Era dios, era el piloto más rápido de todos los tiempos, era invencible e imparable, Charles Leclerc. ¿Imparable? Nadie es dios, nadie es el mejor piloto del mundo y de todos los tiempos, nadie es  invencible, ni imparable.

Parable. El muro. Los muros salvajes de Bakú. Su circuito fetiche, pero el muro…

Charles Leclerc odiándose a sí mismo, maldiciéndose, pegando golpes al volante, llamandose torpe y estúpido delante de la mirada del mundo, y también delante de la mirada de Ferrari y de su compañero y rival Sebastian Vettel.

No hay peor enemigo que uno mismo, no hay enemigo más peligroso que uno mismo.

Mañana en la carrera de Bakú, Charles Leclerc tendrá otra oportunidad. Con sus neumáticos más duros y resistentes que los de todos los pilotos que tiene delante y en un circuito donde se puede adelantar. Un circuito lleno de muros salvajes. Mañana demostrará si es capaz de domarse o si alguna otra pequeña fragilidad personal le puede derrotar una vez más.

Todo puede suceder aún, mañana. Hoy ya no, hoy Charles Leclerc borracho de sí mismo ha cometido un error sin ninguna necesidad pues ya tenía garantizado el paso a la siguiente manga de clasificación.

Bakú, la carrera salvaje y más imprevisible de todo el campeonato, en la que cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa siempre puede pasar.

Qué delicia para la afición tanta imprevisibilidad.

 

Tigre tigre

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