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Las izquierdas: los nuevos mercaderes de las políticas del pánico moral

Thomas S. Harrington
Catedrático emérito de los Estudios Hispánicos en Trinity College en Hartford (EE.UU.) donde impartió durante más de dos décadas clases sobre la literatura, el cine y la historia cultural de los Países Ibéricos en la época contemporánea. Sus líneas principales de investigación son los movimientos peninsulares de identidad nacional, el iberismo, la cultura catalana contemporánea, la teoría cultural (especialmente la teoría de polisistemas) y las migraciones entre las llamadas culturas periféricas de la Península y las sociedades del Caribe y el Cono Sur. Ha ganado dos becas Fulbright (Barcelona y Montevideo, Uruguay) y ha vivido o trabajado también en Madrid, Lisboa y Santiago de Compostela. Además de su trabajo como hispanista, es analista de la política y la cultura en la prensa de su país y en el extranjero. Más información sobre su obra y bio en su web: https://www.thomassharrington.com/about
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análisis

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En su famoso «Comprendiendo a los medios de comunicación», de 1964, Marshall McLuhan recurrió al término «pánico moral» para referirse al espanto que experimentaban ciertas élites culturales con la desestabilización del estatus central del texto escrito provocado por la existencia de los nuevos medios electrónicos. Unos años después, Stanley Cohen, un sociólogo británico nacido en África del Sur, convirtió la frase de McLuhan en el eje de su estudio sobre las inquietudes sociales originadas por la aparición de las tensiones entre mods y rockers -dos grupos de la clase obrera juvenil en la sociedad británica a partir de 1964.

Mods and Rockers- EDN

Cohen destaca el papel fundamental que van a tener los medios de comunicación -reserva que el, sirviéndose del término de H. Becker, denomina los «emprendedores morales»– a la hora de sobredimensioar enormemente la capacidad que tenían aquellas escaramuzas entre chicos pobres de poner en peligro la paz social. Argumenta, además, que aquellas campañas sostenidas de exageraciones van a tener el efecto de convertir aquellas esencias de clase baja en los «diablos populares», eso es, un «recordatorio visible de lo que no debían ser», cosa que reforzaba, por contraste, los valores de la sociedad burguesa.

La historiadora británica Helen Graham ha hecho un uso muy provechoso del concepto del pánico moral en sus análisis del tratamiento de la mujer durante los primeros años del franquismo. La liberación de la mujer llevada a término en muchos frentes sociales durante la República había hecho temblar los pilares de la sociedad tradicional española. Los franquistas van a exagerar la naturaleza de las supuestas desviaciones morales de las mujeres republicanas para legitimar la represión empleada para poner las cosas nuevamente en su «lugar natural».

Mujeres republicanas represaliadas- Revista Asamblea Digital

Por muy agresivos que sean, tanto los empresarios del pánico moral en sus medios como sus acólitos en la población en general, el motor principal de sus acciones siempre es el espíritu de la derrota, el de haber perdido el nivel de control social que pensaban que era su herencia perpetua. Y cuando estas élites sociales se encuentran con fenómenos sociales que no sólo les perturban, sino que no caben mínimamente en los marcos fenomenológicos sobre la «realidad» a su alcance, responden invariablemente con coerción, y si esto no funciona, eventualmente con violencia.

Como herederos de un siglo y medio de avances intermitentes, pero globalmente positivos, en el ámbito de la consecución de los derechos individuales (y de la deconstrucción consecuente de los antiguos privilegios clericales y de clase social), es lógico que solamos asociar el fenómeno del pánico moral casi exclusivamente con la derecha política. Hay muchísimas razones para hacernos pensar así. Desde Le Bon, y sus teorías sobre la naturaleza peligrosa de las masas, hasta nuestros Abascales, Trumps, Erdogans, Bolsonaros y Orbans, la derecha ha recurrido una y otra vez al pánico moral para reforzar las bases de su poder social.

Pero creo que es un error muy grande, arraigado en una de las peores cegueras que puede tener un observador social -adoptar un enfoque demasiado personalista-, asumir que el uso del pánico moral sea rigurosamente consustancial a las fuerzas políticas derechistas.

El pánico moral es, de hecho, una herramienta al alcance de los partidarios de cualquier agrupación social poseída, por un lado, de un nivel sustancial de angustia sobre la pérdida relativa de su hegemonía social, y por otra, de las conexiones mediáticas necesarias para montar una campaña sostenida de demonización de los inconformistas.

El espectro de ideologías que llamamos «de izquierdas» nació para hacer algo por encima de todas las demás: efectuar una revisión (radical en algunas ramas de la corriente ideológica, no tanto en otras) de las relaciones del poder económico en la sociedad. No era, como muestra claramente el estudio del anarquismo catalán, que los activistas, trabajando bajo las diversas siglas de la izquierda, no tuvieran interés en perseguir una revisión de otros códigos de poder social. Era que, por lo general, veían la revisión de estos otros códigos sociales como dependiente de la resolución razonablemente satisfactoria de la cuestión económica.

La popularidad y el crecimiento generalizado que tuvieron los partidos de izquierda en Europa en las primeras tres o cuatro décadas después de la Segunda Guerra Mundial era el resultado, sobre todo, de este énfasis en la creación de estructuras económicas diseñadas para redistribuir la riqueza de forma mucho más equitativa que nunca.

Así eran las cosas hasta que el neoliberalismo entró con fuerza en los gobiernos, a finales de los setenta y principios de los ochenta, lo que parece que pilló bastante desprevenidos a los gobernantes y activistas de izquierda de aquella época.

No es pecado la incapacidad de prever el futuro. Sí que me parece mucho más cuestionable moralmente el fingir que el mundo no ha cambiado y que estos cambios no afectan en serio a la gente que te ha votado año tras año. Y me parece realmente execrable querer encubrir tu aturdimiento y desidia ante la brutal financiarización de la economía neoliberal durante casi cuarenta años con continuas campañas de pánico moral.

Según los postulados originales de su corriente ideológica, las izquierdas han fracasado estrepitosamente ante los desafíos del neoliberalismo, de manera que han facilitado el empobrecimiento y la humillación cotidianas de millones de personas.

Pero en lugar de admitir su fracaso y convocar debates amplios y robustos sobre las formas más efectivas de volver a luchar por la justicia económica, y de ahí sus correlatos en otros ámbitos sociales, nos insultan con absurdas restricciones lingüísticas (que son, por definición, también restricciones cognitivas) e historias sin fin sobre los horribles cretinos autoritarios (que lo son ciertamente) de la derecha. O en el caso particular de las «izquierdas» de Cataluña -tanto de tendencia españolista como nominalmente independentistas- con reclamos sin tregua de la sombra siempre amenazante del supuesto ultracatolicismo y capitalismo salvaje del pujolismo.

Esto, como si la eliminación de «palabras ofensivas» de nuestros vocabularios fuera la clave para sacara a millones de personas de la miseria y la precariedad, como si la popularidad de los ya nombrados dirigentes autoritarios no tuviera nada que ver con el abandono cruel de sus votantes a la interperie del neoliberalismo, o como si el PSC y ERC tuvieran planes concretos y estuvieran dispuestos a implementarlos para atenuar la influencia del Ibex.35, la troica europea y ahora el complejo internacional de bioseguridad en la vida de los ciudadanos.

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