Hoy ha sido un día grande en la historia de la Fórmula1: Lewis Hamilton igualaba el número de victorias en grandes premios, 91, de Michael Schumacher.

Pero aún no había terminado la carrera de Nurburgring cuando comenzaba Roland Garros. Rafa Nadal en menos de tres horas conseguía igualar en 20 Grandes Torneos, Gran Slam, a Roger Federerer, por estadística y hasta hoy el mejor tenista de todos los tiempos.

Era imposible resistirse a la comparación, decidir qué triunfo es más importante y meritorio, si el de Hamilton o el de Nadal; admitiendo por supuesto que ambos son impresionantes y asombrosos.

Escribimos sobre F1 porque es nuestro deporte favorito, aunque la F1 ya no es la que era: el peligro de muerte es casi inexistente, y la importancia de la máquina es claramente superior a la del piloto. Si Valteri Bottas tuviese como compañero de equipo al peor conductor de la parrilla sería él, Bottas con su Mercedes, quien comandaría el mundial y podría soñar con batir records. Por eso nosotros hablamos de LAS ALMAS y no sólo de la F1, nos interesan más el corazón y el cerebro.

Hamilton es un piloto buenísimo, pero ninguno de sus rivales tiene sus armas, Hamilton usa bayoneta y los demás cuchillos más o menos largos (el de Leclerc este año es incluso cortito).

En cambio Nadal es su propia bayoneta o cuchillo. Se vence a sí mismo en cada partido. Al fina de cada trofeo se enfrenta al mejor cara a cara, de igual a igual, con dos raquetas que son lo suficientemente iguales.

Aplaudimos a ambos, a Hamilton y a Nadal, pero ya que nos hemos puesto a compararlos -dentro de que son deportes tan distintos- no podemos sino pensar que Nadal, como deportista, tiene aún más mérito que el piloto de carreras británico.

A quienes miramos sólo nos quedan estas pequeñas cosas, estos pequeños juegos. Hoy ambos deben estar admirados de sí mismos, sorprendidos de haber crecido tanto y llegar tan tan lejos.

Tigre tigre.

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