unión

Cuando optamos por no ayudar en una situación ajena a nuestro contexto, la decisión está relativamente libre de implicaciones de deslealtad. Es más bien una cuestión de libre elección. Nos ha pasado en enero, ante las noticias sobre aquella provincia china llamada Wuhan. Sin embargo aquí y ahora, si no apoyamos, si no somos leales a quien lo necesita a pocos metros de nosotros, nos sacude emocionalmente. ¿Aunque regente un bazar chino?

No hace mucho tiempo el planteamiento era otro. Empresarios españoles dejan sin trabajo sus propios conciudadanos para darla a desconocidos de China, Corea del sur, Brasil, India o de otro lugar; argumentan su decisión diciendo que, para ellos, la justicia se encuentra por encima de la lealtad, lo que los empuja a actuar como ciudadanos del mundo.

El comercio internacional y la globalización, están siendo gravemente alteradas con la situación actual. El desconocimiento nos hace imposible saber a qué nos enfrentamos exactamente, porque todavía no hay una estimación temporal sobre cuándo se conseguirá contener el virus, ni cuánto tiempo llevará encontrar una vacuna. Vemos que las mayores recesiones económicas están impulsadas por la demanda y, por lo tanto, cuanto más tiempo se propague el virus, es más probable que el efecto de la demanda sea mayor y más larga la recesión económica mundial.

¿Qué deben hacer las democracias ricas ante esta situación de depresión económica, ser leales a ellas mismas y entre ellas y seguir manteniendo unas sociedades libres para un tercio de la humanidad a costa de los dos tercios restantes o bien deben sacrificar las ventajas de la libertad política en pro de una justicia económica igualitaria de ámbito mundial? ¿La pandemia modificara esta situación o como parece, el nacionalismo de Estado impondrá el cierre de fronteras?

¿Qué es más adecuado, describir unos dilemas morales como estos en términos de conflicto entre lealtad y justicia o, más bien, describirlos en términos de conflicto entre lealtades a unos grupos más pequeños (familia, clase social) y lealtades a unos grupos más grandes (Nación, humanidad)? Esto equivale a preguntar: ¿sería posible sustituir la noción de «justicia» por esta otra de «lealtad» a unos determinados grupos?

Qué es mejor: describir los diversos dilemas que se han planteado aquí como conflictos entre lealtad y justicia o hacerlo, de una forma más concretamente, como conflictos entre lealtades a grupos particulares. Dicho de otra manera: ¿las exigencias de justicia que hacen las sociedades liberales occidentales al resto del mundo, son hechas en nombre de algo no sólo occidental sino más universal como pueda ser la moralidad, la humanidad o la racionalidad, o bien no son más que expresiones de lealtad a unas concepciones locales, occidentales, de la justicia?

Ser racional y lograr una mayor lealtad no son más que dos descripciones de la misma actividad. Porque cualquier acuerdo no coercitivo entre individuos o grupos sobre qué hacer crea una forma de comunidad y empieza a disolverse la oposición entre argumento racional y sentimiento de compañerismo, ya que este último aparece a menudo cuando nos damos cuenta de que la gente contra quien pensábamos que quizá deberíamos hacer servir la fuerza es, en realidad, “razonable”.

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