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Las víctimas invisibles del terrorismo: la gran injusticia de España

Miles de asesinados, cientos de secuestrados, decenas de miles de heridos. Este es el rastro que dejó la banda terrorista ETA durante su medio siglo de actividad. Sin embargo, hay un colectivo formado por cientos de miles de personas que son las víctimas a las que nadie reconoce pero que sufrieron en primera línea las consecuencias del terrorismo

José Antonio Gómez
Escritor y analista político. Autor de los ensayos políticos "Gobernar es repartir dolor", "Regeneración", "El líder que marchitó a la Rosa" y de las novelas "Josaphat" y "El futuro nos espera".
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análisis

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Este artículo lo voy a escribir en primera persona porque yo he vivido y sufrido las consecuencias invisibles del terrorismo en España. No sólo de ETA, sino también de GRAPO y de FRAP. Mi familia lo sufrió en sus carnes, como cientos de miles de hombres y mujeres a los que no se les ha reconocido nada.

Ese reconocimiento no es económico, ni público, ni político, ni mediático. Ya hay demasiados hijos de la gran puta que se encargan de recordarte o de señalarte que lo único que quieren estas víctimas invisibles del terrorismo es cobrar la subvención. No es así. No se trata de dinero, se trata, al fin y al cabo, de que se conozca esa realidad que fue ocultada.

Hace 10 años mi padre escuchó con estupor, alegría y desconfianza el anuncio de ETA de que dejaba de matar. No se lo creía porque él había visto y sufrido durante años lo que es vivir con una sentencia de muerte invisible que podía ser ejecutada en cualquier momento. Mi padre era Policía Nacional y, como él, muchos compañeros suyos del cuerpo, de la Guardia Civil y, en menor medida, de las Fuerzas Armadas tenían que vivir con esa constante amenaza. No tenían una protección, afrontaban el problema a pecho descubierto. Como he dicho antes, hay mucho cabrón suelto por España que, cuando en aquellos años se hablaba del tema, respondían que eso iba en el sueldo que le pagaban todos los españoles. Hay que ser muy hijo de la gran puta para decir eso, pero era habitual, incluso en los años más duros en los que casi a diario la prensa, la radio y la televisión abrían con un atentado mortal.

Yo era un niño y no comprendía muchas cosas que, por desgracia, se volvieron tan habituales que eran una rutina. Ahora, con el paso de los años y tras muchas conversaciones con mi padre lo comprendí.

Nadie me tiene que decir lo que es vivir con la amenaza del terrorismo de ETA, GRAPO o FRAP. En mi familia la vivíamos todos los días. Mi padre, en los días que libraba, salía por las tardes, a distintas horas, a realizar una llamada telefónica a una cabina (nunca la misma y caminando por diferentes rutas) en la que la conversación con su Comisaría constaba sólo de dos palabras: «Sin novedad». Con esto quería decir que seguía vivo y que al día siguiente acudiría al trabajo.

Fueron años duros, fueron tiempos en los que cada vez que salíamos de casa y cogíamos el coche mi padre se echaba de barriga al suelo para comprobar que no le hubieran puesto una bomba. Fueron años en los que mi madre guardaba su miedo en silencio mientras esperaba su regreso. Esa tensión psicológica, esa amenaza constante, ese saber y tener conciencia de que la vida se te podía ir en un segundo sólo porque llevaras un uniforme, era una situación que machaca cualquier sistema nervioso.

En los primeros años de la década de los 80, a mi hermano y a mí nos tenían prohibido que dijéramos en el colegio que mi padre era policía. Había tanta desconfianza en todo el mundo que se llegaba a eso. Muchos hijos e hijas de compañeros del cuerpo me han confirmado que a ellos también se lo prohibieron.

Es duro, cuando tienes 6 o 7 años, sentir cómo tu padre te da un empujón, te mete debajo de un coche aparcado mientras vienen dos individuos a matarlo. Es duro el recuerdo de ver a tu padre sacar una pistola, parapetarse detrás de otro coche, y verle disparar a esos asesinos. Es duro recordar cómo, a los pocos segundos llegaron los refuerzos y que los inspectores que, junto a mi padre, redujeron al comando, sabían que iban a por él pero que le habían utilizado de cebo, que no tenía que preocuparse porque estaba vigilado. ¿Vigilado? ¿Y si le hubieran matado antes de que llegara «la vigilancia»?

También es duro enterarte varios años después que hubo otro atentado en el que un comando del GRAPO ametralló un coche en el que estaba mi padre vigilando a un alto cargo extranjero que estaba de visita en España. Como lo fue el hecho de que en la puerta de nuestra casa apareciera pintada una diana. 

Esto que vivió mi padre, que vivimos en mi familia, es lo que, de una u otra manera, tuvieron que sufrir centenares de miles de personas durante los años del terrorismo en España, las víctimas invisibles, las que no son reconocidas, los hombres y mujeres de las fuerzas de seguridad de Estado que tuvieron la suerte de sobrevivir y que no salieron ni en los periódicos, ni en la televisión, ni en la radio. Los que sobrevivieron en Euskadi y fueron trasladados a otros lugares de España con lo que se denominó «el síndrome del Norte» saben bien lo que son las secuelas y los años que costó recuperarse, no sólo el policía o el guardia civil, sino toda su familia.

Hace 10 años, ETA dejó de matar, como lo hicieron años antes GRAPO o FRAP. Sin embargo, hay víctimas que lo son y lo fueron. Ese día mi padre cogió la foto de su promoción en la Academia de Canillas y se acordó de quienes sí que habían sido asesinados.

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