Siempre me ha encantado, la cito cada vez que puedo, la he utilizado como pretexto o inspiración de cuentos propios y de mi taller, y ahora la estoy usando para titular, por segunda vez un articulo. Me refiero, claro, a esa frase deliciosa y perezosa, tan flexible, que escribió Gracián en El arte de la prudencia: “Lo más difícil de correr es saber detenerse”.

Existe un vértigo ante la proximidad del momento de parar: las rodillas, los pulmones, las ideas, los sueños… que he ido ignorando mientras corría se pondrán a gritar en cuanto me detenga: “¡Me has olvidado!” “¿No te das cuenta de que nos gana el dolor?” “¿Cuándo vas a convertirme en realidad?”

Existe un vértigo. Pero ese vértigo también posee un matiz seductor. Quedarme quieto del todo, no pensar en nada ni en nadie, tirarme en el suelo para mirar el cielo… Me gusta tirarme en el suelo. Me gusta mirar el cielo.

Claro que es una lastima parar: si mantuviese la velocidad me quitaría de enmedio las diez novelas inacabadas, las nueve novelas que debo corregir y revisar, las ocho novelas pendientes de publicar, las siete… humm, son las siete, la siete de la tarde. Creo que me voy a ir a nadar; es delicioso hacerlo a esta hora, cuando la gente se está yendo ya, la gente normal, no los excéntricos como yo: adoro ser el último en salir del vaso grande del Canoe, aún pasear si es posible alrededor de la piscina, sea verano o sea invierno, buscar luces y ángulos, estirarme mientras ando con pasos caprichosos e irregulares. Son las siete; mientras cierro el ordenador, me preparo y llego hasta allí serán las ocho. Puedo dedicar una hora a charlar con unos y con otros, incluso me da tiempo para pasar por el Alcampo de Moratalaz, para ver si hay alguna oferta interesante en la sección de informática… lástima que la librería esté tan centrada en lo comercial, resulta improbable que llegue a ver las novedades de Anagrama o Tusquets, casi imposible ver un libro de Acantilado, impensable nada de Haz Milagros o Impedimenta. Si me meto en el agua un poco antes de las nueve me dará a tiempo a hacer treinta largos de cincuenta metros; en verano la piscina olímpica del club suprime la barrera de división que duplica su capacidad a costa de acortar las calles hasta los veinticinco metros.

Caen las primeras gotas cuando empiezo a nadar. Extrañamente la mayoría de los nadadores se detienen -las señales que nos ayudan a pararnos, volviendo a Baltasar Gracián- pero a mí el agua cayendo del cielo me resulta estimulante, me recuerda a los años de África, los años de Dakar: atravesando la cortina de agua al volante del BMW 728 que me había comprado mi padre con el aire acondicionado al máximo; bajarme del coche a la puerta del hotel Savanah, en la Petit Corniche, la bofetada del calor y el agua de la lluvia repiqueteando sobre mi sombrero, desnudarme, tirarme a la piscina, también de cincuenta metros pero sin calles, vacía para mi solo, y ponerme a nadar, hasta cumplir la distancia decidida, o hasta que llegaban las ganas de salir, para regresar a casa o irme a explorar algún bar.

El cielo no es azul mientras nado en el Canoe, tiene el color del azufre, nado de espaldas, o más que nadar bailo caprichosamente en el agua: mover sólo una pierna, teclear frases sobre un teclado líquido que salta al ser empujado por las yemas de mis dedos, dar vueltas sobre mí mismo, pararme…. Pararme, y hacer el muerto. Mirando el cielo de azufre. A veces no resulta tan difícil detenerse, dijese lo que dijera mi amado hermano Baltasar. Baltasar, y Gracián.

Otras sí. Mientras reviso el artículo que me ha mandado Ángel mecanografiado pesa sobre mí la obligación de levantarme, vestirme de modo correcto a pesar del calor, e irme a firmar a la Feria ejemplares de El hombre que inventó Madrid.

Iba a hacer camisetas con el eslogan:

“¿Te vas a ir de la Feria de Madrid sin la novela del Hombre que inventó Madrid?”, pero aunque yo no dejé de correr las circunstancias quitaron la pista de bajo mis pies. Será en el aire, pero toca volver a correr.

 

(Texto dictado por Javier Puebla y mecanografíado por Ángel Arteaga Balaguer)

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Javier Puebla ha sido galardonado con diversos premios, tanto en prosa –Nadal, por Sonríe Delgado, y Berenguer, por La inutilidad de un beso– como en poesía: El gigante y el enano: V Certamen Vicente Presa. En 2010 recibió el premio Cultura Viva por el conjunto de su obra. Es el primer escritor en la historia de la literatura en haber escrito un cuento al día durante un año: El año del cazador; 365 relatos que encierran una novela dentro. En 2005 fundó el taller 3Estaciones y la editorial Haz Mlagros. Cineasta, escritor, columnista y viajero: ejerció funciones diplomáticas en Dakar durante cuatro años, y allí escribió Pequeñas Historias Africanas, Belkís y Blanco y negra. Gusta de afirmar en las entrevistas que nació para contar historias, y quizá por eso algunos de sus artículos parecen relatos o cuentos.

3 Comentarios

  1. Sigue corriendo…, escribiendo velozmente las ideas fantásticas que no quieren detenerse. Magnífica y original “La inutilidad de un beso”. Felicidades maestro.

  2. Qué maravilla cuando un libro que ya no está sobre la ola de la actualidad del mercado, me refiero a la inutilidad de un beso, vuelve a encontrar un lector. Te agradezco muchísimo el comentario y me encanta que te haya gustado. Espero que le di temprano un bolsillo bueno otro caso habrá que encontrar una alternativa . Gracias de nuevo y un beso Yayamontergo

  3. Sería maravilloso gobierno Rajoy, como dice uno de mis compañeros del periódico aceptarían los votantes el Pepe. Pero sería aún más maravilloso un gobierno sin políticos. Escribo el comentario dentro el pequeño mundo de mis artículos, porque entiendo que mis lectores habituales lo entenderán mejor . Excélsior.

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