Vemos en nuestros televisores cómo se vacuna al ser humano a lo largo y ancho del planeta contra una enfermedad que se conoció hace apenas un año. Asistimos atentamente al increíble milagro de la sociedad organizada. En poco más de un mes, desde que apareció la vacuna, ya son cien millones de personas en el planeta las que han sido vacunadas. ¿Cómo es esto posible?

No faltan interesados vendehúmos adjudicando este éxito mundial a la empresa privada y al libre mercado -como si este último existiera- y hay que decir alto y claro que no. Esto no es obra de ningún ente privado, ni de ningún individuo. Es un éxito de la sociedad organizada. Es un éxito de los Estados y digo más: lo es a pesar de la empresa privada y lo es a pesar de los mercados.

Es importante recordar a los clásicos en momentos como este. Hobbes hablaba de búsqueda de la propia conservación como motivo de que los seres humanos nos agrupásemos y formásemos comunidades. Hume, más tarde y de manera más concreta hablaba de que la sociedad organizada nace debido a su utilidad para el individuo. Y ésta es útil para el ser humano porque, a través de ella y gracias a ella, se consiguen tres logros muy concretos: unir fuerzas que de otra manera estarían dispersas; aumentar nuestra habilidad por el reparto de funciones y disminuir nuestro peligro ante el azar y los accidentes. Y no se me ocurre mejor ejemplo de accidente que una pandemia.

Gracias a los Estados, los individuos pueden abandonar una situación de salvajismo, sentarse y cooperar. Se ponen reglas de convivencia y se disfruta de un estado de paz. Es entonces cuando, sabiendo que cuentan unos con otros, se especializan, desarrollan las ciencias y el que viene detrás las estudia. Unen también sus fuerzas y emprender proyectos conjuntos. Aportan a la sociedad su trabajo, su esfuerzo, pero también la sufragan: ponen parte de su dinero -impuestos- y financian dichos proyectos. Es así como el ser humano llega a tener la capacidad de desarrollar una vacuna.

Todo esto es gracias a la organización estatal. El Estado logra implementar las condiciones necesarias para que los individuos y sus proyectos puedan desarrollarse dentro de unos objetivos comunes, de una maximización del bien común del conjunto de los individuos. Es absurdo imaginarse, como hacen ciertos liberales, un idílico estado de naturaleza en el que los individuos conviven pacíficamente y los acuerdos privados se respetan sin autoridad superior que los haga cumplir. Eso es una ensoñación, el mito del buen salvaje, eso no existe.

Si existen empresas privadas es precisamente con razón de la existencia de Estados, de la organización de la financiación, de las garantías públicas y, en definitiva, de las leyes y la salvaguarda pública de los pactos privados. Y menos mal, porque el fin último de las empresas, a diferencia de los Estados, es maximizar el bien privado: el de sus dueños. Lo vemos con Astra Zéneca que si por ellos fuera romperían inmediatamente todos sus pactos para revender las vacunas a un precio desorbitado. Es el mercado, amigo. Es ahí donde entra en juego la sociedad organizada y, gracias a su poder coactivo, da un golpe en la mesa. Falta por ver si los Estados tienen aún el poder suficiente para dar un toque de atención a las multinacionales o éstas ya son las dueñas del mundo.

Porque con el desarrollo exitoso de la vacuna se demuestra que desarrollar la capacidad de cooperación es imprescindible y los Estados nos recuerdan su importancia en un momento en el que no están precisamente en boga. No es casualidad la solvencia de China en la lucha contra el virus o que las primeras vacunas se hayan desarrollado en China, Rusia, Estados Unidos o Reino Unido:  el tamaño importa. Mientras, en España, nos empeñamos en menguarlo tanto territorial como socialmente. Nacionalistas y liberales de la mano contra el desarrollo y el progreso de nuestro país. Pero eso da para otro artículo.

Quedémonos con lo bueno: los Estados vuelven a estar de moda. Vuelven a mostrar su poderío, vuelven a mostrar que son imprescindibles. Veamos ahora si siguen en forma.

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