Foto: Twitter @DanielNowotny

Como parte de un proceso lógico tras haber paralizado el país durante casi un año en una de las cuarentenas más largas de la historia impuesta a una nación, miles de bogotanos se lanzaron, en una noche de rabia e ira causada por una policía responsable de numerosos desmanes y tropelías, a las calles a expresar de forma violenta su cansancio. ¿Qué esperaban nuestros hipócritas dirigentes después de haber sufrido durante este año la pérdida de nuestros puestos de trabajo, el cierre de nuestras pequeñas empresas y haber sido confinados sin ninguna esperanza en nuestras casas? El asesinato del abogado Javier Ordóñez a manos de una policía inepta y mal formada prendió la mecha de una bomba de relojería destinada a explotar algún día.

Sin justificar la violencia, esta explosión violenta, que se llevó de calle a todo lo que encontró a su paso, tiene mucho que ver con las protestas que se sucedieron el año pasado y entroncan con las mismas tras haber sido paralizadas -o anestesiadas, según se mire- por la pandemia. El confinamiento de la población es una medida extrema que se ha empleado en varias países para responder a la propagación del covid 19 pero no se puede alargar eternamente, hundiendo a la economía quizá por años, tal como se ha hecho en Colombia, y debe de ir seguida de una desescalada real y efectiva, tal como ya han hecho en España e Italia. 

De lo contrario, de seguir atenazando a la economía, algo que siempre afecta a los sectores más humildes y vulnerables, el país se convierte en una olla a presión que, irremediable, acaba estallando como ha pasado en estos días en Bogotá. Pero, aviso para navegantes: habrá más estallidos sociales y conflictos antes de que acabe el año. Este confinamiento no ha afectado ni al presidente Duque ni a la inefable alcaldesa de Bogotá, y mucho menos a sus bolsillos, pero tampoco a las clases más pudientes, que han seguido viviendo de sus ahorros en estos eternos meses, sino a las clases y estratos sociales más bajos. Haber mantenido esta situación, justificada en términos sanitarios pero suicida en términos políticos, ha conducido a este estado de fuerte y acusado sentimiento de crispación social que tendrá efectos perniciosos en la sociedad colombiana.

El Gobierno nacional, lejos de entender el mensaje de que lleva jugando con fuego todo el año, ha respondido enviando a la capital a mas policías, que precisamente son los causantes de la chispa que ocasionó la explosión, y militarizando  Bogotá, una decisión errónea, como tantas otras tomadas en estos meses, que ahondará la distancia entre gobernantes y gobernados. Desde hace algún tiempo uno tiene la impresión de que una buena parte de los dirigentes colombianos viven en otro planeta y no entienden el lenguaje de la calle, como si de tanto viajar a Miami y vivir en su burbuja del Parque de la 93 hubieran perdido el polo a tierra o vivieran en una suerte de autismo colectivo que les impide comunicarse con su entorno más cercano.

Duque debe rectificar y emprender una nueva política

¿Qué hacer en las actuales circunstancias? Presidente Iván Duque, tiene la ocasión histórica de rectificar y emprender el camino de la normalidad, como ya han hecho casi todas las naciones del mundo, poniendo en marcha la economía del país sin más dilación y ayudando realmente -no con palabras vacías y cifras grandilocuentes que finalmente quedan en nada- a los sectores más necesitados. Tome medidas prácticas, como la eliminación de determinados impuestos impopulares, la cancelación los préstamos gravosos por un año en todas las entidades financieras del país y la reducción de los precios de todos los servicios públicos, como agua, luz y gas, y combustibles, y verá como se puede atenuar esta tensión social y la intensidad de la crispación se irá reduciendo paulatinamente. 

Pero, mucho me temo que, como tantas veces ha pasado en Colombia, la toma de decisiones sabias, reales y acordes a las demandas sociales de la población no están en la agenda de Duque ni en la de su cohorte de aduladores a sueldo, sino que sus respuestas vendrán en clave policial o militar sin entender nada de nada de lo que sucede a su alrededor.  Duque se dirige directamente hacia un precipicio sin saberlo o navega sin rumbo ni dirección hacia ninguna parte escuchando los cantos de sirena de sus fieles cipayos. 

Pueden taparse los ojos, negar la cruda realidad, seguir creyendo que han sido los mejores e incluso acusar a los que protestan de ser una chusma incorregible, pero la realidad desnuda les señalará con el dedo acusador por los daños causados al país en esta cuarentena interminable y errónea. Y fracasada, pues no olvidemos que Colombia ya es el sexto país con más casos del covid 19 en el mundo y habiéndose situado, tras  Brasil y Perú, en la nación con más contagiados en todo el continente. La estrategia adoptada ha fracasado estrepitosamente y no ha dado los resultados esperados, algo que los dirigentes colombianos no aceptarán que nadie se lo diga y argumentarán que fue la aconsejada por “grandes expertos” sanitarios. Ahora, cuando el tiro les está saliendo por la culata y se muestran crudamente los daños sociales colaterales, se evidencia aun más su manifiesta inutilidad y su escaso conocimiento de un país al que siguen tratando como si no fuera el suyo, es decir, como una colonia. De ese divorcio manifiesto, entre la sociedad y el poder, proceden las causas de esta explosión en las calles de Bogotá. Resultado: ocho muertos, centenares de heridos y decenas de detenidos.

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