El argumento y el tema no son la misma cosa. Hay quien piensa, por ejemplo, que Camino a la perdición es una película de tiros porque la protagonizan gánsters. En realidad, la cinta de Tom Hanks y Paul Newman va sobre las relaciones entre padres e hijos, sean el vínculo de naturaleza biológica o de otro tipo. El lector de la Ilíada, la clásica epopeya atribuida a Homero, corre también el peligro de perder de vista el significado profundo para quedarse solo en la superficie de la trama. ¿No está lleno el poema de episodios bélicos? Algunos, por cierto, rozan lo gore por su extrema violencia. Pero, si miramos más allá, comprobamos que los protagonistas, aunque sean hijos de su época, son portadores de emociones universales en las que nosotros, los ciudadanos del siglo XXI, aún podemos reconocernos.

La Ilíada nos cuenta un conflicto absurdo, kafkiano. Un príncipe troyano, Paris, le ha robado su esposa, la bellísima Helena, a un rey griego, Menelao. Esa es razón suficiente para que se desate una contienda interminable con todas sus secuelas de muerte y destrucción. Los guerreros de uno y otro bando acuden a la lucha, pero en el fondo tienen conciencia de que están dando su sangre por un motivo fútil. Es por eso que Anténor propone devolver a Helena a los aqueos, de forma que Troya pueda recuperar la paz. Todos, en ambos bandos, están deseosos de recuperar sus existencias cotidianas. Unos, los griegos, porque han dejado en sus hogares a sus esposas o hijos. Otros, los troyanos, porque temen que su urbe pueda llegar a ser destruida y sus seres queridos mueran o se vean reducidos a la esclavitud. Por extraño que parezca, la Ilíada, admite ser leída en clave pacifista. Ares, el dios de la guerra, aparece como una divinidad perniciosa y manchada de crímenes, auténtica pesadilla para los mortales.

Los personajes son nuestros contemporáneos por su humanidad a borbotones. ¿Cómo no empatizar con Andrómaca, la compañera de Héctor, cuando se lamenta por el futuro que la espera? Es una esposa enamorada que se rebela ante su horrible destino. De ahí que le suplique a Héctor que anteponga la vida al código de la gloria militar: “No dejes a tu niño huérfano, ni viuda a tu mujer”. Héctor, a su vez, preferiría envejecer junto a ella y el hijo de ambos, un pequeño al que besa y mece en sus brazos con la mayor ternura. En ese instante, el soldado perfecto nos muestra que no está hecho de hierro; posee el corazón de un marido y de un padre. Sabemos que será el perdedor, pero, por su nobleza y su sentido del honor, antes simpatizamos con él que con ese bruto sanguinario e histérico llamado Aquiles. Homero condena su sed de venganza tras perder a su amigo Patroclo: los dioses no aprueban la ausencia de piedad.   

Aquiles, una temible máquina de matar, será el que liquide a Héctor. Tal vez, si hubiera que escoger la escena cumbre de la Ilíada, esa sería la entrevista entre Príamo, rey de Troya, y el furibundo Pelida. El anciano monarca, para recuperar el cadáver de su hijo predilecto, no duda en humillarse ante su verdugo, suplicar y ofrecer un cuantioso rescate. Ante la magnitud de su desgracia, le da igual morir, siempre que sea con Héctor en sus brazos. Conseguirá, finalmente, recuperar el cuerpo y concertar una tregua para las honras fúnebres. La dignidad del soberano, un hombre destrozado en lo más íntimo al que imaginamos con la majestuosidad de Peter O’Toole, su intérprete en Troya (2004), nos seduce y cautiva. Como todos los padres, está dispuesto por su hijo a afrontar cualquier riesgo, a soportar cualquier sacrificio.

El público general, ante cualquier libro con personajes clásicos o históricos, suele reaccionar con un gesto de fastidio. Todo lo que huela a un pasado remoto parece llevar el estigma de lo aburrido. Haríamos mejor en darnos cuenta de que los grandes relatos no han llegado a ser perennes por algún azar aventurado. Se mantienen eternamente frescos porque cada generación puede extraer sus propias enseñanzas de esas enciclopedias de la condición humana, unos espejos que nos devuelven la imagen fiel de lo mejor y lo peor de nosotros mismos.

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1 Comentario

  1. Leer a los clásicos dignifica siempre nuestra humanidad. Quizás por eso estemos tan deshumanizados, porque no los leemos suficiente. Todos están cargados de sustancia inmensa. Somos muy tontos, si no los aprovechamos. Es tan difícil mantenerse frescos y vivos que eso solo lo pueden hacer los clásicos. Me gusta mucho el artículo.

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