“Los argentinos han aprendido a escribir con curvas”  expresó Jorge Luis Borges en una de sus memorables metáforas para referirse al lenguaje elíptico que prevalecía en tiempos del terrorismo de estado.

 En aquellos  años, el miedo impuesto por el terror se manifestaba en el lenguaje. Escribir y hablar con curvas no sólo eran los efectos del miedo. También era un recurso impuesto para presentar  a la dictadura como una apertura al orden y a la convivencia en paz, aunque se trataba del orden de las bayonetas y la paz de los cementerios.

 A los comandantes del genocidio se les presentaba como un trío mesiánico que tomaba el poder para salvarnos de caer en el infierno.

 “Nuevo gobierno”  decía en  su principal título el diario Clarín y desde ese mismo instante el lenguaje oral y escrito se convirtió en la herramienta apropiada para dibujar una falsa realidad.

 A la dictadura se la presentaba como un proceso de reorganización nacional mientras miles y miles de personas eran secuestradas, torturadas y asesinadas en los campos de concentración a los que se distinguía como centros de recuperación.

 Al genocida mayor se le confería el título de presidente al tiempo que se clausuraba el Congreso Nacional, se prohibían las actividades políticas, se intervenían los sindicatos, desaparecía la libertad de expresión y el poder de las armas quedaba por encima de la Constitución y las leyes.

 El genocidio encontró en el lenguaje con curvas una nueva acepción: guerra. Una falacia a la que la propia sentencia que condenó a las juntas militares en 1985 llamó por su nombre: PLAN CRIMINAL.  

 A los apropiadores de niños se les identificaba como padres adoptivos para conferirles una aureola de humanidad aunque se  tratara de los mismos usurpadores que asesinaban a las madres que parían a esas criaturas en los campos de exterminio.

 En el marco de ese  lenguaje distorsivo, los grandes medios de comunicación aportaron lo suyo para convencer a buena parte de la sociedad que las víctimas eran los victimarios y que si aquellas desaparecían “algo habrán hecho” o “por algo será”.

 Cuando en marzo de 2020 el flamante presidente Alberto Fernández  sugirió que había que dar vuelta una página de nuestra historia reciente, cuya responsabilidad atribuyó  a “la inconducta de algunos desubicados”, exhumó aquel lenguaje con curvas.

 Doblemente negativo por el escenario desde el cual lanzó el mensaje. Nada menos que desde Campo de  Mayo, uno de los centros de confinamiento y exterminio que funcionó durante el terrorismo de estado.

 Qué oportunidad perdió Fernández –como presidente y a la vez como máxima autoridad militar- para decirles a las nuevas generaciones de las fuerzas armadas, formadas en democracia, que nunca más deberán ser el brazo criminal de su propio pueblo.

  En este nuevo aniversario del golpe cívico-militar-clerical del 24 de marzo de 1976, el presidente debería aprovechar la oportunidad para hablar sin curvas y decirles a las fuerzas armadas que el ominoso pasado estará siempre presente en la memoria de los argentinos y argentinas que defienden la vida y la libertad.

 Y algo no menos importante para decirles: que su  formación debe nutriste de los valores y principios de la escuela de San Martín y NUNCA MÁS de la escuela de Videla.

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