El apagón informativo en la guerra Yemen es un claro indicativo de la mala salud de nuestra democracia que demuestra, una vez más, que la responsabilidad y el compromiso de nuestros gobiernos para extender la democracia y proteger las libertades de los pueblos oprimidos es una farsa. La historia reciente de Yemen es la historia de una tragedia de cómo durante las últimas décadas la población se ha visto atrapada en el infierno de gobernantes corruptos y potencias extranjeras interesadas más en someter al país que en mejorar la vida de los yemeníes.

Antes de que estallara la primavera árabe en el 2011, el gobierno clientelar de Ali Abdullah Saleh ya daba vistas de deteriorarse. Hay muchos factores que explican por qué su popularidad estaba en caída libre: sus intentos por mantenerse en el poder, la corrupción de su gobierno y las escasas mejoras económicas en un país donde los ingresos del petróleo se iban acabando. Saleh impuso un estilo único. Era un astuto político que tenía el don de la oportunidad y sabía tejer alianzas políticas. Para él Yemen era gobernar con serpientes, estrategia que le permitió mantenerse en el poder más de tres décadas contra todo pronóstico.

Sin embargo, la gente empezaba a estar harta. La primavera árabe había resultado ser un éxito en Túnez y Egipto, países donde los dictadores se vieron obligados a renunciar. La población yemení empezó a estar ilusionada y se veían esperanzas de cambio y un proyecto democrático parecía tener futuro en el nuevo Yemen. La violencia policial era incapaz de contener movilizaciones multitudinarias que exigían la renuncia de Saleh. Tras numerosos intentos de perpetuarse en el poder, Saleh al fin accedió y dejó el poder a su vicepresidente Hadi, que lideraría el proceso de transición durante los siguientes tres años. Sin embargo, este fracasó porque el gobierno fue incapaz de liderar un proyecto que resolviera los graves problemas de los yemeníes y los hutíes aprovecharon la ocasión para tejer una alianza oportunista con su enemigo, el defenestrado expresidente Saleh, para dar un golpe de Estado entre finales del 2014 y principios del 2015.

El proceso de transición tuvo el respaldo de toda la comunidad internacional, aunque estuvo controlado desde el principio por Arabia Saudita y los países del Golfo Pérsico. De hecho, el proceso de transición parte de la GCC Initiative[1], un acuerdo impulsado por los países del golfo y Arabia Saudita. El plan era iniciar una transición política que abordara los problemas fundamentales de los yemeníes con el fin de redactar una constitución y convocar elecciones democráticas.

Sin embargo, el sueño se vio truncado. El gobierno de transición se vio boicoteado por el expresidente Saleh, que se resistía a dejar el poder pese a su renuncia formal a finales de 2011, y se vio seriamente dañado por la incapacidad de llegar a acuerdos que solucionaran los problemas principales para superar la transición con éxito. El proceso de transición se fue retrasando y el gobierno cada vez contaba con menos respaldo de la población. El gobierno de Hadi adquirió pronto la fama de ser excesivamente corrupto, no sólo por su negligencia, sino por ciertos lujos que cuestionaban el compromiso de los gobernantes con su pueblo.  Para más inri, Yemen sufría una grave crisis económica a la que el gobierno era incapaz de poner solución. La situación era crítica para muchas familias que requerían que el gobierno hiciera algo para aliviar su situación económica.

Cabría esperar que la comunidad internacional hubiese ayudado al gobierno de Hadi a revertir la crisis que cada vez restaba más popularidad al proyecto democrático. Sin embargo, nada se hizo para evitar el fracaso. Lo cierto es que al gobierno de Hadi se le impusieron políticas neoliberales y de reforma económica que no solucionaron nada la precaria situación de las familias. Es verdad que el sistema de patronazgo instaurado por Saleh durante más de tres décadas debía ser reformado. El mayor ejemplo era las subvenciones al diésel, bien necesario para muchas familias, pero que era una forma tremenda de corrupción para la administración de Saleh en la que se utilizaba el combustible para cultivar qat, una «lacra económica» por utilizar las palabras del libro Yemen. La clave oculta del mundo árabe.

Aquí entra en juego el papel lamentable desempeñado por la comunidad internacional. Occidente y las instituciones neoliberales creadas durante las últimas décadas pidieron sin escrúpulos a Yemen la aplicación de medidas neoliberales para equilibrar su economía. Hasta que no hubiese equilibrado su economía no podía recibir la ayuda necesaria para mejorar su precaria situación económica: era vital que Yemen aplicase las reformas que sólo promueven la visión de las élites, pero que no tienen en cuenta el caso particular de cada país. El caso de Yemen era tan grave que hasta el propio Fondo Monetario Internacional era consciente de ello, a pesar de que felicitaba al gobierno de Hadi por su compromiso a implementar las «reformas»[2]. La medida del diésel que se vio obligado a implementar Hadi ya había causado revueltas en los años 1995, 1998, 2005 y 2008, por lo que no había que pensar mucho para advertir del peligro de implementarlas en un contexto de grave desconfianza hacia el proceso de transición. Efectivamente, esta crisis propició que los hutíes, una milicia con poco respeto por la democracia y los derechos humanos, se fueran expandiendo por todo el país con la ayuda del expresidente Saleh y acabaran dando un golpe de estado que puso fin a la transición entre finales del 2014 y principios de 2015.

Se puede argumentar que Occidente estaba preocupado por otras cosas y que simplemente fue un descuido. Esta hipótesis tiene poca credibilidad cuando, durante todo el proceso de transición, Yemen siguió en el punto de mira de Obama y centró los ataques de la cruenta campaña de asesinatos global conocido como The Drone Campaign. Según los datos del TBIJ, entre 2012 y 2014 EEUU mató entre 386 y 535 yemeníes en su campaña de terror. Todas estas acciones, ayudaron a que el gobierno fracasara. Existen otros motivos aparte que explican este fracaso, pero no es descabellado afirmar que Occidente ayudó indirectamente a que los hutíes ganaran popularidad entre una población desesperada y que veía el proyecto democrático cada vez más difícil.

De todas formas, la responsabilidad de las potencias occidentales no acaba aquí. Una vez que ayudaron a la caída del gobierno de Hadi, prestaron apoyo diplomático decidido a la intervención militar de la Coalición liderada por Arabia Saudita. Una intervención que desde el principio se preveía que iba a tener horribles consecuencias. Esto lo reconoció Robert Malley, uno de los hombres claves de Obama en Oriente Próximo. No obstante, los mayores apoyos vinieron de Estados Unidos y Reino Unido. En seguida, estos prestaron un gran apoyo diplomático y ayudaron a su socio prestándole la ayuda y la logística necesaria para que Arabia Saudita pudiera cometer más eficazmente sus crímenes.

Mientras tanto, el comportamiento de los demás países occidentales no fue mucho mejor. Osciló desde la complicidad y el apoyo diplomático hasta el silencio y la hipocresía. Un buen ejemplo es el de Francia, que un mes después de la intervención militar saudita firmó un acuerdo económico con el reino que Manuel Valls defendió a favor de «nuestras empresas y el empleo». El gobierno socialista de François Hollande aprovechó que las relaciones de Estados Unidos con Arabia Saudita no pasaban por su mejor momento debido al acuerdo nuclear con Irán para prestar un apoyo diplomático que le permitiese ganar grandes acuerdos comerciales. Los espantosos atentados terroristas en suelo francés producidos durante el gobierno de François Hollande poco parecieron afectar a la actitud de su gobierno con el régimen saudita. Más tarde, después de haber roto por la mitad el partido socialista francés, llegó el turno del regenerador Macron que formó En Marche, un partido político «progresista» y «europeo» para cambiar Francia. Evidentemente, nada cambió, y cuando asumió el poder en 2017 siguió defendiendo los vergonzosos negocios de Francia con Arabia Saudita. Esta defensa del régimen se volvió más descarada cuando tachó como «demagógico» suspender las armas francesas a Arabia Saudita después de que el príncipe heredero saudí, MBS, mandara a descuartizar al periodista Jamal Khashoggi. Un crimen que dio la vuelta al mundo, pero que visto con perspectiva no era nada inusual, pues el asesinato de Khashoggi era uno de otros tantos. 

El ejemplo de España no es mucho mejor. Gracias al diario El País[3] sabemos que el gobierno de Mariano Rajoy vendió 400 bombas a Arabia Saudita para prestar apoyo diplomático tras la intervención militar que lanzó a finales de marzo de 2015 en Yemen. Estas 400 bombas fueron las mismas bombas que la ministra de defensa paralizó, aunque después el gobierno de Pedro Sánchez dio marcha atrás por no poner en peligro los grandes intereses económicos que había en juego con el reino. Una actuación ridícula y vergonzosa que fue rematada con las ya memorables declaraciones de Josep Borrell que afirmó que no había que preocuparse por la venta de armas a Arabia Saudita porque el armamento «no produce efectos colaterales, en el sentido de que da en el blanco que se quiere con una precisión extraordinaria de menos de un metro».

Evidentemente, estos escándalos son errores de cálculo. Saben que normalmente los medios de comunicación y la opinión pública colaborarán en el silencio continuo y desprecio que les suscita los informes precisos de las ONG y las organizaciones sociales. Además, España cuenta con la ventaja de tener una monarquía que hace el trabajo sucio y molesto que nuestros políticos no quieren hacer. Así, mientras las ONG reportaban los crímenes de la Coalición liderada por Arabia Saudita, nuestro gobierno procuraba que sus grandes negocios siguieran adelante. Entre estos destacan: el AVE a la Meca y la venta de buques de guerra por valor de miles de millones de euros. 

España tampoco se queda atrás respecto a Francia en la reacción al lamentable asesinato del periodista Jamal Khashoggi. La monarquía, institución que siempre ha estado bastante protegida por los medios de comunicación, (la «discreción» de la que hablaba Paul Preston), pensó que podía seguir entablando amistades con la casa real saudita sin que la opinión pública dijera nada. Fue un error gravísimo y tuvo lugar en el sitio más absurdo posible: un gran premio de Fórmula 1. Las autoridades sauditas, que habían recibido una condena internacional sin precedentes en su historia, aprovecharon la reunión con nuestro rey emérito para blanquear su imagen. Así, España tuvo el dudoso honor de ser de los primeros países que se reunió con los sauditas después del brutal asesinato del periodista Khashoggi.

Los demás países tuvieron más cuidado para evitar encuentros diplomáticos con Arabia Saudita, pero pronto los países volvieron a retomar los lazos habituales a excepción de Alemania, donde el gobierno conservador de Ángela Merkel decretó un embargo de armas al reino que enfadó seriamente a los países europeos por comprometer sus negocios con Arabia Saudita.

Paralelamente a estos hechos, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos (principalmente) han estado saqueando el país de una forma absolutamente salvaje. La alta tecnología suministrada a la Coalición saudita es responsable del 66% de las muertes de civiles (directas) durante los más de cinco años de guerra. Además, estas muertes se agravan con el bloqueo despiadado que persiguió desde el primer momento matar de hambre a la población encerrada en la barbarie de la guerra.

La crisis en Yemen es de dimensiones inimaginables. Durante estos más de cinco años de guerra se estima que han muerto más de 250 mil personas, la mitad se deben a muertes indirectas (hambre, enfermedades). Pero lo que pocas veces se dice es que, si el conflicto se extendiera unos años más, el número de víctimas mortales podría subir dramáticamente. El mismo informe que se utiliza para estimar las muertes actuales de la guerra y del que se da la cifra desactualizada de 233 mil muertes, predijo en abril de 2019 que, si la guerra continuase en el año 2022, las muertes ascenderían a un total de 482.000[4].

De momento, la guerra no da señales de acabar. Desde el 1 de enero de 2020 hasta el 27 de junio han muerto 9.896 personas según los datos del ACLED. Estas son muertes directas, consecuencia de los combates entre las partes y que no tienen en cuenta las muertes indirectas de las que todavía desconocemos datos o estimaciones. De este modo, el 2020 es el tercer año con más muertes de los seis que llevan de guerra desde que esta empezó en el año 2015[5]. Este es un panorama desalentador si tenemos en cuenta que las muertes indirectas pueden ser muy severas si el Coronavirus se expande en un país que no tiene la capacidad sanitaria suficiente para hacerle frente. Las Naciones Unidas calculan que hasta 16 millones de personas pueden infectarse de la enfermedad. Además, es muy frustrante pensar que hace unos meses se hablaba de que había ciertas esperanzas de que se pudiera alcanzar la paz tras las intenciones sauditas de retirarse de la guerra como nos recuerda Helen Lackner. Estas intenciones han resultado ser bastante dudosas sobre todo cuando los hutíes, que se han visto fortalecidos durante la guerra, pretenden usar esta fortaleza para avanzar hacia la región de Marib, sitio estratégico que ha provocado la respuesta inmediata saudí con nuevos enfrentamientos dramáticos en la región.

También, hay que señalar que incluso una retirada sorpresiva de Arabia Saudita de la guerra no va a traer la paz porque es muy probable que la violencia persista en una población muy fragmentada y en continua lucha. Si en el norte del país los hutíes pretenden hacerse con la región de Marib, en el sur de Yemen los aliados de Arabia Saudita están completamente enfrentados. Arabia Saudita es incapaz de poner paz en la región. La situación se ha vuelto a deteriorar una vez más después de que los independentistas del Consejo de Transición del Sur (CTS) declararan la autodeterminación a finales de abril de este año. La razón es que los independentistas y el gobierno reconocido internacionalmente de Hadi son incompatibles: no se soportan. Evidentemente, la primera solución para conseguir la paz pasa por la retirada de Arabia Saudí del conflicto, pero la siguiente solución pasa por que la comunidad internacional utilice todos sus mecanismos para forzar la paz, como se logró tras un gran esfuerzo en el puerto de Hodeida a finales de 2018[6]. De lo contrario, se corre el peligro de que Yemen entre en un escenario de guerra perpetua que nos recuerde a Somalia en los años 90 como ha advertido el Sana’a Centre for Strategic Studies.

Estas informaciones parecen preocuparles poco a nuestros gobernantes. Las élites que gobiernan a los países occidentales son incapaces de presionar a los sauditas para que terminen su aventura militar en Yemen (principal causa de que la guerra haya durado más de cinco años) y son incapaces de presionar para que los actores implicados acuerden de una vez la paz. Su preocupación es mínima, y así lo señala el hecho de que los países occidentales prestan una cantidad ridícula para ayudar humanitariamente a Yemen. Hecho que es mucho más lamentable si tenemos en cuenta que los países occidentales han ganado decenas de miles de millones de euros con el comercio de armas. Lo coherente sería que, esos miles y miles de millones de euros ganados a costa del sufrimiento de los yemeníes, volvieran de vuelta a los yemeníes para, al menos, intentar reconstruir una sociedad en ruinas y poner fin a los enfrentamientos que acentúan la barbarie. Sin embargo, una parte ridícula vuelve al país en forma de ayuda humanitaria. Esto vuelve a demostrar que nuestros peores temores son ciertos: a Occidente le da igual el sufrimiento de los pueblos ajenos y todo el dolor que han causado con su apoyo a la intervención militar de la coalición saudita parece que no va con ellos.

Mientras tanto, Arabia Saudita sigue ocupando un puesto relevante en la comunidad internacional. La pasividad de Occidente le permite presumir de que es el país que más fondos destina a Yemen. La simple relación de un régimen tan condenable como las Naciones Unidas debería darnos escalofríos. Sin embargo, en nuestras sociedades democráticas y liberales preferimos mirar para otro lado.

Así, hechos como que Arabia Saudita había presionado para que le quitasen de una lista negra de países que dañan a la infancia no provoca nuestra indignación. El exdirector de la ONU, Ban Ki-moon lo admitió en su día: Arabia Saudita chantajeó con retirar los fondos destinados a la ayuda humanitaria. Unos fondos que Occidente se niega a suministrar y que obligaron a Ban Ki-moon a elegir entre poner a Arabia Saudita en una lista negra o que miles de niños muriesen debido a la carencia de fondos para llevar a cabo proyectos humanitarios.

Con el caso de Yemen pasa lo mismo. Arabia Saudita destina fondos para ayuda humanitaria para lavar su imagen[7] y, mientras, Occidente no sólo consiente este lavado de cara, sino que se olvida de los sufrimientos del pueblo yemení ya que los intereses económicos y geoestratégicos priman más que la vida de millones de personas.

Las Naciones Unidas son conscientes de esta crítica situación y exhortaron a la Comunidad Internacional, en una conferencia virtual celebrada este 2 de julio, a que donara 2.410 millones de dólares para que los programas de ayuda puedan seguir operando en Yemen. La ONU avisó de que treinta de los cuarenta y un programas pueden ser recortados si no se destinan estos fondos. Informaciones muy preocupantes que no han suscitado ninguna preocupación en la Comunidad Internacional donde sólo han prometido destinar 1,35 mil millones de dólares abocando al abismo al pueblo de Yemen.

Estos hechos no sólo revelan la falta de moralidad de las grandes potencias Estados Unidos, Reino Unido y Francia, sino también señalan al gobierno de España supuestamente de «izquierdas», «feminista» y «comprometido con los derechos humanos». Los datos son muy reveladores: en lo que va de 2020 el gobierno español ha destinado 0 EUROS a ayuda humanitaria a Yemen y después de la conferencia de junio se ha comprometido a donar 0 EUROS. Un dato que es más grave si tenemos en cuenta que el gobierno de España ha vendido armas a Arabia Saudí y Emiratos Árabes desde el 2015 por valor de 1.256 millones de euros. Una cifra, que, por cierto, no tiene en cuenta el año 2019. Además, para colmo, el gobierno es incapaz de atender a las demandas de las organizaciones humanitarias y de ser transparente de una vez por todas con el comercio de armas.

Esto provoca que el nuevo gobierno sea cómplice de las muertes que se están produciendo en Yemen por dos razones:

1. Por seguir comerciando con Arabia Saudí, que sigue metido de lleno en la guerra y bombardeando a inocentes y a la población civil.

2. Por no suministrar ayuda humanitaria durante estos años, lo que afecta al gobierno de Mariano Rajoy y ahora al gobierno de Pedro Sánchez. Desde el 2015, España ha destinado 3,75 millones de Euros a Yemen, una cantidad ridícula que es más de trescientas veces inferior a la que destina Reino Unido. Para hacernos una idea, Holanda ha prometido en la reunión de junio destinar 17 millones para final de 2020.

En definitiva, la crisis del Coronavirus le ha venido perfecto al nuevo gobierno para seguir olvidando la peor crisis humanitaria de la historia reciente de Yemen. De esta forma, se avecina una tragedia de consecuencias colosales en la que a España y a Occidente le importan más sus intereses económicos que la vida de millones de inocentes.


[1] En español CCG: Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo.

[2] https://www.imf.org/external/pubs/ft/scr/2014/cr14276.pdf

[3] (Miguel González, 26 de septiembre de 2018).

[4] Pardee Center

[5] Entre el 1 de enero y el 30 de mayo:  6.424 muertes en 2015, 5.041 muertes en 2016, 6.564 muertes en 2017, 12.266 muertes en 2018, 13.980 muertes en 2019 y 8.355 muertes en 2020. Datos del ACLED.

[6] En el 2018 en el puerto de Hodeida se produjeron intensos combates que amenazaron con producir una tragedia mayor. Gracias a la presión de la comunidad internacional se pudo lograr aun alto al fuego e impedir que la Coalición saudita provocara una crisis de consecuencias tétricas.

[7] Cómo podemos comprobar fácilmente en el portal de noticias Arab News, por ejemplo.

Apúntate a nuestra newsletter

2 Comentarios

  1. Muy interesante el artículo. Me gustaría que profundizara más en quien organiza el apagón informativo de estas situaciones claramente injustas que benefician a los mercaderes de armas. Qué agencias de noticias informan o desinforman y en base a las presiones de qué grupos.

  2. Em centro amb el Iemen, Espanya (la que mana dominant,) el poble és digne havent-t’hi milions de demòcrates, molt desencisats per la mala política dels governs de l’estat. Aquesta Espanya desvirtuada pels poders és la que ven armes a Aràbia Saudita, per aquesta els xeics, puguin bombardejar el Iemen bombardejant ciutats i pobles assassinant a l població iemenita on hi ha de víctimes moltes criatures, El rei ara Felipe V+I, cobra tanmateix les acordades comissions per augmentar la fortuna dels Borbó. EXCELS ·SERVEI DEL REIALME AL POBLE ESPANYOL.

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre