El escritor Sergio del Molino analiza los muros que nuestra piel nos levanta ante la sociedad. Foto: Patricia Garcinuño.

El autor de la impactante La hora violeta y la aclamada La España vacía es un asiduo de los lugares poco comunes y escasamente transitados. Se basta él solo para llamar a las puertas de zonas poco diseccionadas por la literatura del momento y acostumbra a abrir camino a otros compañeros de letras. No lo pretende, confirma en esta entrevista, pero lo consigue sin proponérselo. En La piel (Alfaguara) vuelve a lograr que los lectores nos echemos una mirada a nosotros mismos para asombrarnos, esta vez incluso de la zona más amplia y palpable de nuestro ser más íntimo, el pellejo que nos cubre por completo. Y lo hace con una destreza y armonía que sólo alguien como Sergio del Molino es capaz de equilibrar con sentido y sensibilidad.

“No tengo vocación de pionero ni uso mi escritura como machete”

La piel es un encuentro de “monstruos” con un mismo denominador común. ¿Por qué le surgió esta necesidad de hablar de “la piel”, de “su” piel?

En realidad no tenía ninguna intención de hablar de mi piel. Tengo una psoriasis grave desde los veinte años y por eso he sentido siempre mucha curiosidad por los personajes con psoriasis. En cuanto descubría que un escritor al que admiraba o una figura histórica tenía psoriasis, tiraba del hilo. Al principio, por simple afición a la anécdota, pero poco a poco, sin darme cuenta, me encontré con un montón de libros y documentación sobre muchos personajes. Dado mi carácter obsesivo, sin querer me hice casi una tesis doctoral sobre famosos con psoriasis, y a través de ellos me fui entendiendo a mí mismo. El libro se fue escribiendo en mi cabeza durante años, por decantación, no es un arrebato que me haya dado ahora.

¿Hay algo en su nueva obra de una especie de expiación o también de un ímpetu catártico de purificación?

Ninguna de las dos, y espero no hacer nunca nada de eso. No tengo nada que expiar, estoy contento conmigo mismo. Si acaso, le daría un par de guantazos a mi yo juvenil, por imbécil, pero no creo haber sido mucho más imbécil que la mayoría de la gente. En cuanto a la purificación, es justo lo contrario de lo que defiendo al final del libro, en un capítulo titulado precisamente “Pureza”, donde me reivindico como impuro y defiendo la necesidad de la impureza.

Su trayectoria narrativa se adentra en territorios poco explorados hasta que usted decide abarcarlos. Buenos ejemplos de ellos son La hora violeta o La España vacía. ¿Qué sendero cree que puede abrir con La piel?

Eso lo decidirán los lectores. No tengo vocación de pionero ni uso mi escritura como machete. Escribo lo que siento y lo que me apetece y he tenido la suerte de haber conectado con la sensibilidad de mis contemporáneos, despertando en los lectores sentimientos y pensamientos en buena medida insólitos, por mi empeño en mirar a sitios que no suelen ser muy frecuentados. Podría no haber sucedido. De hecho, lo normal es que no suceda. Intuyo que La piel puede interpelar a mucha gente sobre la importancia de su propio cuerpo en la conformación de su identidad, pero sólo lo intuyo.

“No sé por qué quienes escogemos una perspectiva autobiográfica tenemos que andar justificándonos constantemente y sentirnos sospechosos de no sé qué delito”

Qué duda cabe que la literatura confesional o del yo o de la autoficción, se llame como se llame, sigue en pleno auge y repleta de vitalidad. ¿Surge más bien de una necesidad generacional de los escritores de explorar nuevas realidades narrativas o de una veta hallada a instancias de los deseos prioritarios de las editoriales por hacer caja?

¿Y cuándo no ha tenido vitalidad? Eso que llaman literatura del yo la practicaba Marcial en el siglo I, Agustín de Hipona en el IV, Jorge Manrique en el XV, Montaigne en el XVI… Es bastante anterior a la novela y a la mayoría de géneros tradicionales cuya legitimidad ningún crítico cuestiona. No sé por qué quienes escogemos una perspectiva autobiográfica tenemos que andar justificándonos constantemente y sentirnos sospechosos de no sé qué delito. No sé si se ignora una tradición milenaria, presentando como rasgo contemporáneo una forma literaria antiquísima (lo cual sería un grave síntoma de incompetencia por parte del crítico), o se nos reprocha algo que se me escapa, pero después de unos cuantos libros me he cansado de dar unas explicaciones que nunca he sentido necesarias. Sí, uso la primera persona, ¿dónde está el problema? ¿Cuál es el crimen tan terrible que cometo?

¿Dónde debe poner el límite el escritor cuando se desnuda íntegramente, en el pleno sentido físico de la palabra, ante sus lectores?

El límite lo fija cada escritor. Sería absolutamente inadmisible que alguien ajeno al propio escritor le marque el largo de la falda o le diga que se cubra el escote. La Inquisición ya no existe.

¿Hasta qué grado marca y determina la existencia el sufrir una afección en la piel?

En mi caso, la vergüenza ha amortiguado los afectos, distanciando a la gente, diseñando estrategias de ocultamiento. La autoconciencia del propio cuerpo te vuelve más ensimismado, y como escribo en la novela, si no te importa el mundo, puedes firmar su extinción. La misantropía nace de aquí, y la resistencia que ejerzo para no rendirme a ella ha forjado mi carácter. Tengo un sentido de la crueldad muy afilado que, en buena medida, siento que debo a mi condición de enfermo.

“Me reivindico como impuro y defiendo la necesidad de la impureza”

Si el hábito no hace al monje, ¿por qué la piel nos marca de un modo u otro de forma tan contundente a todas las personas?

A todas, no, sólo las que ven su vida condicionada por ella. Los viejos que quieren ser jóvenes, los negros que son apaleados por la policía por ser negros, los enfermos como yo, que no podemos olvidarnos de la piel ni un segundo, etcétera. La piel puede ser un factor determinante que condiciona absolutamente tu vida.

¿Por qué la vida es tan cruel y hay bellísimas personas con una piel endiablada y verdaderos monstruos con la piel de bebé?

Mi libro plantea cuestiones mucho más complejas que esa dicotomía, que no existe. Escribo sobre la monstruosidad, su imaginario en la cultura popular y cómo se relaciona con la maldad. Escribo sobre la teratología, trato un montón de asuntos que trascienden con mucho una disyuntiva de esa naturaleza. Mis monstruos no son tan simples.

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