Cada día se da más credibilidad a la teoría de la expansión del Universo. Woody Allen dijo al respecto que es cierta porque cada día al levantarse le costaba más encontrar la bata. Tampoco es menos cierto otro fenómeno frente al que igualmente no podemos hacer otra cosa que sufrir sus consecuencias. Se trata del imparable crecimiento de la indiferencia. Un fenómeno que se también se expande imparablemente sobre todo en nuestro país y cuyos efectos ya padecemos desde hace tiempo y seguiremos haciéndolo de no mediar el más que necesario, imprescindible cambio de actitud por nuestra parte. Hace años se usaba mucho la frase “castigar con el látigo de la indiferencia” cuando queríamos ofender o desairar a alguien.  Pero es en esta época donde esa frase ha conocido y alcanzado su mayor esplendor. Mires por donde mires no hay otra cosa que latigazos de indiferencia a diestra y siniestra.  Existe y vive entre nosotros una triunfal indiferencia por todos y por todo lo que nos rodea. Día a día, y desde hace ya mucho tiempo, estamos construyendo una costra, un callo, una coraza a nuestro alrededor que nos hace insensibles, inaccesibles e impermeables, ciegos, mudos y sordos a todo. Cada vez es más difícil, por no decir imposible, que algo nos sorprenda, que algo nos interese, que algo nos remueva por dentro, que nos emocione, apasione y despierte la curiosidad, la atención, la expectativa que parece que nos la han extirpado para siempre como se extirpa el apéndice o las amígdalas. Quizás la culpa de esa radical indiferencia provenga de cierta clase política que ha quemado ya un buen número de palabras. Hay palabras, cada vez más, que a fuerza de haber abusado de ellas,  de sobarlas y manosearlas hasta la náusea, han perdido su significado, su capacidad de mensaje, su genuino  sentido, alcance y evocación. Palabras tan hermosas como: ilusión, confianza, expectativa, aspiración, deseo, esperanza.., han perdido todo su significado, toda su fuerza y capacidad que tenían cuando fueron creadas para designar esas emociones y sentimientos que han desaparecido, extinguido como los Dinosaurios o el pantalón de campana.

Decía Einstein que lo único verdaderamente infinito, más que el universo, es la estupidez humana. Y nuestra aterradora indiferencia es una consecuencia directa, un efecto claro, rotundo e incontestable de ese rasgo tan humano que parece estar extendiéndose entre nosotros como un cáncer que lenta pero irremediablemente nos devora. Hay muchos ejemplos de este contagioso mal. Cuando en el año 2004 el presidente Zapatero llegó al poder hizo cosas interesantes en materia de igualdad y derechos civiles y además hizo caso a la gente, al pueblo que se decía antes, por una vez y sin que sirva de precedente, trayéndose a las tropas españolas de Irak. Tropas que, como todos sabíamos entonces y, sobre todo, lo sabían quienes las mandaron con la falsa justificación de las armas químicas, habían sido enviadas a luchar en una guerra ilegal por acabar con un gobierno que no mostraba el debido sometimiento al imperio. Una guerra montada para apoderarse del petróleo iraquí, es decir, de los intereses de las petroleras y multinacionales; del jodido poder del dinero que es el único y verdadero poder sobre la tierra. Una guerra que nunca debería haberse declarado y que resultó, y esto también se sabía, uno de los más trágicos, sangrientos y fatales episodios del largo rosario de tragedias que llenan las páginas de la peripecia humana.

Y viendo que nuestro presidente arrancaba su carrera con ganas, con medidas valientes y sensatas de hombre decidido a hacer las cosas bien, algunos nos ilusionamos pensando que por fin un político cumplía lo que prometía, que por fin un presidente iba a comprometerse con las ideas que pregonaba y que iba a alinearse con el pueblo y no iba a esconderse entre los bastidores, biombos y tramoyas de la política. Por fin un tío iba a hacer política de izquierdas, pensamos algunos ingenuos que “queríamos creer” como decía aquel póster con platillos volantes que salía en la popular serie de televisión  “Expediente X”. Pero poco después, aquel camino recién abierto se cerró, bajó el telón y la luz se apagó para siempre. Y nosotros, la gente, los jodidos contribuyentes, muy dolidos y decepcionados desde entonces, no hemos hecho otra cosa que  envolvernos en un grueso cascarón de apatía e indiferencia. No hemos reclamado que se vuelva a encender la luz, que se arreglen los plomos y vuelva esa claridad que empezaba a iluminarnos y hacer que las promesas, que el pacto entre los dirigentes y el pueblo, que deberían ser lo mismo, no fuera, una vez más, papel mojado o algo peor: una broma, un chasco, una maña de trileros.

Nadie todavía ha sido capaz de romper ese cascarón de indiferencia para gritar que vuelva la luz, es decir que se cumpla el contrato, que se haga realidad lo prometido porque lo prometido, también en política, es deuda. Por desgracia, desde hace ya mucho tiempo, de las siglas PSOE penden, como dos pellejos secos y muertos, como dos fláccidos penes de nonagenarios, dos letras: la letra “s” de socialista y “o” de obrero. Y la gente, llevada de su feroz, combativa y triunfal indiferencia, ni dijo ni hizo nada al respecto y así seguimos, ni siquiera le afeó al presidente que hubiera dejado languidecer y finalmente morir esas dos letras, esas iniciales de dos hermosas palabras, “socialista” y “obrero”. Dos palabras cargadas de futuro, dos palabras que nos hacían sentir orgullo y nos reconciliaban y conectaban con la clase trabajadora de la que somos parte. Pero, por desgracia, por estas y otras cosas hemos perdido, o así lo parece, la ilusión por casi todo y cualquier cosa que nos digan será sepultada, anulada, nacida muerta por nuestra invencible indiferencia. Si exceptuamos las pasadas movilizaciones del día 8 Marzo, que fueron excepcionales, y debemos felicitarnos por ello, las últimas convocatorias a manifestar en la calle nuestro profundo descontento, nuestra oposición a tanto abuso y atropello, han ido languideciendo bajo el látigo de nuestra indiferencia. Un ejemplo de ello podía ser el del primero de Mayo del año pasado en Madrid, comunidad donde hay más de 400.000 parados, apenas fueron los de siempre, los sindicalistas, sus familias y los pocos concienciados de lo que nos estamos jugando los trabajadores en estos tiempos de reforma laboral y ley mordaza, lo uno va con lo otro. El resto de reformados laboralmente y amordazados preventivamente siguió, como no podía ser de otra manera, cómodamente instalado en su permanente indiferencia.

Hace años, cuando todavía brillaba la ilusión y la esperanza en nuestra mirada, esta indiferencia hubiera sido impensable, a nadie le habría cabido en la cabeza que miráramos para otro lado mientras nos recortan descaradamente derechos y libertades ya consolidadas y que creíamos intocables, y además nos recortan de forma salvaje los presupuestos de Sanidad y Educación con la clara intención de acabar con esos dos pilares fundamentales del Estado de derecho, y no contentos con eso además, y como traca final, nos recortan salarios y pensiones, ya de por sí escasas, para pagar los platos rotos, las facturas de caviar, el champán, las putas y otros despilfarros que dejaron los mercados, los especuladores y banqueros después de su gran borrachera, su gran río revuelto al que llamaron “crisis”.

Y, nosotros, los que no somos ni especuladores ni banqueros ni hemos dado ningún pelotazo, ni nos hemos forrado recalificando y poniendo el cazo, los que no hemos visto más sobres que los que nos mandan pagar, es decir los contribuyentes que pagamos todas las facturas, la inmensa mayoría, sorprendentemente seguimos cómodamente asentados y apegados a la más absoluta apatía e indiferencia como si la cosa no fuera con nosotros. Y, nos demos cuenta o no, esa indiferencia, esa indolencia, esa pereza, ese abandono, esa dejación nos incapacita para la más mínima reacción en el sentido de exigir, de obligar al gobierno actual y a los que vengan, a que cumplan  lo que  prometieron, a exigir que tomen medidas serias, contundentes, medidas eficaces  para acabar con la sangrante corrupción que lo pudre todo, y lo primero de todo la ilusión y la esperanza, y devolver a la gente esa ilusión, esa  esperanza imprescindible para seguir viviendo, y puestos a devolver, lo primero de todo sería devolvernos a los trabajadores y pensionistas, y más pronto que tarde, todo lo que nos ha sido arrebatado en estos trágicos, desastrosos y devastadores años de crisis.

Y aquí acaban estas líneas que, estoy seguro, serán atrapadas y devoradas al instante por el inmenso agujero negro de la general  indiferencia.

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