viernes, 24septiembre, 2021
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Libertad con ira

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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Agazapado y jadeante, bajo una gran roca, Ermelo intenta escuchar los lejanos ladridos de los perros. La vegetación es escasa. Grandes rocas basálticas forman ondulados paisajes pedregosos. Resuella. Ha corrido mucho. Gran parte del trayecto lo ha hecho metido en el ancho cauce del único río que no se ha secado en cien kilómetros a la redonda. No cubre mucho, apenas un palmo pero, es suficientemente extenso. Desde su posición, se tumba ahora sobre la roca como si fuera un indio de una película que intenta escuchar el ruido de los lejanos caballos y levanta suavemente la cabeza para otear el espacio que se extiende a su alrededor, intentando divisar a los ruidosos canes. Nada se mueve a su alrededor. Sólo la escasa hierba macilenta surfea bajo la presión del suave cierzo. Ahora debe descansar. Un intenso y punzante dolor costal le indica que no puede seguir. Al menos hasta dentro de un rato.

Se acurruca en el hueco, a la sombra, debajo de la roca. Cierra los ojos e intenta calmarse. ¡Qué ciegos habían estado! Los periódicos, la radio, la televisión, todos los medios reclamaban libertad. Y en nombre de esa libertad acusaban de comunistas y totalitarios a quienes suponían un peligro para sus negocios y su acomodada y exclusiva forma de vida. Todos les creían. Porque podían ir al centro comercial, al parque o al campo si lo tenías cerca. Podían ir a la playa o a esquiar si podías pagarlo o incluso tener una vivienda si ganabas suficiente para respaldar el crédito hipotecario o para acoquinar el recibo del alquiler del mes. Pero el trabajo se volvió escaso y las casas fueron declaradas como bien privativo. Grandes especuladores que invirtieron su sucio dinero en fondos de inversión que les rentaban sin mover un sólo dedo, se convirtieron en caseros. Amigos y prebostes del régimen que durante la burbuja inmobiliaria duplicaban lo invertido en tres años, cuando estalló la burbuja y no pudieron seguir especulando, se pasaron al negocio inmobiliario turístico.

Luego, aquella pandemia, que acabó dejando a más de la mitad de la población sin ingresos, sin trabajo y sin futuro. Y la vuelta al negocio del turismo que acabó desertizando el país con sus campos de golf y sus urbanizaciones inmensas en las que gentes de otros países venían a pasar grandes temporadas. A eso se le añadió el cambio climático. El agua comenzó a ser un elemento escaso. Y como todo lo demás, en nombre de la libertad se dejó el uso y distribución en manos de unos pocos que, de nuevo, comenzaron un lucrativo negocio. Las gentes, comenzaron a abandonar las ciudades. Los que pudieron, se refugiaron en sus pueblos. Los que no, se echaron a los escasos bosques que no se habían quemado. Y comenzaron a vivir de lo que daba la tierra. De la caza de los animales, cada vez más escasos por la falta de agua y por la sobrexplotación. La prensa seguía contándolo todo en nombre de la libertad. Una libertad que ya sólo tenían los privilegiados porque se prohibieron hasta los cambios de domicilio sin el consentimiento de los poderes políticos. Se prohibió la caza a todos los no autorizados en nombre de la libertad. Se prohibió la realización de pozos y hasta el consumo de los arroyos y fuentes naturales, porque el agua, ya no era un bien de primera necesidad, sino un bien especulativo. Y en la espiral de desvarío totalitaria, se permitió a quienes tenían la concesión del uso y distribución del agua, a defender su negocio con las armas, porque la gente tenía sed y se colaba en las instalaciones para llevarse el agua a casa o se iban a los pocos manantiales que aún quedaban, a beber. Y seguían hablando de libertad. Seguían insistiendo en que, quiénes robaban el agua, eran comunistas que querían acabar con el mercado de la libre competencia.

Ermelo, abrió de pronto los ojos. Le parecía haber escuchado ladridos a lo lejos. Se encaramó de nuevo a la roca, levantó la cabeza hasta poder otear por encima el valle, y observó que los perros estaban aún muy lejos y daban vueltas sin sentido. Se preparó para una nueva huida al trote. Cuando iba a comenzar a correr, se encontró con uno de sus perseguidores, uno de los que hacía de avanzadilla rastreadora, que estaba orinando junto a uno de los enjutos enebros que crecían en el pedregal. Tenía el fusil apoyado en una de las rocas. Se acercó sigiloso y cogió el fusil. El rastreador intentaba amedrentarle diciéndole que no aumentara la pena. El robo de armas le llevaría directamente al garrote. Cómo si Ermelo no supiera ya que si le cogían, no llegaría vivo a la noche. Podían matarle legalmente sólo por haber cazado un conejo y bebido agua del rio. Su única esperanza era desparecer. Hacer que los perros no pudieran seguir su rastro. Tenía una oportunidad. El rastreador era de su estatura y talla. Así que hizo que se desnudara. Cuando lo estuvo, cogió su ropa. Le ató las manos por detrás, con una brida, abrazando el enebro sobre el que había miccionado, lo tapó la boca con un pañuelo y emprendió de nuevo camino hacia el río. Una vez dentro del cauce, cambió sus ropas y dejó que la corriente se llevara las que acababa de quitarse. Volvió sobre sus pasos y cuando llegó de nuevo al enebro donde seguía el oteador, le enchufó varias descargas seguidas con el taser en el pecho, a la altura del corazón. Se volvió a quitar la ropa, le vistió, le quitó la brida de las muñecas y metió el táser en la cartuchera. Dejó el rifle en la roca y corrió de nuevo hacia el río.

Al llegar, desnudo corrió río arriba en busca de la libertad.

¡Qué iluso! Se había librado por esta vez. ¿Hasta cuándo?

*****

Libertad con ira

Sin libertad, la democracia es despotismo.

Sin democracia, la libertad es una quimera.

Octavio Paz

Poeta. (1914-1998)

¿Un jilguero en una jaula es libre? Come, defeca, bebe agua, puede subir y bajar del suelo de la jaula al aseladero y hasta canta. Y si le juntan con una jilguera, hasta procrean. Sin embargo, la mayoría coincidiríamos en que no es libre. La libertad es un concepto difuso. Y últimamente muy desencaminado. Decía el otro día el cómico Ignatius (@IgnatiusFarray) « ¿Por qué lo llaman libertad cuando quieren decir dos cañas y unas bravas?» Y aunque en tono burlesco, daba en el clavo. Desgraciadamente muchos de nuestros compatriotas creen que la libertad es eso, poder ir al bar, tomarse unas cañas, ir al centro comercial, al calorcito del invierno y al aire acondicionado del verano, ir al cine, salir a la calle,… Quizá por eso en los lugares dónde los corruptos han acuñado eso de Socialismo o libertad,la pandemia se ha cobrado más vidas, el número de enfermos ha sido más elevado y el coste psicológico para el personal sanitario ha sido enorme y el económico, se ha dirigido casi única y exclusivamente al COVID, con la consiguiente pérdida de vidas humanas por otras afecciones no pandémicas. Quizá por esa concepción libertaria narcoliberal, muchos bares de Madrid, han entrado en campaña con un cartel que dice que «Todos somos Ayuso, gracias por cuidarnos», ignorando el primer principio de la hostelería que es el de que detrás de la barra, no hay color político, ni equipo de fútbol, ni religión confesa, porque cada cliente es de su padre y de su madre. El cartel, además de ser un despropósito como campaña de marketing, es una falacia. ¡Que se lo pregunten a los familiares de los miles de ancianos que atendiendo a los criterios de exclusión que partieron desde el gobierno de Ayuso, murieron por no haber sido trasladados al hospital! Esta es una de las causas por la que Madrid es cada día más odiado en el resto del estado. Porque mientras los demás eran obligados a respetar los consejos de los expertos, la indecencia hecha Virgen de la Negación, convertía Madrid en el lupanar de Europa, en el parque de atracciones del bebercio de los franceses y en el foco de contagio y extensión de la cuarta ola.

La libertad no es un concepto individual, sino colectivo. Había un dicho de los franquistas allá por los primeros años ochenta en el que decían estar a favor de la libertad pero no del libertinaje. Para ellos, la libertad consistía en que el pueblo estuviera calladito y sumiso. La libertad era aguantar el chaparrón y cumplir con las obligaciones designadas por el régimen para que todo funcionase conforme a sus intereses. El libertinaje eran las huelgas que exigían derechos laborales, las manifestaciones, los piquetes, las reclamaciones de excarcelación de los presos políticos, la liberación de la mujer, la igualdad de derechos, el divorcio, el aborto y hasta la declaración del ateísmo. El libertinaje eran los besos en la calle, la minifalda, los escotes y que las mujeres fumaran y entraran en los bares.

Y ahí siguen. Ahora lo llaman comunismo. Después de tanto tiempo, han vuelto a salir del baúl en el que hibernaban entre bolas de Alcanfor y naftalina. Después de haber superado aquel régimen que se vanagloriaba de la paz, y el progreso pero que en realidad humillaba, torturaba y hasta asesinaba a todo aquel que utilizara lo que consideraban libertinaje y cuyo progreso era el hambre y las cartillas de racionamiento de los cincuenta y las migraciones masivas de los sesenta con cuyos royalties conseguía el régimen franquista, a duras penas, llegar a los niveles de vida de 1936 en 1970, volvemos, de nuevo, con la burra al prado de tener que advertir sobre aquello que ya teníamos superado y que por más que figure en la sacrosanta Constitución, parece que no interesa. ¿Qué libertad tienen los más de 11 millones de personas que según en INE, (fuente La Razón) son pobres y están en riesgo de exclusión social? Incluso para esa merma del concepto que lo reduce a poder ir al bar, ni siquiera pueden hacerlo porque bastante tienen con sobrevivir mes a mes y con comer una vez al día. ¿Qué libertad tienen los padres que no pueden pagar en B el colegio concertado de turno, cuando el Gobierno de Madrid obliga a sus hijos a compartir clase con otros cuarenta compañeros? ¿Qué libertad tiene la médica o el enfermero al que contratan por días y firma nueve contratos al mes? ¿Qué libertad tiene el obrero al que le contratan para dar yeso en una obra por dos horas? ¿Y aquellos que volver a vivir a casa de sus padres, de un amigo o quedarse en la calle porque los jueces no garantizan el artículo 47 de la Constitución y si el desalojo para el beneficio de un fondo buitre? No, querido lector. La libertad es un concepto colectivo. Porque tu libertad está supeditada al consenso de la de los demás. Ni en la propia casa puedes hacer lo que quieras a no ser que vivas en una cabaña en medio del bosque. No puedes montar fiestas a las tres de la mañana que molesten a tus vecinos. No puedes usar el taladro más tarde de las 10 de la noche y si tienes un aparato de aire acondicionado que supere los 56 decibelios te lo pueden precintar. No. La libertad no consiste en hacer lo que uno quiera. Y mucho menos limitar la acción, los derechos de los demás para que tú puedas actuar como una desequilibrada narcisista, como una ludópata que se gasta la pensión en las tragaperras. La libertad no consiste en externalizar el empleo de los impuestos para que tus amigos de los que tradicionalmente se ha llenado la caja B, hagan negocio que a su vez revierta en tu partido. La libertad no consiste en gastarse los fondos de lucha contra el covid en un corral con camas. La libertad no consiste en hacer lo que te salga del refajo porque sabes que tus amigos afinadores te lo van a pasar por alto, mientras se centran en abrir una y otra vez procesos contra tus oponentes, que acaban en nada, pero que producen suficiente ruido mediático como para calar como una gota china, en el intelecto del ciudadano. La libertad no puede consistir en utilizar los fondos de todos en sostener a la iglesia católica, mientras cierras escuelas públicas, o las haces inhabitables elevando el ratio a tipos indecentes, dejas de invertir en bibliotecas o cierras espacios a las asociaciones vecinales. La libertad no puede consistir en negar que el divorcio es un derecho mientras tú tienes recursos e influencias suficientes para sobornar al Tribunal de la Rota para que declare nulo tu matrimonio. La libertad no consiste en negar el derecho a la interrupción del embarazo, porque tú puedes permitirte el lujo de enviar a tu querida o a tu hija a Londres a que se lo hagan legalmente. La libertad no consiste en negarle a los demás el derecho a una muerte digna porque tú decidas que dios no lo quiere, pero usas tu dinero y tu poder para que te administren todos los analgésicos y drogas que hagan falta para que no te duela. La libertad es empatizar con los demás, ser generoso con sus necesidades y aspirar a que todos puedan vivir lo mejor posible. Porque sin igualdad, no puede haber libertad.

España es un país de envidiosos ignorantes que se sienten bien consigo mismo cuando joden al vecino y no cuando logran sus metas. Aquí, cuando un colectivo de trabajadores gana honradamente lo que les gustaría ganar a los demás (como los estibadores), en lugar de luchar por llegar a su nivel, se les llama privilegiados y lo que se pretende es que les bajen el sueldo en lugar de luchar porque se les suba a todos. España es el país dónde alguien con carrera no puede ocupar un ministerio por haber sido cajera de un supermercado, pero quién llevaba la cuenta de Twitter de un perro es adecuada para desgobernar la Comunidad de Madrid. El lugar dónde un profesor universitario con dos licenciaturas que habla idiomas no puede ser vicepresidente del gobierno pero un tipo al que le costó 4 años pasar de curso en derecho y que siendo ya dirigente de un partido, en una universidad con numerosos escándalos formativos, superara en seis meses lo que no había sido capaz de hacerlo en cuatro años, está capacitado para ser presidente del gobierno. España es el país dónde el hijo de un obrero que estudió un grado superior de FP no puede ser ministro pero un lerdo que no ha sido capaz de superar la secundaria, podría llegar a ser rey. España es el país dónde si dices libertad es lo que tengo aquí colgado, tienes más votos que si pretendes que esos doce millones de españoles puedan comer tres veces al día.

Cuentan que el ex Ministro de Justicia de la República Fernández de los Ríos, en un viaje a Moscú, le dijo a Lenin que allí, en la URSS se restringía la libertad. Y Lenin contestó, ¿Libertad, señor? ¿Para qué?

La libertad es un derecho fundamental. Pero, en este sistema de hijoputismo agravado por el franquismo sistémico que padecemos en nuestro país, la libertad no puede restringirse a conceptos tan inocuos como el poder ir al bar, fumar en los estadios o salir a pasear cuando a uno le de la gana.

La libertad es poder comer todos los días, tener trabajo que te lo permita, igualdad en el acceso a la educación, sanidad universal pública, garantía en los derechos, poder manifestarse sin miedo a recibir una paliza o una multa, no tener miedo a salir de noche cuando eres mujer o poder competir en igualdad de condiciones con un hombre. Y eso, aquí, ni lo olemos.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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