Las antiguas civilizaciones interpretaban la realidad con una trabazón incondicional entre la naturaleza, el hombre y los sucesos festivos o funestos. Así nacieron los ritos, los mitos y relatos religiosos y su correlato divulgador: el lenguaje y la poesía. Dicho de otro modo, el lenguaje nació y creció poético y ha devenido en funcional, maquinal, prosaico, aunque seamos trilingües y políglotas. Y en muchos casos y contextos se ha erigido en una palabrería huera sin ejecutoria con sus nuevos hechiceros y sus prosélitos.

El lenguaje antes que destreza fue creencia. La literatura, la buena, no es más que una vieja reescritura herida de religiosidad. Símbolos y mitos que proponen una lectura e interiorización individual; un estado superior de conciencia. Por esto mismo, en términos simbólicos, lo más parecido a la nada es el aire y en términos reales lo más parecido al aliento es también el aire. De hecho, se le otorga este significado académico. Por eso cuando sopla el aire, soplan los alientos, se mueve la vida. Soplan los alientos primeros, los últimos y los de en medio. Sopla el aliento adolorido de Miguel Hernández. El aliento se echa, sopla y además duele. Lo descubrió el poeta de Orihuela con la muerte de su amigo Ramón Sijé, luego lo propagó a los cuatros vientos la voz de Serrat y todo el mundo supo que el aliento duele como una víscera sin que suene a exageración.

El lenguaje es una facultad innata con capital en la corteza cerebral. Las lenguas, una convención afortunada de los seres humanos. Hay convenciones con hechuras de Torre de Babel, claro, en las que se reparte la tarta del poder y de los intereses creados. En nuestros días la concreción particular y social del lenguaje se convierte en la mayoría de los contextos en un mecanismo o automatismo desmemoriado, sin el recuerdo vivo y presente de que el lenguaje es una gracia, un don, no sé si divino o evolucionista. Y hemos convertido esa merced, en virtud de nuestra soberbia y desapego del misterio, en una evacuación mecánica contaminada de rutina. Se nos olvida que el lenguaje, que está por encima de las lenguas y las hablas, no es un simple procedimiento evacuatorio y tiro de la cadena a ser posible que sea de plata. El lenguaje no nos puede banalizar aún más, sino todo lo contrario. Aunque venga incluido en la caja de herramientas del cuerpo, sirve para proyectarse y expandirse más allá de nuestra mera corporeidad, cada vez más sobredimensionada. Es el portavoz del pensamiento.

El capitalismo/consumismo ilimitado con su magnetismo, su simpatía, su fotogenia para captar clientes, ha contribuido a vulgarizar y simplificar todos los mitos, ritos y rituales en el aquelarre apoteósico del dinero regado con mucha sangre a precio de saldo: brinquen, brinquen, multinacionales, financieros, banqueros alrededor del tótem de la economía financiera, que no para de pedir más sacrificios humanos. Es lo que tienen los dioses planetarios, se la terminan creyendo y se vuelven insaciables y vanidosos. Es lo que tienen los hombres, no saben repudiar a tiempo las falacias y fetiches y terminan abjurando y quemándose a lo bonzo, sin ritual, sin ceremonial, sin poesía, sin fe, sin religión que valga. Escuchen la última: en un hospital de Houston ya no hacen transplantes de corazón, sino de lingotes de oro, para que vivas tan “ricamente” en tu caja torácica. El lenguaje es una intentona, con mayor o menor fortuna, de trascendencia y potestad de elevación. Hay quien ha llegado a levitar leyendo, escuchando o escribiendo. Es una tentativa desnuda, descalza y mercedaria, igual que un monasterio recogido en su remanso y alejado de la algarabía politizada de los idiomas y de las tertulias vocingleras con sus hachas tribales.

Una búsqueda de sujeto y sujeción más que de objetos y justificaciones. Como cuando Yahvé se levantó temprano una mañana en el Génesis y decidió crear el mundo mediante el poder de la palabra. Las palabras como semillas mágicas que ayudan a construir. El lenguaje como pensamiento y creación y como acto de entrega y de bondad, el más alto signo de la inteligencia. Reducirlo a simples abstracciones nominalistas y a una mera competencia comunicacional es traicionarlo y asesinarlo por la espalda. Iba uno para grecorromano y para judeocristiano y al final terminó de soñador insomne frente a la orgía de los escaparates.

El empobrecimiento y la robotización del lenguaje es fruto de una sociedad utilitarista y de políticas camastronas en materia educativa y cultural. Nuestra pobreza expresiva no es casual. Quizá tenga que ver con nuestro raquitismo de espíritu y nuestra estrechez de miras, exclusivamente pragmáticas. No es un problema de la escuela. Llega a la escuela y se adhiere a ella. Eso sí, le ponen un nombre interminable y opulento para que cale hondo y cause asombro: competencia en comunicación lingüística.

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1 Comentario

  1. Supongan que un coche es la sociedad.
    Pues Dios te diría -«Cambia el embrague que está mal»
    Y la sociedad contestaría:
    -«No pienses en la parte negativa de todo, mira la parte bonita del coche, el volante es precioso, rosita, brillante, perfecto…»
    Y Dios o lo Correcto respondería:
    -¿Que decís, cabrones?, ¡no entendéis ni un átomo del bien!, ¡ni uno!
    Pues eso es lo que pasa exactamente en la sociedad, que no entiende ni quiere entender nada, anclada en sus prejuicios y en su LENGUAJE (poso de malos hábitos), que es el mayor escondite de todos los males.
    Exacto, nunca jamás hay que mirar la parte positiva absolutamente de nada, ni la parte que te digan, ni la parte que se vende mucho, ni la parte conveniente, ni la parte que en APARIENCIAS es la mejor, sino hay que mirar a la realidad y a tu responsabilidad, a tu error y al error irracionalmente buenizado en cualquier contexto real de la vida para repararlo o subsanarlo y, así, determinar por ti una mejora-bien. Un paso no falso.

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