domingo, 5diciembre, 2021
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«Lawfare»

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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En la sabana, había un nuevo jefe. Un macho alfa, muy simpático y dicharachero que había heredado el poder de un sátrapa asesino que durante años había asesinado a sangre fría a todos los machos jóvenes que pudieran suponer un peligro para su absolutismo. Algunos, unos pocos, habían logrado sobrevivir en su hábitat siendo absolutamente dóciles y aguantando los desvaríos del sátrapa, comiendo de sus despojos. Otros, habían tenido que irse a la selva o al desierto para lograr escapar de los afilados colmillos del león asesino.

En los años en los que el macho alfa había ejercido el poder tiránico, se había ido creando un malestar general, un runrún opositor que, a espaldas de la tiranía y de sus secuaces, había ido creando una sociedad ansiosa porque el león tirano desapareciera, aunque nadie se atrevía a luchar directamente contra él. Unas fiebres leoninas acabaron con el omnímodo y el simpático y dicharachero león fue proclamado nuevo emperador absoluto de la sabana.

El nuevo rey de la sabana, hizo correr la voz de que todos los leones serían bienvenidos de nuevo a su manada y que nadie sería asesinado ni expulsado. Algunos de los que estaban malviviendo en el desierto o en la jungla, volvieron, no si temor, a su hábitat. Ninguno de ellos sufrió humillación o castigo.

Sin embargo, lo que a ojos de la gran manada de leones era agrado y amabilidad, escondía una mente maquinadora y peligrosa. Mientras ahora los suyos podían empezar a comer de la pieza cazada por ellos (antes nadie comía sin el permiso del sátrapa), negociaba con hienas y buitres dejarles el cadáver casi intacto. A cambio, estos les darían información de los machos más inconformistas para poder acabar con ellos antes de que supusieran un peligro para su reinado. Así, poco a poco, les fue retirando a sus súbditos las piezas que estos cazaban, cada vez más intactas, lo que les suponía mucho más esfuerzo para ellos porque tenían que repetir las carreras y los actos de caza cada vez con más asiduidad y menos tiempo para el descanso.

El macho alfa dicharachero y campechano, disfrutaba de su incesante incremento en su harén y del agasajo de sus fieles, la mayor parte de ellos leones de confianza del sátrapa asesino y algunos nuevos de los que en alguna ocasión se habían jugado el pellejo confabulando a escondidas contra el anterior león autócrata. Estos le proporcionaban seguridad contra leones con ganas de protagonismo y exceso de testosterona, y las mejores partes de las piezas que sus súbditos cazaban.

Durante los años en los que el león omnipotente ejercía su tiranía, las disputas entre los miembros de la manada eran resueltas con mano dura. El veredicto era siempre a favor de aquel que tenía un pariente, un amigo o un benefactor entre los leales del sátrapa. En caso en el que en la disputa ninguno de los dos tuviera “padrino”, se les condenaba a pelear hasta la muerte, y se les confiscaba la pieza.

El nuevo león alfa, el simpático y dicharachero había dispuesto que todos los leones tuvieran el mismo trato y las mismas condiciones de defensa en sus disputas con otros miembros de la manada. Y así parecía. Cuando el acusado de robo de pieza o de malas artes en la caza era uno de los “poderosos”, acusado y acusador comparecían ante la corte de machos fieles al gran líder, quienes escuchaban el argumento de cada uno de ellos. Si el denunciado era uno de ellos y las pruebas eran tan evidentes que no podían declararle inocente, le condenaban a vivir tres lunas alejado del harén del león campechano teniendo que alimentarse de lo que el mismo cazara. Cuando el denunciado era uno de los machos jóvenes, generalmente rebeldes y llenos de ansia por cambiar las cosas, la condena también era la de alejamiento por tres lunas, pero el destino no era la propia sabana, sino el desierto aledaño.

Muchos de los jóvenes machos pensaban que eso no era justicia porque no había uniformidad en las condiciones de supervivencia. Pero a gran parte de la manada, a pesar de que tenían que cazar mucho más y comer mucho menos, porque el nuevo león alfa se quedaba con la mayor parte y vendía otra a hienas y buitres, no les importaba que las sentencias de expulsión no fueran parejas, porque creían firmemente que a ellos nunca les iba a pasar y en la remota posibilidad de que les pasase, ellos serían de los condenados en la sabana y no en el desierto. Porque ellos no habían hecho nada.

Y así, durante años, consintieron que el dicharachero y amable león sucesor del tirano, tuviera un harén cada vez más grande, exigiera más piezas y mejores carnes. Todo ello, mientras les reunía en la explanada y les contaba chistes y les dedicaba amables sonrisas.

Acabadas las chanzas, los cachorros seguían gruñendo por el dolor del hambre, las madres seguían sufriendo por la falta de leche con la que alimentar a sus pequeños y a un cada vez mayor número de leones, se les podía ver como las costuras de las costillas recorrían su lacia piel.


«Lawfare»

Se ha puesto muy de moda un término inglés para definir lo que el refranero castellano de toda la vida sentenciaba con aquello de “el que tiene padrino, se bautiza, y el que no, se queda hereje”, que aunque ahora suena a la necesidad de tener enchufe para lograr objetivos, viene de algo tan injusto, inhumano y tan propio de la cultura española como la supervivencia de quién siendo sarraceno, podía convertirse en morisco y salvar la vida si alguien avalaba esa circunstancia y quién no, era expulsado, encarcelado o condenado a muerte por continuar teniendo una religión declarada contraria a los intereses del reino.

La palabra en cuestión es la «lawfare» y se define como usar la legalidad o más bien la apariencia de legalidad para atacar indiscriminadamente a los oponentes políticos. Es algo que, como no, nacido en la Gran Bretaña, ha sido expandido por el mundo por los servicios de inteligencia americanos, sobre todo en Iberoamérica, donde a través de procesos judiciales viciados y falseados desde el principio, lograron deshacerse de Lula y Rousseff en Brasil, Humala en Perú o Correa en Ecuador y así quitarse enemigos que mellan la economía y el poder absolutista americano. Todos fueron condenados por delitos no cometidos de corrupción en los que intervinieron como testigos delincuentes económicos pertenecientes a esa clase privilegiada y como jueces, personas de una misma ideología: el fascismo. Al que se le suma, en algunos de los casos, un fanatismo religioso exacerbado.

No sé si usted, querido lector, se ha dado cuenta de que cualquier argumentación legal es rebatida con el pensamiento contrario si con ello, se puede destruir a un adversario político. Aunque con la coyuntura actual, sucesos de hace un año, nos parezcan tremendamente lejanos, me veo en la obligación de recordar que lo sucedido en Catalunya, en torno a la consulta del 1-O entra dentro del ámbito de la «lawfare» al convertir en proceso penal un problema político y al usar el poder judicial como una tercera cámara legislativa.

El problema que tenemos con el uso indiscriminado de tribunales y jueces partidistas, no es distinto al común de otros problemas de nuestra sociedad. La apatía y el pasotismo de una sociedad enferma de consumismo al que solo le interesa la libertad para ir al bar o al centro comercial, hace que esta parcialidad jurídica, esta indefensión se ejerza con total impunidad, destruyendo los valores más preciados de una democracia: separación de poderes, garantía jurídica y la posibilidad de una defensa efectiva de los derechos.

Los que han logrado instaurar esa tercera cámara fuera del circuito electoral, por encima de cualquier gobierno o poder legislativo, y férrea a unos intereses políticos de una minoría, han pervertido este sistema político y subvertido el orden constitucional.

Todos creemos que el único culpable es el Partido Popular que logró, a través de su cerrazón, detener la renovación del CGPJ hasta no colocar a los suyos, y que hoy, teniendo minoría en las Cortes, sigue con el mismo procedimiento llevando al Poder Judicial a ejerce una supremacía que no le corresponde fuera del periodo normal de su mandato. Es legal, pero inmoral. Si a finales de diciembre pasado nombraban 46 cargos afines al PP, ayer nos enteramos de que preparan el nombramiento de otros 30 altos cargos, también afines a los actuales dirigentes del Poder Judicial nombrados por los sucesores del insufrible ególatra y que deberían haber sido sustituidos hace ya dos años.

Como digo, todos insistimos en la culpabilidad del partido de la gaviota, pero no debemos olvidar que nada de esto hubiera sido posible sin la connivencia del PSOE. Ambas formaciones han estado durante decenios defendiendo intereses de una minoría elitista. Lo que significa que han estado maquinando para que la mayoría ciudadana no pudiéramos ejercer nuestros derechos en libertad.

Tengo que reconocer que mi conocimiento del derecho es idílico y que como tal, al defender lo que creo que es justo, nunca me he parado a sopesar las presiones, las consideraciones individuales o las “graves” consecuencias que para algunos tendría tomar la ley en conciencia y su ejercicio en paridad.

Pero no puede ser casualidad que se condene a una madre por comprar alimentos con una tarjeta de crédito encontrada, a cinco años de cárcel y sin embargo a un año y medio por abuso sexual a quién forma parte de uno de los grupos que sostienen las prebendas de la minoría y además ya tienen otra sentencia por actuar de la misma forma en Pamplona. Y para colmo, la condena es mayor por grabar el acto que por cometerlo. Tampoco puede ser casualidad que quién dilapida los bienes públicos, malvendiéndolos a un fondo buitre con conexiones de uno de sus retoños, sea absuelto, mientras que quién participa pacíficamente en una concentración contra un desahucio sea condenada a 19 meses de cárcel.

Como tampoco puede ser casualidad que, a pesar de que los actos del demérito son «vox populi» y se haya emprendido una causa contra él en Suiza y, por consiguiente, en el Tribunal Supremo por las supuestas comisiones en la adjudicación de la obra del AVE a La Meca, PSOE, PP y los cantacaralsol de la COZ,se opongan a una comisión de investigación en el Congreso y sigan con la inviolabilidad de quién únicamente lo puede ser en sus actos como rey, y no puede tener impunidad en los actos particulares, que en este caso son numerosos.

Seguramente, querido lector, a usted esto le suene a lo de siempre, y crea que esto del «lawfare» es una milonga sin importancia. Pero para que nos hagamos cargo de las consecuencias que tiene el uso indiscriminado de la ideología política fascista, misógina y opusina y su implicación en el Poder Judicial español, sobre nuestras vidas y sobre la sociedad, hay un recurso, del que probablemente usted ni sepa, porque no sale en la tele, interpuesto ante el Tribunal Constitucional por los vividores del Caralsol contra la toma de posesión de 29 diputados (del PNV, ERC, JxCAT, Bildu, BNG o Unidas Podemos) en la que solicitan la nulidad de la toma de posesión como diputados de esos, argumentando que no siguieron el normal juramento o promesa de la Constitución. Esto, que para cualquier persona no enferma de fascismo, ni inoculada del humo de los cirios ni del odio del zurriago, es una estupidez, porque no se puede ser diputado si no aceptas entrar en el sistema y da igual las palabras que elijas para ello, resulta que a media docena de magistrados del Constitucional, les ha parecido que pueden tumbar la legislatura a través de esta argucia legal y podría darse el caso, de que cuando usted lea estas líneas, el escándalo se haya producido, la legislatura se haya venido abajo y todas las leyes aprobadas, desde el estado de alarma, al ingreso mínimo vital, sean papel mojado y tengamos una tángana estatal del carajo.

No podemos vivir en un sistema en el que una minoría clasista, económicamente poderosa y atrofiada políticamente, impongan sus cerriles propósitos para todos los que no seamos ellos. El Poder Judicial es el mayor problema que tiene este país porque está fuera de todo control y en lugar de emanar del pueblo, vuela sobre él, ejerciendo de intocables, intachables e inalcanzables.

Los golpes de estado, ya no se dan con el ejército. Y mucho menos votando. La subversión del poder legal, ahora se ejerce desde el retorcimiento de la legalidad.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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