Nadie lo vio venir. Ningún país tomó medidas de prevención. Una pandemia mundial por coronavirus es una situación nueva, desconocida. ¿Se podría haber suspendido la manifestación feminista del 8M? Ninguna asociación médica, sindicato o partido político lo pidió con insistencia porque nadie fue capaz de prever el infierno que se estaba preparando. Hasta Vox celebró esos días un multitudinario congreso porque, por mucho que ahora haga de la epidemia un arma electoral arrojadiza, ni Santiago Abascal ni Ortega Smith alcanzaron a imaginar semejante catástrofe.

A partir de ahí, ¿ha habido errores en la gestión gubernamental una vez que estalló la crisis? Sí. El propio Gobierno los ha reconocido. Es algo normal: cuando un barco se está hundiendo se trata de achicar agua como se pueda, de tapar las grietas, de improvisar las medidas necesarias para sobrevivir. Ahora es fácil decir: se tenía que haber hecho todo de forma más ordenada y coordinada. Una falacia más. En medio de un naufragio es imposible mantener el orden y el concierto. De ahí los pasillos de los hospitales llenos de enfermos; la escasez de camas, UCIS, mascarillas y material sanitario; las funerarias colapsadas de cadáveres. Una pandemia es precisamente eso, por eso se llama pandemia.

Lo único cierto es que a fecha de hoy nadie sabe exactamente lo que se debe hacer contra el coronavirus. No hay manual de instrucciones y el que diga lo contrario miente. Se actúa como se puede y en el momento en que se puede, como en una guerra, donde no hay nada planificado. Sencillamente impera el caos.

Ahora bien, no todo lo ha hecho mal el Gobierno, como sugiere Pablo Casado. Tal es así que, según los científicos, de no haberse tomado las medidas drásticas del estado de alarma hoy tendríamos 250.000 muertos por coronavirus solo en España. Ese es el dato que el ministro de Sanidad, Salvador Illa, ha aportado hoy durante su comparecencia en una comisión parlamentaria. “Dejemos los reproches, no es el momento”, ha empezado su intervención. Y no era sencillo no pillarse la lengua. Podía haber tirado de crispación, acusar al PP de la falta de recursos sanitarios tras los brutales recortes llevados a cabo por Mariano Rajoy en los últimos años (hasta 7.600 millones menos anuales, un auténtico desmantelamiento del sistema público que provocó la indignación popular y multitudinarias manifestaciones de médicos y enfermeros en grandes mareas y protestas ciudadanas).

En cualquier caso, la decisión de Illa de no entrar en el barro le honra y es un buen comienzo para elaborar un discurso en momentos de emergencia nacional. En primer lugar, en el haber del Gobierno está que ha puesto en juego todos los recursos disponibles del país para tratar de frenar la pandemia. El objetivo no podía ser otro que salvar la mayor cantidad posible de vidas humanas. Se está consiguiendo; solo en el día de hoy se han firmado más de 26.000 nuevas altas. Gente curada, gente sana que ha estado al borde la muerte y que ahora regresa a sus casas con sus familias. En medio de la tragedia (todavía vienen semanas muy duras) las medidas están funcionando, aunque el índice de mortalidad sigue siendo alto con más de 800 muertos en cada jornada. No obstante, es de aplaudir que las presiones de los poderes fácticos no hayan hecho rectificar al Gobierno en su tenaz filosofía contra esta crisis: salvar vidas a toda costa, que el sistema sanitario no colapse totalmente, doblar poco a poco la curva de contagios. “Todos ustedes comparten este objetivo, eso es lo que nos debe concernir. Lo primero es la salud”, insiste Illa.

Las medidas excepcionales del estado de alarma han sido fundamentales. El confinamiento de los españoles en sus casas está dando resultados gracias en buena medida al espíritu solidario y sufridor de nuestro pueblo. Y todo se está haciendo no solo con pleno respeto al marco constitucional sino con un esfuerzo para informar con total transparencia, puntualmente cada día, a la opinión pública. No todos los gobiernos anteriores que se vieron inmersos en una situación de emergencia nacional pueden decir lo mismo. Y deja en evidencia a otros que pretenden gobernar algún día y que en su delirio son partidarios de algo así como un golpe de Estado para que el Ejército asuma el control.

Tras la aprobación de un paquete de 200.000 millones de euros para paliar los efectos de la pandemia, han llegado las durísimas medidas económicas: cese de toda actividad industrial que no sea esencial, hibernación de la economía. De nuevo, el Gobierno de Pedro Sánchez ha tenido claro cuál debe ser el bien protegido a priorizar: la salud de los ciudadanos, la vida, que nadie se quede atrás. Cuando salgamos de esta llegará la recesión económica y veremos cómo la afrontamos. Ahora toca rescatar personas, no bancos ni empresas. También en esto ha estado lúcido el Ejecutivo de coalición.

Pero además, el Gobierno no ha hecho otra cosa que buscar soluciones ante la expansión de la enfermedad. La construcción de un hospital como Ifema, con capacidad para 5.500 camas, supone un hito histórico como país. Siempre se ha actuado “tan pronto como las evidencias científicas aconsejaban adoptar nuevas medidas en consonancia con la autoridades sanitarias y organismos internacionales”, recuerda el titular de Sanidad. Se han hecho test masivos a todas las personas con síntomas; a fecha de hoy no hay muchos países que hagan más pruebas realizadas que nosotros: entre 15.000 y 20.000 diarias. Los test que empleamos son los mejores, los PCR, que han dado un gran rendimiento en Corea del Sur y China, países que dan por superada la epidemia. Estos dispositivos tienen un grado de fiabilidad altísimo y son realizados por personal sanitario especializado. Las pruebas permiten al médico llegar a un diagnóstico cierto entre cuatro y cinco horas después. Imposible hacerlo más rápido. Es verdad que hay que hacer más test, como ha reconocido Illa. Para ello se ha anunciado la adquisición de cuatro robots que trabajarán en esa misión a pleno rendimiento. Los ordenadores estarán aquí en un plazo de entre diez y quince días.

Pero además siempre se ha priorizado la seguridad del paciente. Todos los test que se hacen están homologados por el Instituto Carlos III. Y ya hay acuerdos con empresas para la construcción de nuevos dispositivos de detección de la enfermedad. “En breve multiplicaremos por mucho los test diarios”, asegura el ministro.

Paralelamente, el Gobierno ha adquirido más de un millón de unidades de test de diagnóstico rápido. Entre los más de 70 modelos que existen en el mercado, se han seleccionado 14, los que reunían los requisitos básicos para ser comercializados en Europa al contar con la debida garantía de la marca CE. A pesar de que son productos homologados, para mayor seguridad el Instituto Carlos III los ha validado de nuevo, comprobando si las especificaciones se correspondían con los resultados. En principio sirven como test de cribado rápido, identificando la generación de anticuerpos en una fase de la enfermedad de entre seis o siete días. Es decir, si una persona da positivo es seguro que tiene la enfermedad. Ya se están aplicando en hospitales y residencias de ancianos. Con estos análisis ahorraremos entre un 40 y un 60 por ciento en test PCR. Así se descongestiona el sistema.

Pero además estos test rápidos tienen un segundo uso: sirven como dispositivo para ver qué personas han adquirido una inmunidad al virus tras 21 días de enfermedad. “Hemos ido tan rápido como hemos podido pero sin perder seguridad. Los test rápidos son complementos y van a ser usados con un manual de uso explicado a las comunidades autónomas. Ningún país los está usando de forma tan eficiente”, explica Illa.

Las residencias de ancianos siguen siendo el gran punto débil de nuestro sistema público sanitario. Por ahí sigue colándose el virus. En un principio el Gobierno central adoptó un protocolo de actuación con las comunidades autónomas y son estas las que tienen la competencia, la información y los medios para gestionar la crisis. Cada presidente regional será responsable de su área. Al final de la partida veremos quién se hunde en sus demagogias y quién emerge como buen gestor y líder auténtico.

Fruto de todas estas medidas se ha conseguido estabilizar la curva de la epidemia. En algunas zonas de España ya hemos pasado el famoso pico de contagios y en otras estamos cerca de conseguirlo. Lógicamente, ese logro no se percibe en el número de fallecidos, que desgraciadamente seguirá siendo alto en las próximas semanas. Pero los datos sobre víctimas mortales, a pesar de su crudeza, son solo una foto de hace diez o quince días. La velocidad de contagios se está controlando, cada vez hay más personas curadas y las urgencias ya no están tan saturadas como hace una semana. Pronto empezaremos a trasladar pacientes de unas comunidades a otras. Illa no lo descarta. “Siempre pensando en lo mejor para los enfermos. Ha habido ofrecimiento de comunidades, hay un dispositivo preparado y se hará lo mejor para el paciente”, explica.

En quince días no se ha escatimado en nada; hemos gastado todo el combustible posible para que la maquinaria sanitaria siga carburando. Se ha comprado material en mercados extranjeros que se han convertido en cuevas de piratas sin escrúpulos. Se han redoblado las plantillas, incluso con médicos jubilados y estudiantes de último curso de Enfermería. Hoy mismo se acaba de hacer una adquisición de respiradores de oxígeno y una empresa de Móstoles está dispuesta a fabricar 100 unidades diarias. Otros 5.000 aparatos están encargados al exterior. A su vez, el abastecimiento de medicamentos está garantizado, lo cual no era fácil en un mercado tan estresado y escaso. La industria farmacéutica nacional está haciendo, ahora sí, un enorme esfuerzo. El material defectuoso, los test sanitarios mal fabricados, se han retirado: “No nos servían, la fiabilidad era inferior al 60 por ciento”, afirma el ministro. Ahora necesitamos que todos los proveedores sanitarios trabajen con profesionalidad y dedicación en un mismo objetivo común: frenar al virus. “Cuando tengamos la vacuna esto se acaba”, sentencia Illa. Ese será el final de la pesadilla. Pero entretanto toca apretar los dientes y seguir remando.

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