Un manifestante de Bogotá bajo el chorro de agua a presión disparado por las fuerzas de seguridad

Después de una semana caracterizada por la violencia, el vandalismo y el uso de la fuerza por parte de los cuerpos de seguridad, es hora de detenernos a analizar por qué razón miles de jóvenes se han expresado esta semana en esta demostración de ira, rabia y destrucción. La primera gran cuestión que tendríamos que plantearnos, viendo esos miles de jóvenes casi salidos de la pubertad en las calles y plazas de nuestro país, es qué les ofrece Colombia y la respuesta es demoledora: nada.

Sin derecho a la educación, pues es algo que tan solo pertenece a las clases más pudientes y adineradas, sin trabajo, con nulas expectativas de vida, sin ingresos económicos, sin vivienda y condenados para el resto de sus vidas a una miseria permanente, que acabará degenerando en la pobreza extrema seguramente, los jóvenes de Colombia tienen ante sí un escenario oscuro, sombrío y más plagado de incertidumbres que de certezas. Lo que este país puede ofrecerles hoy, digámoslo de una forma suave, es más bien poco o nada, solamente un desierto existencial plagado de miseria y vida paupérrima. Y también hambre: 1.700.000 familias colombianas, según el ente maquillador del régimen, el DANE, no hacen las tres comidas al día.

Condenados a vagar por las calles sin rumbo, abandonados por un Estado que solamente es un cascarón vacío cargado de retórica pero sin contenidos sociales concretos, y dejados a su libre albedrío para que el mercado acabe regulando sus vidas de la más injusta de las formas, la rabia de estos millones de jóvenes que ahora se manifiestan en las calles solamente puede degenerar en violencia ante una casta social, política y económica que abiertamente los desprecia, ignora y los condena a la más rotunda de las marginaciones en sus propias carnes. ¿Qué más pueden hacer que manifestarse en las calles y responder con la violencia a la fuerza bruta de una historia que desde hace dos siglos se empeña en marginarles, explotarles e ignorarles?

El Gobierno de Iván Duque, que es el genuino representante de esa casta ignorante, racista, clasista, inculta, arrogante y poseedora de todos los recursos del país, como si Colombia fuera una finca que administran a su antojo, hace muy mal en ignorar lo que está pasando ahora en las calles colombianas y ver, simplemente, estas protestas como la demostración genuina del vandalismo y de una violencia gratuita. No es así, señor presidente, se está usted equivocando y no ha entendido nada de lo que pasa en su país porque quizá  no es el suyo y vive en otra galaxia, tan alejada de la realidad como de Colombia. Quizá hasta vive entre el Parque de la 93 y el Carulla que queda enfrente de su casa al que va acompañados por decenas de escoltas, pero le aseguro que Colombia es más que esa burbuja en la que habita desde su más tierna infancia. Su actitud es algo que es relativamente lógico porque no creo que haya pisado alguna vez los barrios populares, las calles bogotanas, y haya hablado con los jóvenes y la gente de a pie, el común colombiano que pasa hambre, que se rebusca todos los días para llevar algo de comer a sus hijos y que padece toda la semana todo tipo penalidades, desde viajar en esas busetas que parecen latas de sardinas y hacer largas colas para pagar los servicios o, simplemente, que les atiendan en esas empresas vampirescas de salud que todavía algunos llaman EPS’s. De eso señor Duque, usted no sabe nada de nada ni lo sabrá nunca.

La frustración y la ira de millones de jóvenes abandonados por un sistema corrompido y decrépito

La violencia que ha estallado en estos días en Colombia tiene mucho que ver la frustración, la marginación y el abandono de millones de jóvenes condenados por un sistema demencial a la pobreza de por vida y a la falta de expectativas en todos los órdenes de su existencia, algo que se transmite de generación en generación sin posibilidad de ascenso porque en este país no hay movilidad social a merced de uno de los sistemas educativos más injustos del mundo. Aquí, en este país, solamente estudian los ricos y la elite dominante se perpetúa así desde hace décadas porque las posibilidades de ascenso social de los más vulnerables son nulas. Al pobre el único recurso que le queda es salir al extranjero e irse a limpiar platos a París, Miami o Madrid, donde podrá obtener un sueldo mínimo que le permita malvivir en ese mundo capitalista tan denostado, y a la vez tan querido, por cierta izquierda cínica e hipócrita, tal como sabemos todos.

No se trata ya de enarbolar la estéril retórica de que Colombia es una democracia y las instituciones políticas funcionan, pues no es cierto y la clase dominante lo sabe muy bien, pues gozan de todos los privilegios y, por supuesto, no quieren compartirlos con nadie. La democracia colombiana ha sido reducida por la elite gobernante a ser un mero decorado de cartón piedra en que la gente vota cada cuatro años para dar la apariencia democrática al sistema, pero una democracia no es solo eso, sino que constituye un sistema político de pesos y contrapesos, de elementos que garantizan derechos y libertades fundamentales para todos los ciudadanos y de unas mínimas normas de orden social para dar equilibrio al  mismo sistema que aquí no existen.

Una democracia que no es capaz de garantizar los derechos fundamentales de la salud y educación, como ocurre en Colombia, es una democracia tullida. Una democracia absolutamente corrompida, en la que casi todos los cargos políticos utilizan al Estado para enriquecerse sin ningún pudor, tal como lo padecemos ahora, y donde el sistema judicial está intrínsecamente podrido, tal como sabe todo el mundo, no es una democracia, es una caricatura en sí misma como un espejo de esos invertidos en el que al reflejarnos en el mismo nos transmite nuestra propia imagen deforme, cómica y ridícula. El Estado colombiano solo sirve para enriquecer a los más ricos y destrozar a los más pobres hasta dejarlos en la indigencia total.

Quizá, como señalaba un columnista colombiano, es hora de aceptar que el camino para salir de la actual crisis es adentrarnos en el desastre para que, desde el mismo, podamos ser capaces de posibilitar un cambio. No cabe duda que Duque y sus ministros, que no tienen capacidad de enmienda, porque no entienden nada de nada y ni siquiera saben lo que vale un huevo en su país, nos llevan directamente a ese abismo.»Habrá quien piense que tal o cual candidato es la solución, a mí no me pasa. Por activa o por pasiva, cualquiera es el camino al desastre, el cual no es solo inevitable, sino necesario. Así quedemos peor que Venezuela y se nos arruine el resto de nuestras vidas, las generaciones futuras sabrán agradecer nuestro sacrificio. Llevamos años aplazando la catástrofe, el verdadero colapso del país, sobreviviendo con el agua al cuello y salvándonos milagrosamente al final. Pero no se puede estar así eternamente, que esa no es manera de vivir. Creo que ya viene siendo hora de ahogarnos», señalaba Adolfo Zableh Durán en una columna que suscribo al 100%. Situados en su ignorancia, indolencia, petulancia manifiesta y arrogancia, los actuales gobernantes colombianos nos llevan irremediablemente hacia ese abismo y no se ve salida en el corto plazo. Que Dios nos coja confesados, el barco se hunde irremediablemente y nadie sabe hacia dónde vamos.

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