivir. Para liberar y rescatar estas “minividas”, la casta política debería aplicar aquel principio de W. Churchill que reza así: “El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”. Sólo así, las jóvenes generaciones podrían empezar a vivir, que G. Marañón describe en estos términos, en un pequeño poema: Vivir no es sólo existir,/ sino existir y crear,/ saber gozar y sufrir/ y no dormir sin soñar./ Descansar, es empezar a morir./

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